Irene Bullock


Un niño, Allan Stewart Konigsberg, vivía en Brooklyn, y uno de los sitios donde más le gustaba ir era a un cine del barrio, el Kent. Allí se dejaba llevar por las películas que se proyectaban y olvidaba por un rato la realidad. De pronto, todo se convertía en magia. Años más tarde, ese niño se convirtió en director de cine. Su nombre artístico era Woody Allen, y durante la década de los ochenta se encontraba en la cima de su éxito, así que no es de extrañar que rodara un largometraje sobre lo que hace especial este espacio. El acto de asistir a la sala siempre ha sido importante para Allen, incluso vital; de hecho, eso es lo que hacen los personajes en muchas de sus historias. Es más, uno de sus alter ego, Mickey, en Hannah y sus hermanas, encuentra un sentido a la vida  sentado en una butaca, rodeado de otros espectadores, mientras se proyecta una película de los hermanos Marx.

Por eso no es raro que en varias ocasiones haya declarado que una de las películas de las que más orgulloso se siente de su filmografía es La rosa púrpura del Cairo (The Purple Rose of Cairo, EE.UU., 1985). En un acto poético entre realidad y la ficción, Allen rodó las secuencias que transcurren en el Jewel, el cine que frecuenta Cecilia (Mia Farrow), el personaje principal de su historia, en aquel  lugar donde disfrutó de tantos momentos cuando era pequeño: la sala Kent. Durante los años ochenta las salas estaban marcadas por la amenaza de cierre por un serio competidor: los VHS, que fomentaba que el público optara por el hogar para ver las películas. Pero ¿cuántas veces han sentenciado de muerte a los cines? Hace décadas que se está pregonando la desaparición de las salas… y ahora durante la pandemia la amenaza se ha recrudecido… Sin embargo, como si fuera un milagro, estas resisten, sobreviven.  Y muchos espectadores continúan siendo fieles a una cita: a la posibilidad de desconectar de todo en un sitio oscuro para ver una película en pantalla grande.

En aquella época, Allen sintió la necesidad de escribir un guion original y contar, con nostalgia, lo que supuso para mucha gente la ventana que se  abría dentro de estos lugares especiales durante el periodo de la Gran Depresión. Para muchas personas que estaban viviendo las peores jornadas de su vida con múltiples problemas, era una vía de escape, un momento de paz. Se convirtió en una evasión necesaria. Todos los espectadores que amamos ir al cine nos sentimos irremediablemente identificados con Cecilia, la protagonista de La rosa púrpura del Cairo, y todos nos estremecemos ante el final trágico que nos regala Allen, pues es todo un canto de amor al séptimo arte.

El tono de la película nos lo da la canción que abre y cierra la historia: «Cheek to cheek», interpretada por Fred Astaire en Sombrero de copa. Esta película de Mark Sandrich fue una de esas comedias musicales con personajes llenos de glamur y vestuario elegante, que bebían a todas horas copas de champán en habitaciones lujosas o locales de ensueño, logrando que muchos ciudadanos levitaran de gusto en el momento más crítico de la Gran Depresión. Y «Cheek to cheek» provoca, como pocos temas lo hacen, la sensación de lo que es tocar la felicidad… Y eso es lo que le ocurre a Cecilia por unos días en su vida amarga, siente lo que es tocar esa felicidad.

Un personaje secundario rompe la cuarta pared

En el filme se cuenta la historia de Cecilia, una mujer sensible que no está pasando su mejor momento. Su marido (Danny Aiello) está en paro, pues le despidieron de la fábrica donde trabajaba, y se dedica a jugar con los amigos y a beber, además de maltratar a Cecilia a la más mínima ocasión. En el barrio las cosas no van mejor. El mundo de esta mujer es de color gris. Para aportar a la economía del hogar, se pone a trabajar en la cafetería donde está empleada su hermana, pero es un desastre como camarera. Su único respiro es ver películas. Ahora está embelesada con la última producción de la RKO, La rosa púrpura del Cairo, un exótico largometraje de aventuras y lujo. Se fija especialmente en un personaje secundario, Tom Baxter (Jeff Daniels), un alegre aventurero y explorador que los glamurosos protagonistas se encuentran en una pirámide en Egipto. Estos le invitan a sumergirse en la vida de lujo de Nueva York, donde encontrará el amor en brazos de una cantante. Una frase que resume la filosofía del personaje es: «¿De qué sirve vivir sin arriesgarse?».

Pero ocurre lo inesperado, lo mágico. Un día en que Cecilia ya no puede más, porque le han despedido del trabajo y su marido ya no tiene ningún reparo en humillarla y mostrarle sus infidelidades, se dirige al cine, llorando, y como ponen La Rosa Púrpura del Cairo en sesión continua, la ve en bucle. Hasta que una de las veces, en una de las secuencias, Tom Baxter le habla y, de la manera más natural del mundo, sale de la pantalla. «Vamos a un lugar tranquilo. Soy libre». Se desata el pánico y la incertidumbre en la sala, entre los espectadores y los personajes en la pantalla. Mientras, Cecilia y Tom llegan a un parque de atracciones abandonado. Tom se muestra enamorado desde el primer instante y Cecilia se ilusiona: por fin ocurre algo especial en su vida. Baxter, el explorador, le confiesa: «Quiero vivir. Quiero poder elegir».

