Santiago Alonso 


Los clásicos…

De visita en España hace un par de semanas para recoger el Premio Princesa de Asturias, Martin Scorsese avisaba de la necesidad imperiosa de proteger y salvar la experiencia del cine. Es decir, la experiencia de la sala oscura y la pantalla blanca con las imágenes proyectadas sobre ella. Aunque precisamente haya estrenado su último trabajo en la plataforma Netflix, algunos comentaristas aquejados, parece ser, de arrogancia digital se sintieron ofendidos por las palabras del maestro cineasta. Quien esto escribe pensó en todo ello al menos cuatro veces durante la VI Edición del festival Nocturna Madrid, una por cada cinta de la sección Classics que pudo disfrutar. Tres eran españolas y se vieron en copias restauradas con una calidad de imagen y sonido excelente, las mejores existentes y las más extensas, pues incluían hasta las escenas (en otras lenguas, obtenidas de versiones extranjeras) que se habían cortado cuando las películas se estrenaron aquí. Lo dicho, un placer que no podrá imitar jamás ninguna pantalla casera, una oportunidad que había que aprovechar. Y pensar que algunos quieren perderse esto.

El fantaterror, denominación que recibe el cine de género fantástico producido en España en los sesenta y setenta forma parte sin duda del ADN del Nocturna, pues sus dos organizadores principales son Sergio Molina, hijo del mítico Paul Naschy, y José Luis Alemán (el díptico La herencia Valdemar), un director que se siente deudor de un capítulo de nuestra cinematografía al que todavía le falta un reconocimiento adecuado. Por razones diferentes, tan diferentes como lo eran sus respectivos autores, los siguientes títulos proyectados durante el festival se encuentran entre los mejores exponentes de ese capítulo: La semana del asesino de Eloy de la Iglesia, La novia ensangrentada de Vicente Aranda y No profanar el sueño de los muertos de Jordi Grau.

Año 1972. El trabajador de un matadero (Vicente Parra) vive con su hermano en una chabola del extrarradio madrileño y tiene una novia bastante más joven que él (Emma Cohen). Todo se tuerce un lunes cuando mata a un taxista que ataca a la pareja, y se va torciendo cada vez más según entra en una dinámica homicida durante los días sucesivos. Y, mientras, parece que le espía un chico solitario, homosexual y de familia pudiente (Eusebio Poncela). Sí, una historia así se filmó a finales del franquismo. La semana del asesino, con su sordidez y sus subtextos ideológicos, con su violencia gráfica y sus dosis de humor negro, es una de las mejores películas de su director, gran heterodoxo cuya rehabilitación todavía está pendiente de completarse.

La semana del asesino

Hablamos de una de las joyas ocultas con mayor brillo de todo el cine español. Lo demuestra el hecho de que, pese a haber sido un proyecto tan difícil de llevar a buen puerto y notarse la intervención, como podrá imaginarse, de la censura (por ejemplo, el absurdo final), se mantengan incólumes la fuerza de sus imágenes, la captación tanto de los ambientes como de las zozobras interiores de los protagonistas y la incomodidad ante tanta negrura. Por no decir que ofrece al espectador actual una siempre necesaria lección de historia sociológica hispana. Bondades como estas son las que ofrecen las obras genuinamente vivas.

Lo de Vicente Aranda con La novia ensangrentada es una clase de salvajada diferente, que toma como excusa la clásica novela corta Carmilla, de Sheridan Le Fanu, clásico decimonónico sobre vampiras y lesbianismo. El protagonista (grandísimo Simón Andreu) quiere copular a todas horas y la protagonista (estupenda Maribel Martín), prácticamente una niña, como dice de manera natural el marido, se ve atrapada nada más casarse en una trampa doméstica desesperante que tiene por escenario un caserón donde todos los retratos familiares femeninos de siglos pasados se esconden en los sótanos. Hasta que aparece la mujer tentadora de otro mundo y se fragua la venganza contra el macho.

Con unas localizaciones en Galicia que contribuyen a incrementar el misterio y la fantasmagoría, la crítica de Aranda es cristalina en cuanto a la representación que hace del matrimonio como institución patriarcal aplastante en la que el esposo somete a la esposa a base de sexo traumático y ultrajante para ella. Sin embargo, el realizador barcelonés pinta con mucha menor precisión y ganas el vampirismo entre mujeres (una mezcla de atracción sexual fatal y sororidad), por lo que el resultado se antoja ciertamente ambiguo respecto a una toma de postura o no en la lucha atroz que se retrata: porque lo que se pinta aquí es una guerra del género oprimido contra el género opresor. En cualquier caso y aparte de los inauditos momentos gore, la película deja una secuencia final de ejecuciones en una cripta que es brutal en todos los sentidos (¿filmaría la industria española algo así hoy día?) y también una profecía en boca de un personaje femenino secundario, la adolescente que también ha caído bajo la influencia de las malvadas, que conecta con nuestros tiempos de ola feminista y patriarcado a la defensiva, a veces hasta escopeta en mano.

