Yago Paris


En la que hasta la fecha es la última entrega del pódcast Perros Verdes, una de las secciones se dedicó a analizar la estética de producción de la plataforma de streaming Netflix. Los locutores del programa bautizaron el acabado visual de la compañía como la «imagen-nada», un término que alude a los patrones de homogeneización de la productora, que pretende dar la impresión de crear una imagen cuidada, de corte casi autoral, pero que, en el fondo, ha convertido una serie de códigos visuales en un patrón que impone sin importar que este concuerde con las pretensiones o necesidades del proyecto en cuestión. La casualidad ha querido que la plataforma nos ofrezca, casi a modo de réplica inmediata, un ejemplo que, si bien supone una absoluta rareza, pone en cuestión lo que con tanto acierto definieron en el citado pódcast.

Se trata de Striking Vipers, el primer episodio de la nueva temporada de Black Mirror. El título hace referencia al nombre de un videojuego de peleas al estilo Street Fighter donde los jugadores emplean la realidad virtual. Es precisamente en las escenas de pelea donde la habitual imagen-nada de Netflix se transforma en algo con significado. Lo más importante de todo es que, lejos de resultar excelente, lo que se muestra roza lo risible. El intento de emular el lenguaje visual del videojuego se limita a algunas ideas básicas, explotadas de manera tosca el encuadre frontal; los movimientos de cámara siguiendo los desplazamientos de los personajes; los primeros planos de golpes, con efectos especiales para enfatizar la dureza del impacto; etc. Por momentos, lo ridículo de las imágenes colocan al capítulo en la senda de películas defenestradas por el público y la crítica, tales como Power Rangers: La Película (1995) o Dragonball Evolution (2009). Una excelente noticia, si a lo que se atiende es al intento de conseguir que la imagen exprese, tenga significado por sí misma. Sin terminar de entenderse cómo Netflix ha dado luz verde a algo tan marciano, la imagen-nada ha dejado de serlo, aunque sea por un instante.

Lejos de ser un caso aislado, la quinta temporada de Black Mirror, en su conjunto, es una auténtica rareza. Muchos aspectos han cambiado en su aproximación a la esencia de la serie. Atrás quedan los retratos realistas de la sociedad en la que vivimos, desaparece el tono dramático y catastrofista del relato; incluso la tecnología deja de ser la protagonista, siendo relegada a un mero contexto que posibilita los dramas humanos que se quieren narrar. Los personajes y sus crisis individuales ocupan todo el protagonismo. La tecnología, aunque se sigue mostrando como algo negativo, se limita a ser una herramienta que justifica por qué el personaje ha llegado a tal punto. Lejos quedan ya los retratos colectivos, el análisis de la sociedad en su conjunto, sus tendencias, sus malos hábitos, su sumisión voluntaria a los patrones sociales y a las dictaduras de los mundos virtuales. En otras palabras, todo lo que hizo de Black Mirror una serie especial se reduce hasta casi desaparecer.

Un claro ejemplo es el segundo episodio, Smithereens, cuya estructura de thriller de secuestros solo se ve matizada en ciertos aspectos por la influencia de la tecnología —qué ha llevado al personaje a tomar la decisión que ha tomado, o el hecho de que los directivos de una red social puedan llevar a cabo una investigación mucho más minuciosa que la policía o el FBI. Lo importante aquí es el drama del protagonista y cómo se va construyendo la tensión en una situación cada vez más espinosa, con especial atención al retrato del ser humano moderno. El capítulo, en su conjunto, podría entenderse como una publicación más del conjunto de cuentas que, en diferentes redes sociales, conforman el sello virtual Humans of Late Capitalism, consistente en la recopilación de una serie de imágenes y vídeos donde, con un humor fino y lacerante, se ridiculiza la estupidez de las sociedades del bienestar y su preocupante entrega al capitalismo. El hecho de que el secuestrador confirme que ha raptado a alguien enviando un selfie del secuestrado con una pistola apuntando a su cara, o el que el máximo dirigente de la red social involucrada en el asunto no esté disponible cuando estalla la crisis porque se encuentra en un retiro de silencio de diez días, convierten el episodio en una fina sátira sobre lo ridículo que puede ser el ser humano de las sociedades más avanzadas.

El tercer y último episodio de esta temporada, Rachel, Jack and Ashley Too, es el que mejor ejemplifica hasta qué punto el proyecto se les ha ido de las manos a sus creadores, al menos en el caso de que estos quisieran mantener puras las esencias que hicieron de Black Mirror una serie que marcó un antes y un después en la ficción televisiva. Cuesta comprender lo intrascendente, inverosímil y burda que llega a ser esta historia sobre una superestrella del pop que no consigue transformar su carrera en algo que signifique más para ella —con Miley Cyrus interpretando a la cantante, en un gesto metarreferencial que a nadie se le debería escapar. Y, sin embargo, las características que definen este capítulo no deberían entenderse necesariamente como algo malo. A las imágenes ridículas del primer episodio se suman las tramas y subtramas, por momentos de telefilme de sobremesa, del tercero, en un festival del divertimento lunático que solo encuentra en el segundo capítulo su creación más depurada. De continuar por esta vía en siguientes temporadas, poco quedará de la esencia de Black Mirror, pero, al mismo tiempo, la narración parece más libre de ataduras que nunca.


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