Miguel Martorell Linares


En 2006, un diario difundió que el director de cine húngaro Istvan Szabó (Budapest, 1938) había sido informante de los servicios secretos magiares bajo la dictadura comunista, mientras estudiaba en la Academia de Teatro y Cine de Budapest. Los hechos transcurrieron tras la invasión soviética de 1956 y, cuando se hicieron públicos, no faltó quien le tildara de arribista, por haber cimentado su carrera a la sombra del poder. Szabó aseguró que entonces salvó la vida de varios compañeros, militantes anticomunistas, suministrando información falsa: aquella colaboración habría sido «el esfuerzo más valiente y atrevido de mi vida», zanjó. Nada tiene de extraño que trabajara para la policía secreta. Igual hicieron miles de europeos bajo las dictaduras comunistas, asfixiados bajo una tupida red de chantajes, amenazas y otras formas de violencia, implícita o explícita, como contó soberbiamente Florian Henckel von Donnersmarck en su película La vida de los otros (2006).

Fueran cuales fueren los motivos que movieron a Szabó, el episodio ayuda a comprender que dedicara tres películas, de una filmografía no demasiado extensa, pero muy jugosa, a estudiar la colaboración de los artistas con un poder totalitario. Mephisto (1981), Hanussen (1988) y Taking Sides (2001) transcurren en los años que abarcan la ascensión, conquista del poder, auge y caída del nazismo. Todas se basan en personajes reales —un showman, un actor y un director de orquesta— que el director convierte en seres angustiados, en permanente estado de tensión, consumidos por su relación con el poder. Sentimientos que, quizás, pasaran en algún momento por su cabeza.

La historia de Hanussen es la que acontece primero, pues comienza en la Gran Guerra y concluye con la toma del poder por los nazis; un tiempo que nace a sangre y fuego y que, por ello, parece condenado a morir del mismo modo: sus primeras escenas describen una batalla y las últimas el incendio del Reichstag alemán, en 1933. Está inspirada en la vida de Eric Jan Hanussen (1889-1933), un actor y mentalista de origen judío, interpretado por Klaus Maria Brandauer, que gozó de gran éxito entre las dos guerras europeas. A través de su vida, Szabó construye una alegoría sobre Centroeuropa y sus habitantes: «Conozco los miedos y deseos de la gente porque soy uno de ellos… quienes pertenecemos a Europa Central hace tiempo que compartimos un mismo destino», proclama en una ocasión el protagonista.

Hanussen trata sobre lo irracional. No en vano, narra la vida de un adivino que adquiere sus poderes tras sufrir una herida de bala en la cabeza. Y pocas cosas hay más irracionales que el miedo, omnipresente en la película. Miedo de quienes nacieron en un mundo que parecía indestructible y ahora yace bajo las ruinas; miedo al futuro de los abatidos por la guerra y la posguerra, que antes abarrotaban las iglesias y ahora acuden a los videntes en busca de respuestas. Miedo colectivo que conduce al ansia —también colectiva— de orden y seguridad. Hanussen, preso de esta angustia, comienza a frecuentar los círculos nacionalsocialistas. Cuando predice que Hitler será canciller, los nazis le arropan y su prestigio alcanza cotas insospechadas. Mas la profecía también cumplida de que arderá el Reichstag, acción que Hitler achaca a los comunistas y de la cual quiere desvincularse, convierte a Hanussen en un aliado incómodo. Una cuadrilla de las SA le asesinará en un bosque próximo a Berlín.

