La belleza de la perversión

Jesús Cuéllar


En el siglo XVIII, la maquinaria de dominación del imperio español en América se había tornado aún más disfuncional que en siglos anteriores. En una apartada población fluvial del Paraguay, el letrado Diego de Zama, protagonista de esta última película de Lucrecia Martel, basada en la novela Zama de Antonio de Benedetto, pasa los días y los años esperando que la Corona le abone el sueldo que le debe y se digne concederle el traslado a un lugar y un puesto más ventajosos. Varado emocional y profesionalmente, y lejos de su mujer e hijos, Zama (encarnado por Daniel Giménez Cacho), se va viendo reducido a la miseria y la impotencia, y se entrega a la seducción de europeas o se impone a las indígenas (en este sentido, la película de Martel nos presenta a un Zama menos despreciable que el de Benedetto).

En Zama se aprecia una novedosa forma de retratar el imperio español. Según la propia Martel ha dicho, los condicionantes económicos han pesado sobre su planteamiento. Pero, como en el caso del Aguirre de Herzog, con el que Zama está notablemente emparentada por su visión excéntrica, alucinada y libre de cualquier solemnidad, lo primordial aquí son las decisiones estéticas. A Martel —lo señaló hace unos días en Madrid— le interesan poco las tramas y mucho una «inmersión» en la experiencia cinematográfica que concede un papel esencial al sonido. Así que en su película la peripecia literaria de don Diego se esboza más que se relata. Y el resultado es una narración fragmentaria, que a veces se diría inconexa, pero siempre sorprendente. La personalidad de Zama (débil, ocioso, hambriento, galante por obsesión y por tedio), se va deshaciendo, como diluida en el río que lo acabará llevando a su destino.

Martel, que siempre ha pretendido combatir los discursos hegemónicos a los que tan dados son imperios y civilizaciones de toda laya (la nuestra incluida), no aspira aquí a levantar acta notarial de la inevitable decadencia de la Corona española en América. Su cine, ya lo comprobamos en La ciénaga (2001) o La mujer sin cabeza (2008), exige el compromiso del espectador, su entrega a un tipo de relato no siempre fácil, que huye de la línea recta y que pretende «refundar» la realidad para verla de otra manera. La directora argentina busca la extrañeza, la que seguramente aún atenazaba a muchos españoles al contemplar el exuberante entorno natural y humano americano en el siglo XVIII. Disloca el relato recurriendo a encuadres esquinados, pero carentes de alarde técnico aparente; a combinaciones de imágenes casi surrealistas (como la llama que asiste en pie de igualdad a una audiencia de Zama con el gobernador), y a inusitadas texturas sonoras (¡cuánto choca, por ejemplo, escuchar los boleros de los Indios Tabajaras) y visuales que huyen deliberadamente del paisajismo exótico de tantas películas rodadas en entornos naturales imponentes. Sólo al final del filme se recrea Martel en las inquietantes sabanas del Chaco, para captar la desolación de Zama, arrojado a una aventura brutal y siempre inútil.

Después de un atropello filmado con deliberada ambigüedad, la protagonista de La mujer sin cabeza quedaba sumida en una especie de estupor, de abandono, no sabemos si voluntario, que permitía que otros acabaran decidiendo por ella. En la heterodoxa novela de Benedetto, Diego de Zama, en medio de un mundo que lo zarandea a su antojo y al que responde con la misma inmoralidad que éste le ofrece, comprende «La belleza de la perversión… El horror del absurdo que nos atrapa… el horror de la fascinación». En las carreteras secundarias de la Argentina actual o en remotos confines del Imperio español en América, Lucrecia Martel sigue captando ese horror interior y exterior en el que ya indagaron, entre otros, el Conrad del Corazón de las tinieblas, su heredero el Coppola de Apocalypse Now, o el Buzzati del Desierto de los tártaros. Ojalá nos siga pidiendo que compartamos su perplejidad.



 

ZAMA

Dirección: Lucrecia Martel.

Intérpretes: Daniel Giménez Cacho, Lola Dueñas, Matheus Nachtergaele, Daniel Veronese.

Género: drama. Argentina, 2017

Duración: 115 minutos.

 


 

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