No es país para judíos


Aunque ahora nos parezca sorprendente, hubo un tiempo en el que muchas y poderosas comunidades judías preferían no hablar de la Shoah y ni siquiera deseaban denunciar el antisemitismo circundante. Como documentaba en 1999 Peter Novick en su libro The Holocaust in American Life (Judíos, ¿vergüenza o victimismo?, Marcial Pons, 2007), hasta finales de la década de 1960, y sobre todo a partir de la serie televisiva Holocausto (1978), no comienza a surgir en la producción cultural, por lo menos en la estadounidense, que ha sentado la pauta en este sentido, la necesidad de insistir en el genocidio perpetrado por los nazis.

Muchos años después, cuando el Holocausto ha generado tantas y tantas películas de muy diversa índole y cuando podría parecer que todo se ha dicho o abordado en las historias que giran en torno a ese siniestro periodo, Bye Bye Germany, la nueva película del director judío-alemán afincado en Bélgica Sam Garbarski, se ocupa de un aspecto novedoso: la historia de los judíos que decidieron quedarse, temporal o definitivamente, en Alemania después de la guerra. Tanto Michel Bergmann (autor de Die Teilacher y Machloikes, las dos novelas en las que se basa la película) como el propio Garbarski descienden del reducido grupo de judíos (unos 4.000, según indica el filme en un epílogo explicativo), que permaneció en el antiguo Reich para reiniciar su vida.

Sin querer disimular en ningún momento el dramatismo del relato, Bye Bye Germany llega a nuestras pantallas envuelta en cierta aura cómica. Pero no estamos ante una nueva La vida es bella. Aquí el humor, en lugar de basarse en gags más o menos divertidos, nace de unas excelentes interpretaciones, que arropan elegantemente una historia que se constituye en repaso ligero a las diferentes formas de lidiar con el trauma (negación, culpa, olvido, resentimiento hacia los verdugos, rechazo del propio Dios, etc.). Sin embargo, cuando la película funciona mejor, cuando atrapa realmente al espectador, es cuando se aparta del tono tragicómico y, siguiendo la senda del thriller, atisba verdaderamente las zonas grises del relato.

Al contrario que en la que quizá sea su película más conocida en España, Irina Palm (2007), tragicomedia también, pero filmada con un enfoque realista heredero de Ken Loach, Garbarski opta aquí, quizá con la mirada puesta en los Óscar, por dotar a su obra de lo que podríamos llamar un envoltorio de “calidad” formal, de pulida (y repulida) producción europea, alejada de la aspereza visual de películas de la inmediata posguerra como Alemania, año cero de Rosellini, Los ángeles perdidos de Zinnemann o Berlín Express de Tourneur, todas ellas de 1948 y rodadas en los mismos desolados escenarios que ahora reproduce Bye Bye Germany.

A pesar de los cuidados planos iniciales, en los que David Berman (excelente Moritz Bleibtreu), esa especie de edulcorado Mackie Navaja que protagoniza la película, recorre con la mirada la realidad de un Fráncfort arrasado, vamos comprobando que Garbarski ha tomado una senda que lo aleja estética y conceptualmente de esas películas antiguas, y también de obras como la más reciente Phoenix, de Christian Petzold (2014), que sí está decidida a ahondar en la complejidad de la culpa y el dolor que lleva consigo cualquier superviviente de un genocidio.

El deseo de agradar al gran público, ofreciendo una obra con las menos aristas posibles, no sólo lleva a Bye Bye Germany a incurrir en anacronismos (por ejemplo, el judío Berman, al ser interrogado por las autoridades de ocupación, no sólo hace alusión al genocidio de los suyos, sino al asesinato masivo de homosexuales y gitanos, ¡como si esa denuncia hubiera estado presente ya en 1947!), sino que le impide sacar suficiente partido tanto a la novedosa historia que tiene entre manos como a los actores que la interpretan. Por otra parte, la sugerente fotografía de Virginie Saint-Martin carece de la turbidez, del mordiente visual necesario para captar la inevitable ambigüedad moral de la segunda posguerra mundial y de unas pretensiones, las de este grupo de seres emocional y físicamente maltrechos, dispuestos prácticamente a todo para conseguir emigrar o, simplemente, sobrevivir. Al contrario que los temerarios pícaros que la protagonizan, Bye Bye Germany, discreta y correcta, queda presa de su falta de ambición.



 

BYE BYE GERMANY

Dirección: Sam Garbarski.

Intérpretes: Moritz Bleibtreu, Antjie Traue, Tim Seyfi, Mark Ivanit.

Género: comedia, drama. Alemania, 2017.

Duración: 101 minutos.

 


 

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