0-Hanussen

No se trata de una película redonda. El personaje central se resiente porque Szabó trata de construir a través de él un relato alegórico sobre la deriva europea: es el símbolo de toda una época, pero carece de entidad propia. El adivino, cuya auténtica vida fue apasionante, hubiera merecido más garra, más carácter. El Hanussen de carne y hueso no era un vidente real, como el de Szabó, sino un pícaro, un showman que ganó su renombre mediante predicciones apocalípticas, acogidas con entusiasmo por el público. Su origen judío no le impidió mantener una estrecha relación con los líderes nazis, aparecer en público como uno de ellos. Probablemente asesoró a Hitler sobre cómo actuar ante las masas y, quizás por eso, cuando llegó al poder su presencia se tornó incómoda: no debía correr la voz de que el estilo magnético y singular del Führer era deudor de un histrión. Que una de sus habituales visiones sobre caos, llamas y destrucción fuese interpretada como premonición del incendio del Reichstag acabó por sellar su destino.

Mephisto es anterior a Hanussen, si bien el nudo de su trama transcurre después, cuando los nazis asaltan el poder. De nuevo el protagonista es Klaus Maria Brandauer, en pleno estado de gracia. Szabó, que vio reconocido su trabajo con el Oscar a la mejor película de habla no inglesa, adaptó la novela Mefisto, que Klaus Mann —hijo de Thomas Mann— escribió en su exilio de Ámsterdam, en 1936. Para dar vida al protagonista, Mann se inspiró en quien fuera su antiguo amigo, cuñado y amante Gustaf Gründgens (1899-1963), un brillante actor alemán casado entre 1926 y 1929 con su hermana Erika, que triunfó en los años treinta interpretando al Mefistófeles de Fausto. De ahí el título. Tanto el argumento de la novela como las peripecias que atravesó el libro desde su publicación constituyen en sí mismas una parábola del nazismo y sus complejas relaciones con la sociedad alemana.

Gründgens, junto a los jóvenes Mann, inició su carrera en el entorno cultural de la izquierda, durante la república de Weimar. Cuando los nazis llegaron al gobierno, se subió al carro: trabó amistad con Goering, creció su popularidad, dirigió los teatros de Prusia, fue senador, consejero de Estado y una pieza relevante del aparato cultural y propagandístico del Tercer Reich. De este modo, el intérprete de Mefistófeles se transmutó en Fausto y vendió su alma al diablo a cambio de poder y fama. Tras la guerra, los aliados le arrestaron y sometieron a un proceso de desnazificación. Alegó en su defensa que él solo se debía al teatro, que no sabía nada de política, y que bajo el nazismo —cosa cierta— había defendido a intérpretes judíos y de izquierdas. Fue absuelto y poco después dirigía el Teatro Municipal de Düsseldorff, hoy ubicado en la Gustaf Gründgens Platz.

Klaus Mann se suicidó en 1949. Parece que uno de los motivos fue que Mefisto no hallara editor en Alemania: uno tras otro alegaron que la sociedad quería olvidar y no era oportuno abrir viejas heridas. No se publicaría hasta 1956, y por poco tiempo. Gründgens murió de sobredosis en 1963, no se sabe si accidental o voluntaria, y al año siguiente Peter Gorski, su hijo adoptivo, exigió en los tribunales la retirada del libro, aduciendo que denigraba su memoria. Ganó, y Mefisto estuvo prohibida en Alemania desde 1966. En 1979, la dramaturga Ariane Mnouchkine estrenó en Francia una adaptación teatral. En 1981, jugándose el tipo, la editorial alemana Rowohlt reeditó la novela. El mismo año, Istvan Szabó estrenó su film, sumándose a la presión contra la censura. Poco después, asumiendo los hechos consumados, un juez retiró la prohibición.

Pero volvamos a la película. Puede dar la impresión de que Karl Maria Brandauer exagera, se pasa de histriónico al interpretar a Hendrik Hofgen, el trasunto de Gründgens. Y, sin embargo, está contenido si se compara su personaje con el original que pintó Klaus Mann, más histérico, lunático, cínico y egocéntrico. Mann oscila entre el odio y el desprecio hacia el actor. Sin cuartel. Sin matices. No en vano, Mefisto es una novela de batalla, escrita en 1936, cuando la militancia contra la bestia nazi no permitía medias tintas, ni compasión. Hofgen representa al colaboracionista arquetípico, al traidor que abandona sus ideales y se vende al poder. Da igual que sea por el éxito o por un plato de lentejas.

