Aviso: contiene detalles importantes de la novena temporada.

Jaime Lorite

Desde la anterior temporada de Larry David –personalista título español de la serie estadounidense Curb your enthusiasm– hasta esta novena tanda de episodios, finalizada el pasado diciembre, han transcurrido seis largos años. Todo ese tiempo no puede ignorarse en una serie de humor: los gustos del público cambian, chistes ambiguos pueden convertirse, de pronto, en munición para el enemigo racista, machista o tránsfobo, y la actualidad, aunque las tramas vayan al margen de la política, marca inevitablemente una agenda de temas. En la Casa Blanca ya no vive el primer presidente negro, sino un peligroso derechista aliado del supremacismo y el nacionalismo. Uno de los mejores dardos de los nuevos capítulos va dirigido, de hecho, al gobierno de Trump, cuando una compañera de cama de Larry le pide que le diga porquerías y este comienza a enumerar a los miembros de su gabinete. Sin embargo, el acontecimiento de estos años que más resuena en el argumento de la última temporada de la serie de HBO es el atentado contra Charlie Hebdo, que colocó dramáticamente a los cómicos en primera línea de fuego y obligó a redefinir su papel en la sociedad moderna, así como a reabrir el debate sobre los límites del humor.

El gran arco narrativo de estos diez episodios es la convivencia del protagonista con la fetua que el ayatolá de Irán dicta contra él por haberle parodiado en televisión: todo musulmán tiene el deber de matar al humorista. No obstante, esperar que una telecomedia caracterizada por sondear fronteras morales negras como el betún se conforme ahora con un alegato a favor de la libertad de expresión es, seguramente, no conocer a su autor. El gran giro provocador de las novenas desventuras de Larry David (y el más descacharrante) es que, después de ocho temporadas autodenominándose “asesino social” por sus violentos encontronazos con las convenciones cotidianas, los asesinos reales serán los primeros personajes de toda la serie en mostrar comprensión hacia él: el alimento base de los terroristas y del misántropo cómico es el mismo, un odio profundo hacia sus semejantes.

Estrenada en HBO en el año 2000 y mantenida en activo de forma no muy constante –nueve temporadas en diecisiete años–, la autoficción Larry David se consolidó hace tiempo como una de las comedias esenciales del comienzo de siglo. Pese a un aspecto formal que ha hecho de lo extraordinariamente austero uno de sus signos distintivos, el creador y guionista de mismo nombre (corresponsable entre 1989 y 1998 de uno de los evangelios fundamentales en las Sagradas Escrituras de las sitcoms, Seinfeld) ha demostrado una capacidad asombrosa para sofisticar y llevar siempre a un lugar nuevo la sencilla premisa del señor quejica en guerra contra el mundo. También una resistencia numantina a dejar que su concepto se reduzca a fórmula.

En su cuarta temporada, David se atrevió con un giro hacia el espectáculo mediante un homenaje metarreferencial al musical de Mel Brooks Los productores: igual que en el argumento de la obra, Brooks descubría que un fracaso de su célebre show en Broadway podría hacerle totalmente rico gracias a un vacío legal, así que decidía contratar a Larry como nuevo Max Bialystock ante la convicción de que él la pifiaría. Aquella sorprendente propuesta, que tuvo como colofón un episodio final de una hora con la representación del musical sobre el escenario, iría seguida en los años posteriores por más tramas de altos vuelos, como la muerte y resurrección del protagonista tras tener que donar un riñón a Richard Lewis, el divorcio con su mujer (personaje fijo hasta entonces), una reunión del reparto completo de Seinfeld o una mudanza a Nueva York (concretamente, al edificio de Michael J. Fox, con todos los chistes imaginables sobre el párkinson). Otro musical es el punto de partida de esta novena temporada: durante los seis años de ausencia, el personaje de Larry se ha encerrado a escribir el libreto de una ambiciosa obra, ¡Fetua!, sátira sobre la condena a Salman Rushdie por parte del ayatolá Jomeini a ritmo de canciones y bailes. Un musical del que nadie querrá saber nada cuando Larry, invitado al programa de Jimmy Kimmel para presentarlo, se pase de frenada con sus chistes y acabe en la misma posición que el escritor británico.

El auténtico Salman Rushdie es, sin duda, la aparición estrella de la nueva temporada. Casi treinta años después de ser condenado a muerte, con una recompensa de tres millones de dólares por su cabeza, ver al autor de Los versos satánicos (1988; editada en España actualmente por DeBolsillo) asesorando a Larry y diciendo que su vida sexual es fantástica gracias a la fetua rivaliza con Twin Peaks: The Return (David Lynch, 2017) por el primer puesto de las conmociones televisivas del año. Aunque eclipsar a Rushdie es imposible, el compositor y actor Lin-Manuel Miranda también aprovecha su oportunidad para autoparodiarse salvajemente en dos memorables capítulos: contratado por Larry para dirigir ¡Fetua! después de que los muftíes acepten levantar la condena si el musical lo hace el creador de Hamilton (2015), Miranda llega incluso a aportar hilarantes canciones a la ficción.

Con una décima temporada anunciada, Larry David se aproxima a las dos décadas de vida y, lejos de apreciarse desgaste alguno, el talento de su autor cada año es más afilado. El elenco compuesto por Funkhouser, Lewis, el matrimonio Greene, ese partenaire improvisado que lleva siendo Leon las tres últimas temporadas o Ted Danson (interpretándose a sí mismo, igual que el mencionado Richard Lewis) brilla como siempre, e incluso algunas de las cuestiones más problemáticas en torno a los personajes se han pulido: ahora los Greene son infieles el uno al otro, a diferencia de los capítulos anteriores, donde los escarceos de Jeff se justificaban en que su mujer era una bruja. Las tramas tienen una frescura mayor que series contemporáneas mucho más jóvenes, elementos modernos se integran con toda naturalidad en la dinámica clásica de los guiones (el soberbio episodio de los whatsapps accidentales enviados a propósito) y algunos personajes episódicos están entre los mejores que se hayan visto en casi un centenar de capítulos, con mención obligada a unos Elizabeth Banks y Bryan Cranston de oro.

En noviembre del pasado año, con motivo de la nueva temporada de la serie, Larry David fue el anfitrión de Saturday Night Live. El humorista judío, en un histórico triple salto mortal con tirabuzón, desató una gran polémica por su monólogo de apertura, donde se atrevió con una tremenda asociación entre el Holocausto y las violaciones en Hollywood: debido al hecho de que la mayoría de los salpicados tras el escándalo Weinstein eran judíos, David imaginó ante el público una escena de acoso sexual en un campo de concentración. Controversia aparte (¿de verdad alguien calificaría a un judío de antisemita? ¿No nos enseñó ya la propia Seinfeld, también mediante un personaje interpretado por Bryan Cranston, que, desde luego, un judío sí tiene permiso para hacer ciertos chistes?), la filigrana cómica es la enésima demostración de la maestría de su autor, una apropiación impecable del lenguaje de la ofensa para devolvérselo con toda su contundencia al fuerte, al agresor. Genio que despliega con igual eficacia en estos nuevos capítulos, porque, por más que los frentes de guerra se multipliquen, por más que algunos frente dejen de ser simbólicos para ser muy literales, el mejor cómico se coloca en primera línea de fuego él mismo y por propia voluntad.


larrydavid

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