El país de los niños perdidos

Jesús Cuéllar


Desde su primer largometraje, El regreso (2003), hasta el último, Sin amor (2017, nominado al Óscar 2018 a la mejor película extranjera), Andrei Zvyagintsev viene retratando la Rusia postsoviética con el creciente y clínico pesimismo de un oncólogo veterano. En su última película, desesperanzada desde el mismo título, el director de Novosibirsk narra la historia de un matrimonio que llega a la antesala del divorcio prácticamente al límite de la violencia y sin saber qué hacer con un hijo preadolescente que claramente consideran un estorbo. El chaval, Aliosha, percibe el rechazo y decide desaparecer, escapar a un destino que quizá pase incluso por un internado.

Si en El regreso o incluso Leviatán (2014) el paisaje natural aún era un contrapunto, aunque fuera inquietante, a lo que los seres humanos se hacían unos a otros, en Sin amor la inclemente naturaleza rusa aparece prácticamente domesticada, devorada por una gran ciudad repleta de torres de pisos. Zvyagintsev, que conserva intactas su potencia visual y su capacidad para observar a personajes en proceso de descomposición interna, describe un ambiente absolutamente opresivo en el que, una vez desaparecido Aliosha e iniciada su búsqueda, el espectador no encuentra ningún personaje con el que empatizar. Se diría que en Sin amor el director ruso ha llegado a un punto de amargura sin retorno y que ya no ve salida alguna a la situación de sus personajes, de su país y quizá del mundo en que vivimos.

En una trama envuelta en todos los aditamentos de una vida convencionalmente acomodada (móviles y tabletas que absorben la atención de los personajes, selfies constantes, restaurantes caros, pisos con bonitas vistas, trabajo en grandes empresas, preocupación por la estética) el conflicto de clase ya no es tan visible como en Elena (2011), y se desplaza en cierto modo hacia quienes ayudan a la pareja a encontrar a su hijo. La religión constituye un mecanismo opresivo, unido indisolublemente a un poder económico y político, que, desde la televisión o la radio, libra la guerra de Ucrania ante la indiferencia de sus ciudadanos.

En esta película inmisericorde, que conjuga el drama, el thriller y el relato de terror, lo que más se podría reprochar a Zvyagintsev es precisamente la unilateralidad del discurso, que plantee una metáfora que roza la obviedad. El pasado de Rusia se encarna en una autoritaria fanática religiosa (la abuela del muchacho) que nunca quiso a su hija. El futuro está en manos de gente como los padres de Aliosha (excelentes Maryana Spivak y Aleksey Rozin) que, además de su imposibilidad para comunicarse civilizadamente, tampoco quieren a sus hijos y viven entregados al capitalismo salvaje recién estrenado en Rusia. Y el presente es un mar de niños malqueridos, huidos, abandonados, hospitalizados o muertos, de los que el Estado se desentiende y que se convierten en presencias que, fuera de campo, condicionan la acción y, simbólicamente, juzgan a sus mayores. Como Zehnia, madre del muchacho desaparecido, la «madre Rusia» parece correr hacia ninguna parte sobre una cinta de gimnasio.



SIN AMOR

Dirección: Andrey Zvyagintsev

Intérpretes: Maryana Spivak, Aleksey Rozin, Matvey Novikov

Género: drama. Rusia, Francia, Alemania, Bélgica, 2017

Duración: 127 minutos

 


 

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