Cine de combate

Jesús Cuéllar


Ahora que los medios de comunicación nos informan de que hay refugiados o inmigrantes que, si sobreviven a sus arriesgados viajes, van a parar directamente a una cárcel que ni siquiera está preparada para su uso como tal, o que las cifras de personas sin papeles que llegan a nuestras costas están alcanzando cifras récord, ver Invierno en Europa (mención especial de DocEspaña en la última SEMINCI) en una sala prácticamente repleta puede hacernos pensar que no todo está perdido, que todavía hay gente que quiere conocer y cuestionar una realidad a todas luces injusta.

Este documental de Polo Menárguez, que antes había transitado por los territorios de la ficción intimista y a veces cómica en cortos como Los amigos están (2016) y Problemas sexuales (2017), o en su único largo hasta la fecha, Dos amigos (2013), es un film de combate, urgente, pero no exento de ambiciones cinematográficas. Después de entrar en contacto con la asociación No name kitchen, que trabaja con refugiados en Serbia, al margen de las grandes infraestructuras de organizaciones como ACNUR o Médicos sin Fronteras, Menárguez se lio la manta a la cabeza y en febrero de 2017 organizó el traslado de un minúsculo equipo a Serbia para filmar a refugiados, sobre todo afganos y sirios, confinados en campos «oficiales» o en el improvisado y miserable alojamiento que ofrece una fábrica abandonada del centro de Belgrado.

Sirviéndose de la intensa fotografía de José Martín Rosete, al que reclutó de la noche a la mañana para este proyecto, y de un guion que busca sobre todo la cercanía de los testimonios, Menárguez articula un contundente discurso en el que se contraponen con eficacia, pero de forma a veces simplista, las virulentas proclamas nacionalistas del primer ministro húngaro Viktor Orbán o un alcalde del sur de Hungría y la desesperanza de quienes han llegado a nuestro continente en busca de ayuda y se topan con la «fortaleza europea».

Por un lado, están los bombardeos estadounidenses de Afganistán con los que se inicia la película (nada se dice de la devastadora invasión soviética anterior) y, por otro, unos hombres que huyen de la guerra, buscando un futuro para sus familias. Al igual que hacía Taste of Cement, de Ziad Kalthoum (reseñada aquí por Daniel Pérez Pamies), con los trabajadores sirios en el Líbano, Menárguez y su equipo se mezclan con los refugiados y, con cierto impudor, los captan en sus labores de limpieza cotidiana y de pura y simple supervivencia. Las opiniones de estos hombres son diversas, más de lo que el tono del documental podría indicar: unos proclaman su amor a Europa, otros la aborrecen y piden a sus compatriotas que no vengan, y todos denuncian los malos tratos sufridos en Irán, Pakistán o Turquía, en el camino hacia esta ingrata tierra prometida.

Invierno en Europa trata con respeto a sus entrevistados, los deja expresarse ante la cámara (“estaban deseando hablar”, dijo Menárguez en el coloquio posterior a la proyección, celebrado en la Cineteca de Madrid), pero el loable y necesario esfuerzo que aquí se realiza para darles voz sabe un poco a lección para el espectador, a un exceso de didactismo que en nada beneficia a este emocionante documental.



INVIERNO EN EUROPA

Dirección: Polo Menárguez

Género: documental. España, 2017

Duración: 70 minutos

 


Fotografías: Montreoux Films


 

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