Pánico en la cadena de montaje

Jaime Lorite


El momento cinematográfico que vive Grecia es de una relevancia insoslayable. Aunque ha costado bautizarlo, poco a poco parece imponerse entre la crítica extranjera un nombre bastante elocuente: Rara Ola Griega (Greek Weird Wave). Utilizado por primera vez en 2011 en un artículo de The Guardian escrito por el crítico Steve Rose, aquel texto apuntaba a la llegada de “un número creciente de películas inexplicablemente extrañas” provenientes del país heleno y localizaba la chispa del movimiento en dos títulos, Canino (Yorgos Lanthimos, 2009) y Attenberg (Athina Rachel Tsangari, 2010). Caracterizado por una gran frialdad escénica, la contemplación de lo humano como algo ajeno y, en ocasiones, una violencia desbocada, Rose se planteaba si aquel cine podía tener en las políticas de austeridad homicida impuestas por la troika en Grecia el contexto que lo explicase. Las películas de la Rara Ola, desde luego, hablan de crisis, pero no exclusivamente en un plano económico: también familiar, moral, existencial. Sin embargo, igual que en todo gran grupo artístico, el desarrollo de las autorías individuales ha hecho que, con el tiempo, sus trabajos ya se encuentren emparentados más por rasgos abstractos que por una filosofía conjunta. Dentro de esa evolución, Yorgos Lanthimos ha ido construyendo un discurso cada vez más identificable, pese a su oscuridad, con la idea de las representaciones pantomímicas dentro de la vida cotidiana.

Si la muy divertida Langosta (2015) parecía anunciar el comienzo de una etapa aperturista, ver a Colin Farrell de nuevo al frente de El sacrificio de un ciervo sagrado puede funcionar como falsa pista para enfrentarse a una película que, siendo todavía accesible, retoma la crueldad sin concesiones de Canino y Alps (2011). La descripción de las familias nucleares a modo de circuitos cerrados y necesitados de blindaje, formulada por Lanthimos en sus trabajos anteriores y aplicada organizativamente (en forma de ficción distópica) a toda la sociedad en Langosta, vuelve a servir al director como punto de partida para su nueva película. En ella, un adolescente perturba la calma de un matrimonio ejemplar, con una casa enorme y dos hijos preciosos, valiéndose del poder que, por una misteriosa razón, posee sobre el padre de familia.

Los personajes de Lanthimos siempre han llamado la atención por su profunda inexpresividad y su apatía, al filo de lo robótico. La sensibilidad es para ellos una enfermedad que altera el correcto funcionamiento de la maquinaria, de los comportamientos rutinarios que en un pasado fueron aprendidos para practicarse eficazmente, sin rechistar ni hacerse preguntas. En Alps, la tendencia alcanzaba límites delirantes: los actores de una agencia trabajaban sustituyendo a difuntos en hogares particulares, reproduciendo sus conductas y chascarrillos para que los miembros de esas familias no sufrieran tanto la pérdida. Todo el mundo actúa de forma mecánica, nuevamente, en El sacrificio de un ciervo sagrado: el afecto se concentra en diálogos forzados y artificiales, el sexo se realiza con la efusividad de una engorrosa tarea doméstica y las operaciones a corazón abierto que lleva a cabo el protagonista, cirujano cardiovascular, bien podrían ser reparaciones de fontanería, a juzgar por la nula tensión que rodea a su entorno laboral.

En estas autocracias simbólicas que presenta el director griego, el instinto (y todo lo no racional) está veladamente prohibido para quien no quiera problemas: si en Alps una actriz se buscaba la ruina al implicarse emocionalmente, y en Langosta el Estado hacía lo propio con quienes pasaban mucho tiempo sin formar pareja estable y monógama, aquí el protagonista paga el pecado de cometer un error humano teniendo, como consecuencia, que enfrentarse a un incómodo dilema ético. La contenida interpretación bressoniana de Farrell, sin una mínima gesticulación, se rompe progresivamente delante del espectador hasta dejar al descubierto lo contrario, conforme va atormentando al personaje un problema que urge solventar para restablecer la normalidad, igual que se exorciza a un demonio. Lo interesante aquí es cómo Lanthimos, después de varias películas fundadas en la suspensión del drama, pone en juego el factor de la inevitabilidad para llevar un conflicto a sus últimas consecuencias. Una tragedia griega irrumpe en un universo de gestores.



 

EL SACRIFICIO DE UN CIERVO SAGRADO (The killing of a sacred deer)

Dirección: Yorgos Lanthimos.

Guion: Yorgos Lanthimos y Efthymis Filippou.

Intérpretes: Colin Farrell, Nicole Kidman, Barry Keoghan, Raffey Cassidy, Sunny Suljic, Alicia Silverstone, Billy Camp.

Género: intriga. Reino Unido, 2017.

Duración: 121 minutos.

 


 

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