La novia ensangrentada

Sería un gran error considerar No profanar el sueño de los muertos (1974), la mítica cinta zombi de Jordi Grau, una simple copia comercial con sello hispano-italiano y escenarios ingleses del universo de George Romero. ¿Es oportunista? Sin duda, pero igualmente derrocha muestras de una singularidad suficiente como para romper esquemas y explorar de manera original no solo temas manoseados, sino otros que empezaban a descollar por aquellos años. Porque el acierto de este filme radica en el acople ejemplar de elementos tan dispares: vampirismo clásico con historia muy sangrienta sobre resucitados romerianos (conviene no olvidar, además, que Zombi; el regreso de los muertos vivientes se rodó cuatro años después), gótico desatado (¡la escena dentro de la cripta!) con ciencia ficción en su vertiente más terrorífica y crítica con la sociedad. Lo viejo contra lo nuevo, la juventud rebelde, el ecologismo que se opone al progreso mal entendido… vaya, no está mal para una de terror que triunfó en su día dentro de las dobles sesiones en autocines estadounidenses.

Aparte de la de Grau, hay que destacar las magníficas labores del director de fotografía Francisco Sempere (Los peces rojos, El pisito, Plácido) y del maquillador Giannetto De Rossi ensayando la hecatombe de sangre y vísceras de sus posteriores trabajos con Lucio Fulci. Y si existe algo que seguramente ha quedado grabado a fuego en la memoria del aficionado es la presencia, por un lado, de la gran Cristina Galbó y, por otro, de dos de los zombis más carismáticos de la historia del género gracias a Fernando Hilbeck y José Lifante.

Durante la gala de clausura de esta edición de Nocturna Jordi Grau fue galardonado con el Premio de Honor, aunque desgraciadamente no pudo acudir a recogerlo por motivos de salud. El otro premiado durante el festival fue el guionista y director estadounidense Don Mancini, quien creó a Chucky, ya saben, el muñeco diabólico, hace ya la friolera de treinta años. La ocasión imponía recordar, pues, Child’s Play, el primero de los siete largometrajes de una saga irregular que, a todas luces, merece una buena revisión crítica. Por de pronto, respecto a la película inicial, una sencilla conjunción entre suspense con asesino psicópata e intriga sobrenatural sin pretensiones, cabe decir que no ha perdido un ápice de su eficacia y se sigue disfrutando. Tiene momentos irreprochables —el inicio en la juguetería, el asesinato que acaba con la caída por la ventana y un tenso desenlace que se estira con pulso firme— y establece unas maneras que conjugan susto y humor que, tal y como se comprobó después, dieron para la expansión bastante productiva de un universo narrativo.

No profanar el sueño de los muertos

… y los contemporáneos

Cuando el verano pasado se estrenó Heriditary, una parte de la prensa corrió a colocarle la etiqueta de «película inteligente de terror», afirmación que parece dar por hecho que estamos ante un género donde, casi por definición, está vetada la inteligencia hasta que aparece una cabeza pensante de Pascuas a Ramos. Festivales como el Nocturna refutan en cada edición una idea tan pobretona, demostrando que muchas historias de miedo funcionan como vehículo expresivo cuyo abanico de posibilidades está al servicio de ideas, debates, pesadillas, poéticas sin fronteras e intenciones críticas. Los clásicos proyectados así lo demostraron, y lo corroboró la inclusión de varias películas actuales en las distintas secciones, independientemente de que resultaran mejores, peores (la inglesa Heretiks) o se quedaran a medio camino (la nueva La noche de Halloween, la canadiense Summer of 84). Como siempre, la variedad se impuso y además conviene recordar que, saliéndose del terror, los seleccionadores también incluyeron películas con elementos fantásticos (Mirai, mi hermana pequeña, el vibrante trabajo de animación sobre la infancia dirigido por el japonés Momoru Hosoda) o historias relacionadas de alguna manera con la cultura popular (como la de la autista a quien le fascina el universo trekkie y la ayuda a vivir, en Please Stand By).

Merecen mención aparte dos cintas en concreto: Ghostland y Mandy. La primera, el nuevo trabajo de Pascal Laugier (Martyrs, El hombre de las sombras) no decepcionó y se llevó con merecimiento el premio a la mejor película y al mejor director: es un filme muy desagradable y particular, que permite debatir, entre otras cuestiones, sobre la violencia contra la mujer en este género y, también, en los cuentos infantiles. La segunda, la fantasía en rojo neón y rojo sangre de Panos Cosmatos, que fascina allá por donde se proyecta, fue el fin de fiesta redondo para un festival de estas características. Volveremos en estas páginas pronto a ambas porque se estrenan en salas y merecen reseñarse aparte. Y para el próximo Nocturna solo se puede hacer una cosa: tener paciencia y esperar un año entero.


Don Mancini y Chucky / Fotografía: Aída Cordero


 

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