El truco final

Jaime Lorite


Pocas figuras de la historia estadounidense han sufrido un proceso de desmitificación tan devastador como el de P.T. Barnum. Venerado por su contribución al mundo del entretenimiento, Barnum adquirió una relevancia cultural incuestionable por revolucionar el mundo del entretenimiento combinando los espectáculos circenses con rarezas (desde gente con graves malformaciones hasta puras engañifas), actuaciones musicales o exhibiciones zoológicas. Casi 130 años después del fallecimiento del empresario, las revisiones de su biografía no son nada complacientes. Con un circo que le sobrevivió nada menos que hasta mayo de 2017, cuando las batallas legales por los derechos de los animales contribuyeron a echar abajo el telón, el maltrato a seres indefensos no es la única gran mancha en el legado de Barnum. Es probable que en el siglo XIX no existiese mucha conciencia animalista, pero definitivamente sí había un debate sobre la esclavitud donde el propietario del mayor circo del mundo se posicionó según le convino: se benefició del comercio con personas negras, a las que explotaba hasta su huida o muerte –e incluso hasta después: cuando murió la esclava que él presentaba como la mujer más vieja del mundo, organizó una autopsia pública cobrando la entrada a cincuenta centavos–, y al final de la guerra de Secesión ingresó en el partido de Lincoln clamando por la igualdad de derechos. No es menos reprochable el uso que hizo de los llamados “monstruos de feria”, que él popularizó, sirviéndose del físico anormal de gente desesperada a la que exponía como bestias ajenas a toda humanidad.

Pese a llevar dos siglos muerto, Barnum acaba de completar el truco más espectacular de su carrera. Hay quien se conforma, como Houdini, en hacer desaparecer un elefante, y hay quien es más ambicioso y desde la tumba logra borrar todo un historial de patrón despiadado para reaparecer ante el mundo como un filántropo. La hazaña se titula El gran showman, un musical protagonizado por Hugh Jackman donde el autoproclamado “Príncipe de las Patrañas” es un alma generosa que ayuda a prosperar a quienes son diferentes y que arriesga su vida por los trabajadores. No hay motivos para pensar que Jackman o cualquiera de los implicados tenga un interés personal en lavar la imagen de Barnum, por lo que el falseamiento de la historia que realiza la película no tendría por qué verse como pernicioso: de la misma manera que un espectáculo de magia, El gran showman hace de la suspensión de la incredulidad una filosofía y de la ilusión una razón de ser. Llama inevitablemente la atención, sin embargo, que en una época donde las grandes franquicias cinematográficas por fin están promoviendo una representatividad inclusiva de la diversidad, más allá del dominante varón heterosexual caucásico, los esfuerzos igualitarios puedan alcanzar un género como el del biopic y, en pos de una justicia social ideal, transformar retroactivamente vidas problemáticas en ejemplares.

Apasionado admirador del universo artístico del inventor del circo de tres pistas, Hugh Jackman culmina aquí uno de los proyectos de su vida. Como el enamorado de los musicales que siempre ha sido, el actor ha levantado una película orgullosa de ser todo lo kitsch y amanerada posible: igual que Moulin Rouge (Baz Luhrmann, 2001), El gran showman es un drama romántico de altísimo voltaje que apuesta por el pop más melifluo sin nada cercano a una coartada irónica. A ello se añade que, a diferencia del título de Baz Luhrmann, las canciones son absolutamente originales (obra de los compositores de La La Land). Un debutante, el supervisor de efectos visuales Michael Gracey, ha sido el encargado de dirigir una superproducción donde al final acaba resultando verdaderamente difícil decidir cuánto hay de desastre y cuánto de insensatez suicida. Señalar que El gran showman es ridícula es parecido a señalar que la mujer barbuda tiene barba: con un mensaje que celebra la singularidad y la excepcionalidad, la película va hasta el final en su voluntad de ser el musical menos preocupado por el qué dirán que haya salido nunca de Hollywood. El concepto es tan loco que parece precisar de un auténtico poeta o un genio para poder echar a volar de verdad, Gracey no es nada de eso y lo resultante, más bien, se queda en un puñado de canciones horrendas fatalmente servidas en números musicales rancios y deslucidos, que es esencialmente todo el contenido de la película. Su osadía es digna de aplauso, pero es posible que los espectadores del futuro se acerquen a contemplarla con los mismos ojos que a los monstruos de Barnum.


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El Gran Showman_Poster FinalEL GRAN SHOWMAN (The greatest showman)

Dirección: Michael Gracey.

Guion: Jenny Bicks y Bill Condon.

Intérpretes: Hugh Jackman, Zac Efron, Michelle Williams, Zendaya, Rebecca Ferguson, Diahann Carroll, Fredric Lehne, Yahya Abdul-Mateen II.

Género: musical. Estados Unidos, 2017.

Duración: 105 minutos.

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