El día a día de una magistrada tronada

Santiago Alonso 


Strip-tease era el nombre que recibía un conocidísimo programa que, primero en la televisión belga de los años ochenta y, una década después,  también en la francesa, se presentaba como la serie documental que mostraba al desnudo los hechos cotidianos de la sociedad. Sus creadores, Jean Libon y Marco Lamensch, componían retratos de la vida de varios ciudadanos y su día a día, con los que los telespectadores pudieran identificarse. Formalmente, la clave residía en la ausencia de comentarios en off y en que se daba rienda suelta a los protagonistas para que hablaran: ellos mismos hacían una especie de estriptis emocional. La cámara cumplía la función básica de estar, si eso es posible, como mero convidado de piedra.

En Ni jueza, ni sumisa, Libon, junto con Yves Hinant, retoma el concepto y lo lleva al largometraje, siguiendo a una estrafalaria mujer que ya protagonizó un programa de la serie. Se trata de la jueza de instrucción bruselense Anne Gruwez, que solo con un gramo de su excentricidad y su propensión a la incorrección política serviría para percibir que nos encontramos ante una de esas personas que parecen haber salido de la imaginación del fabulador más tronado. Tres años ha durado el rodaje, y el resultado lo conforman la selección de varias escenas donde vemos a Gruwez en su trabajo. Que no es otro que lidiar con asesinos, violadores, maltratadores y rateros. El hilo conductor, al cual se le van añadiendo otras historias y distintas escenas, es la reapertura de un caso de homicidio de dos prostitutas. A todo ello le planta cara la magistrada mostrándose agresiva y graciosa en demasía, alimentando ante los demás, ya de paso, su ego; hasta un punto que los espectadores llegamos a preguntarnos si no asistimos al trabajo de alguien que se salta a la torera los límites de la praxis profesional.

El principal problema de la cinta no tiene tanto que ver con su condición de propuesta incómoda —que lo es y mucho, debido tanto a la inclusión de ciertas imágenes explícitas como a la peliaguda mezcla entre lo crudo y lo hilarante—, sino con dos cuestiones que ya fueron objeto de crítica en el programa televisivo: la búsqueda ímplicita del sensacionalismo y la burla hacia alguno de los individuos que aparecían en el mismo.

Resulta imposible que no nos cuestionemos a cada paso cuánto hay de preparado o directamente guionizado. Y surgen muchas preguntas subsiguientes. ¿Hasta qué punto se les puede dar permiso a unos cineastas para grabar labores judiciales como, por ejemplo, una exhumación? ¿La ley belga permite que se asista tan alegremente a las deposiciones verbales de los enjuiciados ante la juez? ¿Han accedido tantas personas a que se entre en su miseria y en su castigo? ¿Y a cambio de qué? ¿De veras se nos quiere hacer creer que los participantes se olvidan que delante hay cámaras? A falta de una explicación a todo esto, sí queda claro que ese ideal de presentar la verdad al desnudo es una propuesta falaz, como tampoco parece casual que la mayoría de los encausados que los directores han incluido sea de origen magrebí o extranjero (repetimos, ¡en un rodaje de tres años!), mientras que el montaje intercala varios planos de una ciudad tomada por militares por amenaza yihadista. Ni jueza, ni sumisa muestra, sin duda, la positiva faceta humana de alguien que se aproxima a diario al lado más siniestro de la sociedad, aunque como trabajo no deja de ser, ni más ni menos, y pese a las menciones especiales que recibió en el Festival de San Sebastián, un producto de telerrealidad.


Puedes ver NI JUEZA, NI SUMISA en FILMIN.



 

NI JUEZA NI SUMISA

Dirección: Jean Libon, Ives Hinant.

Género: documental, comedia, drama. Bélgica, Francia, 2017.

Duración: 100 minutos.

 


 

1 Comentario »

  1. Yo la vi, bueno, lo intenté en San Sebastián y me salí del cine. La jueza me resultó insoportable. No me creía nada de lo que salís y me pareció poco casual y tendencioso que, en efecto, prácticamente todos los enjuiciados fueran de origen magrebí.

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