Una lágrima electrizante

Santiago Alonso


Últimamente, el thriller cinematográfico europeo parece que se ha instalado en la planísima corriente que le marca su correspondiente literario, bien porque sigue los ecos de la peor novela negra nórdica, bien porque lleva a la pantalla las plomizas intrigas policiales y de suspense psicológico que, cortadas por el mismo patrón, inundan las librerías (crímenes en comarcas misteriosas, inteligentes psicópatas que asesinan en brumosos parajes naturales, etc.). Es muy de agradecer, por lo tanto, el estreno de títulos como Instinto maternal, que, sin inventar ni mucho menos la pólvora, nos ofrece un tipo de relato y un modo de contarlo que empiezan a echarse en falta. En ese sentido, resulta muy significativo que tratándose de la adaptación de un libro de la autora belga Barbara Abel cuya historia transcurre en el presente, su compatriota Olivier Masset-Depasse la haya trasladado a los años sesenta con el propósito de explorar tanto las posibilidades estéticas como las genéricas que propicia con ello.

De entrada, el terreno que pisa el cineasta es el melodrama al estilo hollywoodiense clásico. Las dos vecinas protagonistas (Veerle Baetens y Anne Oesens) tienen vidas paralelas dentro de lo que parece una estampa de clase media precisamente muy cinematográfica: son amiguísimas, viven puerta con puerta, los maridos están todo el día fuera de casa y sus respectivos hijos pequeños son uña y carne. Pero la relación especular se rompe cuando las golpea la tragedia (uno de los niños muere en presencia de la vecina, sin que esta pueda evitar la desgracia) y, entonces, la tormenta psicológica de ambas mujeres adopta tintes inquietantes que precisan el vehículo narrativo del suspense. Por decirlo de otra manera, Masset-Depasse imagina algo parecido a cómo abordaría Douglas Sirk un proyecto que hubiese dejado a medias Alfred Hichtcock y en el que, quizás, también hubiese metido mano Claude Chabrol.

El plano detalle de una furtiva lágrima que, durante el desenlace, corre por el rostro de una de las protagonistas es con toda probabilidad el momento en que se mejor se expresa la idea de esa dualidad genérica entre lo melodramático y lo electrizante. Aparte de ese momento y de dos o tres más, el director no deja señas de identidad propia realmente destacables, aunque sí se aplica rigurosamente en el ejercicio visual de ambientación que plantea y, sobretodo, aprovecha con fortuna las posibilidades de la puesta en escena que le brindan las dos viviendas contiguas donde transcurre la acción. Su cometido consiste en preparar un escenario donde las dos actrices, al final, llevan la batuta: son las que mejor saben trasmitir un conflicto tóxico entre mujeres dentro de la (no tan) idílica postal en la que la sociedad de su época las ha colocado.



 

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