Las dolencias autobiográficas

Santiago Alonso 


Tras llevar el varias décadas sin participar en el cine de quien fue su mentor, Antonio Banderas comentaba durante la promoción de La piel que habito (2011) que veía a Pedro Almodóvar más minimalista, austero y claro: más japonés, le decía en broma. Se mostró muy agudo el malagueño, como se ha demostrado pasados los años. La depuración de estilo del director empezó a percibirse a las claras en Julieta (2016), un melodrama bajo patrones narrativos muy clásicos que resultaba reposado y conciso; hasta llegar ahora, yendo más allá aún, a la virtuosa sencillez de Dolor y gloria. El tema central de este nuevo largometraje es, sin disimulo, el propio Almodóvar; y la esencia del relato, la introspección y la búsqueda de la serenidad, como un proceso meditativo planteado por el realizador con el propósito de reconectar con su persona. El retrato íntimo que se dibuja a sí mismo cumple una función terapéutica, no otra que calmar las dolencias que no son físicas. Porque aparte de las corporales, también padece las anímicas y, dentro de esa categoría, unas que bien podrían denominarse autobiográficas.

Salvador Mella, el trasunto del cineasta, a quien por supuesto interpreta Banderas, no planea su particular intento de curación a través de la memoria. Comienza sin más un día en la piscina, durante un momento de inmersión y suspensión total bajo el agua. A partir de ahí los recuerdos se van activando por varios cauces que vuelven a unir el presente con el pasado, como resultan el agua misma, la música (una melodía de piano, la versión de Come sinfonia que canta Mina) o las más insospechadas casualidades.  Y después están los imprescindibles momentos en los que el mal físico se mitiga —gracias al beneficioso pero cada vez más incontrolable consumo de heroína—, permitiendo así que las sensaciones se pongan en marcha y se propicie el afrontamiento de las cuentas sentimentales sin resolver en relación con las amistades, los amores acabados y los familiares cuya desaparición jamás se acaba de asumir.

Para llevar todo esto a la pantalla, al director no le hace falta una trama canónica ni muchos personajes. Tampoco una compleja gramática fílmica con la que alardear. Le basta reunir tres o cuatro episodios, usar con mesura el flashback y, sobre todo, saber entablar un diálogo tanto consigo mismo como con el público, haciendo que brille el juego de espejos independientemente del grado que haya de realidad o de ficción. Es fundamental, eso sí, el apoyo de un reparto que ayuda a llevar la emotividad de la película hasta cotas altísimas: qué trabajo hacen Asier Etxeandia, Leonardo Sbaraglia y Julieta Serrano.

Sin dejar de ser cien por cien reconocible, Almodóvar se aleja tan conscientemente de la retórica y se acerca tanto a la madurez, que, tal y como expone en boca de Mella, la culminación de relato sobre el primer arrebato erótico-sentimental del protagonista, cuyo final está plasmado de una manera elegante y esencial, no necesita vueltas argumentales ni alargamientos explicativos para alcanzar el alma del público. Durante algunas secuencias, Dolor y gloria tiene la apariencia de ser una «obra menor», pero algo hace intuir que, muy al contrario, gracias a la serenidad cuasi oriental y la inteligencia que destila puede llegar a ocupar nada más estrenarse un puesto fundamental en la filmografía de su autor.



 

DOLOR Y GLORIA

Dirección: Pedro Almodóvar.

Intérpretes: Antonio Banderas, Asier Etxeandia, Penélope Cruz, Nora Navas, Leonardo Sbaraglia, Julieta Serrano.

Género: drama. España 2019.

Duración: 108 minutos.

 


 

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