Yago Paris


Uno de los mayores retos a los que se enfrentaba Juego de Tronos en esta octava y última temporada era dar cierre a cada uno de los innumerables frentes que todavía quedaban abiertos. Ante la noticia de que todo tendría lugar en apenas seis episodios, parecía bastante normal temer que los creadores de la serie optasen por resoluciones abruptas o aceleradas de muchos de los conflictos. Capítulos como el cuarto, de título Los últimos Stark, ponen de manifiesto que quien tuviera tales sospechas no andaba desencaminado. Tras un sorprendentemente pausado segundo episodio y un espectacular y minucioso tercero, esta semana el producto de HBO retoma la senda del primero, el que probablemente sea, hasta la fecha, el más endeble de los cuatro . En esta ocasión se sube la apuesta y el número de giros de guion aumenta, una decisión cuya idoneidad convendría poner en entredicho.

Tras la extenuante batalla contra el Ejército de los Muertos, Daenerys y su consejo tratan de reagrupar las tropas y decidir cómo actuar frente a Cersei, el último escollo antes de tomar Los Siete Reinos, e instaurar, supuestamente, la paz y la prosperidad en el continente. Si en el análisis de la semana pasada uno se preguntaba si habría especial interés en ver la resolución de la serie tras haber asistido al punto climático de la historia, en este nuevo episodio se explicita desde el comienzo el interés del grupo de guionistas por tomar decisiones que den emoción a la batalla final. Y la opción por la que han optado ha sido la de desarrollar la trama con el único objetivo de que las fuerzas del ejército de Daenerys se debiliten considerablemente, para equilibrar la batalla final. Una evolución argumental forzada, que destaca por su endeblez y carencia de naturalidad. Todo vale con tal de que el final vuelva a ser tan apoteósico como el tercer episodio, aunque para ello haya que recurrir en más de una ocasión al siempre cuestionable recurso del deus ex machina.

Los últimos Stark se construye, por tanto, como una montaña rusa de emociones, con personajes cuyos arcos dramáticos avanzan a la velocidad de la luz (Jon) y que cambian de decisión de manera repentina, aunque esto se contradiga lo que ha sucedido durante un par de escenas previas (Jaime), o con los que, simplemente, uno ya no sabe qué pensar (Varys). El capítulo da todo lo que promete: un carrusel de acciones, respuestas y decisiones, una explosión de emociones que, sin duda, se pasa en un suspiro. Gracias a capítulos como este, la habitual comparación de Juego de Tronos con las dinámicas del culebrón de sobremesa parecen más justificadas que nunca.


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1 Comentario »

  1. Dice el crítico que “todo vale [en la historia] con tal de que el final vuelva a ser tan apoteósico como el tercer episodio” y yo creo que sería aún más justo decir que todo vale con tal de ganar dinero, sobre todo cuando el público adicto traga lo que sea. ¡Años han tenido que estar siguiendo la historieta! Luego se quejan de los aficionados al fútbol, pero las Ligas, que son los torneos más largos, no duran más que una temporada.

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