Yago Paris


Los muertos ya están aquí, las espadas ya están alzadas. Tras dos episodios de introducción de la temporada, la gran batalla de los Siete Reinos ha tenido lugar. Lo que se narra en La larga noche es un momento cumbre dentro del desarrollo de la historia. La guerra contra el Ejército del Rey de la Noche no solo se podría interpretar como el punto clave de la última temporada, sino de toda la serie. A pesar de que Juego de Tronos ha pasado a la historia por su retrato de los tejemanejes de la realeza y demás agregados de la corte en su lucha por alcanzar el trono —con inmensas conspiraciones, traiciones y golpes maestros que funcionan de maravilla dramáticamente—, lo que el relato aborda, a la hora de la verdad, es la lucha del bien contra el mal, y todos los conflictos que ocurren en palacio son minucias si se comparan con la pura supervivencia de la especie humana ante una amenaza que llega de ultratumba. Por tanto, la batalla a la que asistimos en el capítulo de esta semana es crucial, probablemente el momento que el público llevaba más tiempo esperando. Precisamente por ese motivo, puede que sorprenda que todo el asunto se haya solventado en un espectacular pero único episodio. Después de siete temporadas, ¿esto es todo?

A estas alturas, las expectativas son demasiado altas, la espera ha sido demasiado larga, lo que puede llevar fácilmente a que la sensación sea de desencanto al analizar La larga noche como narración aislada del resto de la serie. Sin embargo, sería conveniente diferenciar entre lo que es el capítulo como elemento individual y cómo este encaja con los demás y configura el resto de la temporada. Como ejercicio narrativo, se pueden enumerar virtudes de peso para justificar su valía, por ejemplo, su interés absoluto por la captura de momentos apoteósicos donde la principal baza se juega con el poder de sugestión de la imagen —en absoluto la tendencia habitual en el mundo de la ficción serializada.

La configuración del campo de batalla como un auténtico infierno, la aparición de una tormenta de hielo como la plaga que arrasará a la humanidad, la brillante decisión de filmar el ataque dothraki en un lejanísimo plano general, de tal manera que la muerte de cada uno de los soldados se representa mediante el apagado de la llama que portan, o la descripción de las diferentes salas y pasillos del interior del castillo como un laberinto mortal —especial mención a la escena de Arya (Maisie Williams) en la biblioteca— son solo algunos ejemplos que ponen de manifiesto que, esta vez, tras las cámaras se ha situado una persona con la firme intención de darle significado a las imágenes que conforman el episodio —se trata de Miguel Sapochnik, el responsable de otros grandes capítulos bélicos como La batalla de los Bastardos o Casa Austera. Al mismo tiempo, habría que plantearse si todo esto es suficiente. ¿Tiene sentido despachar el mayor conflicto de la historia en un único capítulo? ¿Qué pasará a partir de ahora? ¿Es acaso más importante cómo se configurará el gobierno de los Siete Reinos tras la gran batalla? Por lo pronto, a falta de media temporada por emitirse, una cosa parece clara: La larga noche es un ejercicio de narración en imágenes muy por encima de la media de la serie.


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