De vacas y toros

Santiago Alonso 


Los protagonistas y el director de El árbol de la vida asumen una tarea similar: los jóvenes amantes interpretados por Úrsula Corberó y Álvaro Cervantes se encierran en un caserío para recomponer, reuniendo pieza a pieza, la laberíntica historia familiar que comparten; mientras que Julio Medem parece hacer un compendio de su carrera, una especie de obra total, filmando una película muy alambicada desde el punto de vista narrativo, como si fuera una gran novela: es decir, un saco donde echa obsesiones, temas y lugares que ya trató con anterioridad. Expresado de otro modo: la genealogía de los personajes acaba siendo un culebrón extravagante; la narración del cineasta vasco un tótum revolútum que causará rechazo a quienes no conectan con su cine posterior a Los amantes del círculo polar o directamente les espanta.

Los niños de Rusia de nuestra guerra civil, distintos escenarios de la península ibérica, la incomprensión y el cainismo, las pulsiones sexuales que hacen perder el control, las mafias eslavas, el tráfico de órganos, la especulación en el sector inmobiliario… Con ingredientes tan diversos el realizador establece la correspondencia entre la familia protagonista y un comentario personal sobre este país, haciéndolo de manera muy confusa. O cayendo en simplonerías, como el montaje paralelo entre una idílica boda en Euskadi en donde se cantan hermosas canciones a la novia y otra del Sur donde una orquesta pachanguera toca Suspiros de España. Pero también aborda más temas, que parecen representarse siempre mediante desplazamientos metafóricos muy particulares. En ese sentido, se subraya especialmente la diferencia universal entre lo femenino y lo masculino mediante la recurrente imagen de las vacas y los toros. El problema es que no se sabe si dicha imagen se queda a medias, intenta hacer otro paralelismo entre culturas o busca la extrañeza por la extrañeza.

Ante una película de Medem elevada al cuadrado, se intensifican las sensaciones ya experimentadas antes. Por un lado, encontramos al mismo cineasta que, desde el inicio de su carrera, jamás ha considerado el uso de la cámara como un mero trámite. Y por otro, una pertinaz querencia por la lírica de pega, por lo ridículo o lo abiertamente cursi, elementos a los que recurre siempre desde la más estricta solemnidad. Aunque en El árbol de la sangre lo peor es, como consecuencia de tanto desvarío y tanta inconsistencia en el planteamiento de los conflictos dramáticos, una bochornosa amoralidad cuando se cierra un subtrama sobre la redención y el perdón: la escena en la playa con el beso final de Corberó a su padrastro.



 

EL ÁRBOL DE LA SANGRE

Dirección: Julio Medem.

Intérpretes: Úrsula Corberó, Álvaro Cervantes, Nawja Nimri, Patricia López Arnaiz, Daniel Grao, Joaquín Furriel, María Molins, Emilio Gutiérrez Caba, Luisa Gavasa, Josep Maria Pou, Ángela Molina.

Género: drama. España, 2018.

Duración: 130 minutos.

 


 

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