La tenue luz de Pixar

Daniél Pérez Pamies


La bombilla de Luxo empieza a parpadear. La icónica lámpara de Pixar parece que se está apagando o que, al menos, ya no brilla con la misma intensidad de sus inicios. En los últimos años, salvo algún fogonazo como Del revés (Pete Docter y Ronnie del Carmen, 2015), el estudio de animación subsidiario de Disney ha preferido apostar sobre seguro llenando su catálogo de secuelas o precuelas. Toy Story 3, Cars 2, Monsters University, Buscando a Dory, Cars 3… más allá de sus logros puntuales, son la prueba del agotamiento que ha encontrado en Coco, dirigida por Lee Unkrich y Adrián Molina, un punto de inflexión.

Sobre el logotipo del castillo Disney, antes de empezar la película, una música mariachi invade la melodía como una merecida bofetada a la era Trump. La película de Unkrich y Molina asume el imaginario mexicano como núcleo discursivo, poniendo en el centro de su despliegue visual el célebre Día de los Muertos. La cuestión cultural se extiende incluso a las voces de los personajes, que en nuestra versión doblada mantienen su acento latino. Pero bajo todos estos gestos -aparentemente transgresores- se entrevé la repetición de una fórmula calculada por el estudio con precisión matemática.

Un vertiginoso y fascinante prólogo, articulado en papel picado, condensa la historia de una familia mexicana en la que la música está prohibida desde hace varias generaciones. El pequeño Miguel es el llamado a romper con el tabú familiar, tocando la guitarra escondidas, cultivando el sueño de llegar a ser un cantante famoso. Esta pasión será la que lanzará al joven héroe hacia un inesperado y emocionante viaje por el mundo de los muertos, del que solo podrá salir con la bendición de un familiar. 

Resulta imposible no reconocer en el de Miguel el mismo sueño quimérico de Ratatouille (Brad Bird, 2007), o al gallo bobo de Vaiana (Ron Clements y John Musker, 2016) en su acompañante canino. Mucho más llamativos resultan, en cambio, otros lugares comunes reservados a los giros de guion, como el ídolo caído de UP (Pete Docter y Bob Peterson, 2009) o la trampa para desenmascarar al villano de Zootrópolis (Byron Howard y Rich Moore, 2016), por citar algunos casos más dentro del binomio Disney/Pixar. Lo mismo sucede con otros estudios -calidad técnica aparte-, si tenemos en cuenta que el periplo de Kubo y las dos cuerdas mágicas (Travis Knight, 2016) no está tan lejos del de Coco, igual que tampoco lo está su colorido Mundo de los Muertos del de El libro de la vida (Jorge R. Gutiérrez, 2014), por muy nuevo que se presente ahora. Parece que la memoria cinéfila, además de selectiva, funciona a corto plazo.

Tanto narrativa como formalmente, Coco es un reciclaje de los grandes hitos de Pixar y de otras industrias que, como Laika, le pisan los talones al titán de la animación. Incluso una propuesta como El viaje de Arlo (Peter Sohn, 2015), que escapaba de la lógica de segundas partes, respiraba un espíritu lúdico en clave de western que se atrevía incluso con la experimentación (en una alucinante secuencia psicotrópica). En Coco ya no hay margen de error y, en consecuencia, tampoco de sorpresa. Todo funciona como una maquinaria engrasada a la perfección, sin concesiones. No hay espacio para razón alguna, solo para la emoción. El viaje es frenético, colorido y absorbente. No importa si Michael Giacchino tiene que incrementar la intensidad de su banda sonora, si se requieren hasta tres clímax distintos o si hay que poner en pantalla a una señora senil que interpele a las pulsiones más íntimas del espectador. Coco es una montaña rusa de emociones perfectamente diseñada. Las lagunas del guión quedan ocupadas por las lágrimas de la sala. Cuando uno llega al final, tiene los ojos tan vidriosos que apenas puede ver con claridad y mucho menos pensar en lo que ha visto. Igual que Miguel con su guitarra, Pixar sabe perfectamente qué acordes tocar para llegar como un dardo al corazón del público. El problema no es tanto si la fórmula funciona o no (algo indiscutible), sino más bien si el estudio prefiere seguir tocando la misma canción o cambiar la melodía, como ya hizo en sus orígenes.



 

COCO

Dirección: Lee Unkrich y Adrián Molina

Género: animación, aventuras, comedia. Estados Unidos, 2017

Duración: 109 minutos

 


 

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