Un alquimia imposible

Santiago Alonso


En la novela original de Darryl Ponicsan que fue la base para El último deber (1973), los dos marines que han trasladado a un tercero a una prisión militar acababan desertando por el sentido de culpa que les generaba haber entregado al compañero. Contaba Robert Towne que cuando escribió el guión de la película, dirigida después por Hal Ashby, decidió darle una vuelta pesimista al final: los marines cumplían su trabajo en aras del deber. Como haría cualquier estadounidense. Pues bien, no perder de vista cuestiones como ésta es determinante a la hora de aproximarse a La última bandera, una especie de segunda parte dirigida por Richard Linklater que le ha salido 45 años después a ese título esencial del llamado Nuevo Hollywood.

Atención, conviene resaltarlo: no estamos ante una continuación oficial o encubierta –parece que la novela de Ponicsan en la que se basa el trabajo de Linklater sí retoma la original que dio pie al filme de los setenta—sino más bien ante una secuela que sigue el espíritu de la obra original. Cambian los nombres y alguna circunstancia narrativa fundamental, pero el nuevo trío protagonista funciona como una reelaboración del antiguo, con cuatro décadas entre medias: aquellos personajes apenas habían cumplido los veinte cuando los conocimos y estos ya han cumplido los sesenta. Y el cambio permite añadir un factor de doble perspectiva bélica (guerra de Vietnam y guerra de Iraq), así como un tono elegiaco, pues la premisa de La última bandera es el reencuentro de tres veteranos porque el hijo de uno de ellos ha muerto en combate y pide a los otros que le acompañen durante el traslado del féretro. El director explora una vez más ese terreno de la masculinidad en el que se siente tan a gusto, aunque afortunadamente, debido a las particularidades del relato, no llega a marearnos con tanto olor a hombretón como sucedía en la sobrevalorada Todos queremos algo (2016).

El diálogo entablado con El último deber propicia tanto los mejores logros de La última bandera como que queden al descubierto sus aspectos más dudosos o abiertamente discutibles. Si algo define al cineasta texano y se ha convertido en el fecundo leitmotiv que explica su cine es la insistente observación del paso del tiempo, de los rasgos personales y ambientales que cambian o se mantienen durante el proceso. Aquí tiene la oportunidad de hacerlo otra vez, y no la desaprovecha, al emprender junto a estos tres individuos un viaje según la plantilla marcada por el film de referencia, repitiendo un trayecto en trenes y autobuses, bajo un cielo tristón, por el paisaje doméstico y secundario de los Estados Unidos.

De esa comparación temporal, Linklater sabe extraer la materia que le interesa y compone un retrato bastante natural de su sociedad, a ratos tan desesperanzador como el pintado por Ashby y Towne en 1973. No escamotea incomodidades ni el desgarro que sigue provocando la guerra en los combatientes y sus familias. El problema viene cuando debe unificar en un mismo discurso cuestiones tan contrapuestas como el patriotismo, el sentimiento castrense, el pacifismo o la rabia contra el ejército y el Estado. Varias secuencias denotan que el autor intenta preparar una fórmula de alquimia imposible. La película más o menos se mantiene en pie hasta que estalla la probeta con la mezcla durante el final. Y, sin remedio, la propuesta queda lejos del espíritu antiautoritario de muchos estadounidenses de los años setenta.



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