Istvan Szabó es más complaciente y comprensivo con el personaje. Desde luego, su Hofgen no es una víctima. Es un arribista que aparta a quienes se interponen en su camino hacia la gloria, negándoles el trabajo o forzando su destierro… aunque siempre se preocupe por su posterior destino y procure que no sufran daños irreparables. Antepone su carrera a todo lo demás: le da igual arrimarse a los comunistas que a los nazis. Con todo —y quizás ahí se viera reflejado el propio Szabó— protege a los suyos y emplea en ocasiones su influencia para salvarlos, pese a que peligre su posición. Es un hombre en conflicto consigo mismo, atrapado y angustiado, que se pregunta continuamente si lo que hace es correcto. Mas ni las dudas, ni el destino trágico de sus seres queridos bastan para romper su pacto con el diablo.

Taking Sides, es la última película de esta trilogía. En España se estrenó como Requiem por un imperio, título que le asignaron nuestros distribuidores en un ataque de estupidez supina, pues nada tiene que ver con su contenido. Transcurre al final de la guerra mundial y aborda el proceso de desnazificación del director de orquesta Wilhelm Furtwängler. Se basa en la obra del mismo título del dramaturgo inglés Ronald Harwood, también autor del guion. Szabó hizo un trabajo rutinario, de oficio, sin apenas aportar nada al texto original, pero merece la pena ver la película porque el libreto de Harwood es brillante, así como los trabajos de Stellan Skarsgård y Harvey Keitel que interpretan, respectivamente, al músico y al investigador norteamericano que investiga sus lazos con el nazismo.

La trayectoria de Wilhelm Furtwängler bajo el Tercer Reich fue en su momento muy controvertida. Cuando los nazis llegaron al poder, llevaba más de una década dirigiendo la Orquesta Filarmónica de Berlín, era el principal experto europeo en romanticismo alemán y uno de los directores más admirados de todo el continente. Nacionalista y conservador, celebró la llegada de Hitler al poder y fue vicepresidente de la Cámara de Música del Reich. No obstante, conforme se acentuaba la deriva totalitaria y antisemita del régimen manifestó cierta oposición. En 1934, por ejemplo, a pesar de haber sido advertido en contra, programó la ópera Mathías el Pintor del compositor de vanguardia Paul Hindemith, contraria al gusto musical nazi. El estreno fue suspendido, Furtwängler cesado de su cargo en la Cámara de Música y destituido oficialmente de la Filarmónica. Seguiría dirigiéndola oficiosamente como director invitado, decisión salomónica gracias a la cual los nazis defendieron su fuero y Furtwängler permaneció al frente de la orquesta.

La obra de teatro de Harwood y la película de Szabó recogen con fidelidad los argumentos que Furtwängler empleó en su defensa tras la guerra. Lo suyo, aseguró, era la música, él nada tenía que ver con la política. Y no se consideraba un músico cualquiera: como principal exégeta de la gran música alemana debía mantener viva su llama, preservar su calidad en las peores circunstancias, permanecer en el país y seguir activo gobernase quien gobernara, ocurriera lo que ocurriese. Adujo en su favor algún acto de valentía: no cabía establecer una división entre intérpretes judíos o arios, le espetó una vez a Goebbels, sino entre buenos o malos intérpretes. Durante el nazismo, insistió, salvó a numerosos músicos judíos, que testificaron a su favor en el proceso de desnazificación.

