Prisionera en un universo cerrado

Santiago Alonso 


Gloria, Una mujer fantástica, La novia del desierto… Qué fascinantes retratos íntimos de mujeres, siempre mediante el empleo de una pausada intensidad, nos están regalando los cines chileno y  argentino en las últimas temporadas. Hablamos de unas protagonistas solas y prácticamente marginadas que viven en conflicto con el entorno y que lo único que buscan, cada una a su manera, es un lugar en el mundo donde poder sentirse personas plenas. Ahora se suma Paraguay a esta corriente con Las herederas, una buena noticia también por lo excepcional del estreno europeo de un trabajo realizado en ese país. Atención: la puesta de largo del hasta ahora cortometrajista Marcelo Martinessi recibió tres premios en Berlín, uno de ellos el Oso de Plata a Ana Brun como mejor actriz, y desató las críticas entre los sectores más conservadores de Paraguay a causa del lesbianismo de las protagonistas, dos señoras que han pasado de los sesenta años.

Que se haya creado revuelo allí lo explica la misma película desde el momento en que se nos presenta a Chela (Brun) y Chiquita (Margarita Irún) viviendo juntas como pareja de hecho en la mansión familiar de la primera, aunque su relación pase por algo que nadie, dentro de la burguesía tirando a rancia y decadente a la que pertenecen, quiera pararse a definir. A ojos de los demás quizás sean amigas, familiares… A Chiquita le viene bien vivir así, dentro de un universo cerrado con sus propias reglas, pero no le sucede lo mismo a Chela, sobre todo desde el momento, al inicio de la cinta, en que se queda desamparada cuando su compañera entra en la cárcel por unos impagos debidos al serio bache económico que afrontan.

La excusa argumental de la venta de los bienes de la pareja (cuberterías, vajillas, muebles y cuadros pertenecientes a la herencia familiar) le sirve a Martinessi para simbolizar de manera paulatina, silenciosa y elegante, pero asimismo firme, el cambio que se va operando en Chela, un ser atrapado dentro una prisión apenas perceptible, quizás por pasividad y falta de estímulos emocionales. Según se vacía el espacio doméstico, a la mujer se le van abriendo vías de escape como las que representan tanto el deseo hacia alguien más joven, la subyugantemente provocadora Angy (Ana Ivanova), como el simple hecho de poder conducir un coche. Por estas y otras cuestiones estilísticas —véase el uso de algunas imágenes elaboradas desde el punto de vista conceptual, como la bandeja del desayuno en sus distintas fases— el modo en que el realizador plantea Las herederas no resulta novedoso ni audaz, pero sí impecable de principio a fin. Conviene aplaudir también que Martinessi aporte a la radiografía de la sociedad de Asunción un variopinto abanico de grupos femeninos, incluyendo los del centro penitenciario, sumamente explicativo.



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