El joven de los caballos

Santiago Alonso 


Hay una circunstancia clave que redimensiona completamente nuestra percepción de The Rider y, en consecuencia, su valor. Mientras la vemos es fácil pensar que estamos ante una película independiente estadounidense de manual, para bien y para mal, pues en ella se emplean maneras narrativas muy libres, pero al mismo tiempo se le escapan tics con sabor a etiqueta homologada. Sin embargo, incluso si se ha leído antes sobre las circunstancias de este proyecto cinematográfico, hay una escena concreta donde todo cambia. El protagonista, Brady Jandreu, estrella del rodeo con caballos y excepcional domador en tierras de Dakota del Sur, que ha sufrido un accidente que le impide cabalgar hasta no se sabe cuánto tiempo, va a visitar a su amigo Lane a una residencia hospitalaria. Lane también tuvo una caída muy similar a la suya, aunque de consecuencias bastante peores. Ahora vive prácticamente inmóvil, sin casi poder hablar. Brady le cuida y da ánimos. Ambos se ponen a ver vídeos de la época en la que Lane fue un conocido bullrider y, entonces, comprobamos que el consumido chaval de la película es realmente el atlético competidor de las filmaciones. Lane es Lane Scott haciendo de sí mismo y se cuenta su trágica historia. Lo mismo sucede con Brady, aunque le hayan cambiado el apellido: la cinta está basada en su vida y él la protagoniza; los personajes del padre y la hermana también están interpretados por los verdaderos.

No es ni mucho menos la primera vez que vemos en pantalla un ejercicio neorrealista de estas características, pero la película sí que emplea el  docudrama siguiendo propósitos novedosos. Porque no reconstruye sucesos, sino que pretende adentrase en un paisaje y pintar un retrato. El primero es un paisaje social (el Oeste contemporáneo); el segundo, un retrato íntimo (la búsqueda de la identidad de un joven jinete). Y en los dos priman los aspectos emocionales y se procura establecer una armonía muy sentida con la naturaleza. La directora chino-estadounidense Chloé Zhao combina con sensibilidad y equilibrio dos componentes: está la descripción, en absoluto idealizada, de una manera de vivir física y psíquicamente dura; está el conflicto surgido cuando las opciones de vida de una persona no pueden cumplirse y solo siente frustración.

En su segundo largometraje (el primero, Songs My Brothers Taught Me, no se ha estrenado aquí) la cineasta se aleja bastante de las maneras de otros títulos relacionados temáticamente, como Junior Bonner, la interesantísima aproximación al mundo del rodeo dirigida por Sam Peckinpah, y se acerca sin disimulo a los aires propios de Terrence Malick. Aunque al final se le vaya la mano con alguna imagen preciosista, no siempre en consonancia con el resto, Zhao ofrece un buen puñado de momentos que contribuyen a que su propuesta verista tenga viveza, como la fantástica secuencia en la que Brady doma un caballo por primera vez después de su accidente: a la realizadora le basta montar seguidos varios fragmentos de una secuencia rodada en un solo plano, que se adivina larguísima, de muchísimos minutos, para trasmitir la emoción de la doma y su proceso.



 

THE RIDER

Dirección: Chloé Zhao.

Intérpretes: Brady Jandreau, Tim Jandreau, Lilly Jandrau, Mooney, Lane Scott.

Género: drama, docudrama. Estados Unidos, 2017.

Duración: 104e minutos.

 

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