Sin duda, Furtwängler fue un genio. También el director favorito de Hitler. A los nazis les beneficiaba su proyección internacional. Por eso le consintieron algunos gestos de disconformidad poco estridentes. Sin embargo, nunca supo, pudo o quiso desmarcarse públicamente del régimen, y durante la guerra recorrió la Europa ocupada como embajador musical de Alemania. Quizás a su pesar, devino en un símbolo emblemático del Tercer Reich: cuando Hitler se suicidó, las radios alemanas transmitieron su maravillosa versión del adagio de la 7ª Sinfonía de Bruckner. Mientras duró la investigación sobre sus vínculos con el nazismo tuvo prohibido dirigir. Absuelto, regresó a los auditorios en el año 1947.

El Furtwängler de Szabó y Harwood se mantiene firme en la defensa de su actitud hasta casi el final de la película. No obstante, flaquea cuando le preguntan si conocía el exterminio de los judíos. Como la mayoría de los alemanes tras la guerra, afirma tajantemente que no y, al tiempo, alega que hizo cuanto estuvo en su mano por salvar a cuantos pudo. El interrogador, astuto, caza la contradicción implícita en la combinación de ambas afirmaciones: si desconocía el destino de los judíos ¿de qué había que salvarlos? El músico se derrumba entonces, pues percibe la magnitud de la barbarie cometida por aquellos con quienes, pese a ciertos alardes de leve disidencia, había colaborado «¿Cómo iba a saber de qué serían capaces?», se lamenta.

La actitud de Furtwängler no fue atípica. A lo largo del siglo XX no faltaron los artistas, intelectuales, empresarios, funcionarios o profesionales liberales de todo tipo que colaboraron, desde el ejercicio de su actividad económica o profesional, con los regímenes totalitarios del siglo XX. Al trabajar durante años en contacto con piezas sueltas del engranaje, muchos se resistieron a percibir la maquinaria completa; no pudieron, o no quisieron, creer que formaban parte de un todo, percibir en su complejidad el entramado represor y asesino del cual fueron cómplices, mal que les pesara. Otros fueron mucho más cínicos, como el industrial Alfred Krupp: «si uno compra un buen caballo, debe pasar por alto algunos defectos», afirmó una vez acabada la guerra y conocida y difundida la barbarie del Holocausto.

Los tres personajes de Szabó que pactan con el diablo nazi cuestionan en algún momento la condición ética y moral de su actitud. Hanussen se siente víctima del destino centroeuropeo, y a la vez cómplice en la ascensión del nazismo; Gründgens-Hofgen se pregunta si debería renunciar a la gloria y abandonar Alemania, y mientras atenúa su zozobra tratando de proteger a las gentes de su entorno; Furtwängler acaba comprendiendo que, aunque salvara de la muerte a numerosos músicos judíos e izquierdistas, ha sido un títere del nazismo. Que Szabó diera tantas vueltas sobre el mismo tema permite intuir que pudo haber sido presa en algún momento de sensaciones parecidas.

En cualquier caso, la vida es sencilla cuando se ve desde la butaca del cine o el sofá de casa. Llegada la hora de la verdad…  ¿cuántos de entre quienes vemos hoy en día estas películas estaríamos dispuestos, no ya a arriesgar la vida y comportarnos como héroes, sino a renunciar al éxito profesional en contextos similares? Calentitos, desde nuestro sillón, podemos jurar y perjurar que nunca venderíamos nuestra alma al diablo. Pero quizás estemos haciendo trampas en un solitario…


 

1 Comentario »

  1. Interesante recorrido el que nos hace el profesor Martorell por la trilogía nazi que el director Szabó abordó en su carrera cinematográfica pues, como muy bien dice Martorell, pudo el cineasta sentirse identificado con el asunto esencial que trata esa trilogía: las relaciones entre el Arte y el Poder. Las tres películas tuve la suerte de disfrutar en la gran pantalla. Viendo la programación de la mayoría de ellas hoy en día, dan ganas de contactar, incluso con los dioses más oscuros para que ejerciendo sus poderes, logren que alguna sala de cine se atreva a la exhibición de filmografías similares.¡Bien hecho, profesor! Espero que su próximo Inserto llegue pronto.
    Saludos
    Pepa

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