Sin embargo, es un amor imposible, condenado al fracaso. No solo porque él sea un personaje de ficción (que se muere de ganas por saber vivir en la realidad), sino porque el mundo real no admite esta rebelión. Y es que la maquinaria de los estudios se pone en marcha: por un lado, los productores preocupados porque otros Tom Baxter se escapen de las pantallas, y que no se pueda controlar la situación; por otro, el actor real que interpreta al personaje, Gil Shepherd, tiene miedo a no encontrar su lugar en la industria, y que este suceso le quite la posibilidad de convertirse en estrella. Todos quieren que Tom Baxter vuelva a la película.

La situación en el Jewel es desesperada. El dueño quiere apagar el proyector, pero no puede, y teme que su negocio se vaya al garete. El público reacciona de diversas maneras e incluso terminan interactuando con los personajes, que también, perplejos, están viviendo una situación que no se pueden creer que esté ocurriendo. Los compañeros de Baxter no pueden entender que con la salida de un personaje secundario… su mundo se pare.

A su manera, todos terminan filosofando. Y surge, por ejemplo, una máxima muy reveladora: «La gente real quiere una vida ficticia, y la gente ficticia quiere una vida real». Es esta una premisa con la que se han creado películas maravillosas, todas jugando con el concepto por el que lucha tanto Tom (y también Cecilia): la libertad. Uno puede seguir un hilo invisible que pasa por La rosa púrpura del Cairo, pero que tiene una larga trayectoria en el tiempo, con ejemplos como La vida secreta de Walter Mitty (en sus dos versiones), El show de Truman o Más extraño que la ficción.

Dentro de este juego de realidad, ficción y libertad también entra el concepto de Dios y el sentido de la vida. Cecilia, que precisamente le está enseñando el mundo real a Baxter, le lleva a una iglesia y trata de explicarle que Dios es la razón de todo. Baxter trata de comprender ese concepto con las herramientas que él cuenta en su mundo de ficción. Y le pregunta a su amada si la idea de Dios es similar a la de los guionistas que crean su historia…

La decisión de Cecilia

De pronto, Cecilia se encuentra, sin comerlo ni beberlo, en un peculiar triángulo amoroso que la ayuda, además, a hacer algo que nunca hubiese pensado: a enfrentarse a su marido y a darse cuenta de otros aspectos de su vida, como aprender a valorarse más y ser consciente de que tiene muchas virtudes, como tocar el ukelele o saber disfrutar de las pequeñas cosas. Cecilia sueña con que todo va cambiar: entre el amor de Tom Baxter, un personaje de ficción, y el de Gil Shepherd, el actor de carne y hueso, está su nuevo camino. Este último está dispuesto a hacer todo lo que esté de su mano para que el aventurero regrese a la pantalla.

La camarera infeliz, de pronto, roza la felicidad con diferentes citas, primero con el aventurero inocente, que no tiene ni idea de cómo es la vida real, y después con un actor de carne y hueso que deja todas sus debilidades y miedos al descubierto. Con Gil vive un momento mágico, tocando el ukelele en una vieja tienda de música, y con Baxter hace lo que siempre soñó: habitar el mundo único de las películas en blanco y negro.

Pero, como en todo triángulo cinematográfico que se precie, Cecilia debe tomar una decisión. Y no puede tomarla en otro sitio más que en la sala de cine. Después de haber vivido junto a Baxter sin preocupaciones, en un mundo en blanco y negro, Gil Shepherd entra en el Jewel y anima a Cecilia a tomar una decisión. Cada uno, de una forma u otra, le permite a Cecilia abrir las puertas a un nuevo futuro. Por una parte, está la posibilidad de habitar con un fantasma; por otra, la de volar a Hollywood con un hombre de carne y hueso.

Cecilia decide aferrarse a la realidad. Elige a Gil Shepherd. Y Tom Baxter, como el caballero que es, cuando finaliza la ilusión por la que se saltó la cuarta pared (conocer a Cecilia), vuelve derrotado a su mundo de ficción, a la pantalla. Los proyectores ya pueden apagarse, y la productora retira la película que tanto dolor de cabeza le ha dado.

El único final posible

Cecilia vuelve al mundo real. Y el mundo real pega reveses, irremediablemente. La cenicienta de este cuento cinéfilo abandona a su marido y deja todo ese mundo triste. Hace su maleta y coge su ukelele para huir con Shepherd a Hollywood. Cuando llega al Jewel, donde han quedado, el dueño del cine le informa de que cuando se ha acabado todo el lío, el actor ha salido pitando en un vuelo, rumbo a Hollywood. Y Cecilia se da cuenta del engaño, y se queda desolada.  Cecilia se ha quedado sola en la calle, con su maleta, sin rumbo y sin amor. Lo único que le queda es entrar en la sala de cine. Entra y se sienta en una butaca. Está desesperada, como ida. Tiene un futuro negro por delante. Suena «Cheek to cheek», y va elevando la mirada: en la pantalla bailan sin parar Ginger y Fred. Cecilia, finalmente, queda de nuevo hipnotizada ante la ficción que se presenta ante sus ojos, y sonríe. Un final bello y amargo a la vez.

Parece ser que los mandamases del estudio intentaron que Allen cambiara este final, le insinuaron si Cecilia no podía tener un final feliz, digno de cenicienta, pero aquí Woody no dio su brazo a torcer. Ese era el final adecuado, cualquier otro rompía la magia y el sentido de la historia. Y el tiempo le ha dado la razón. Es la bella conclusión que se merece esta película.

Secretos de película

Woody Allen encontró en este largometraje a otra de sus actrices fetiches. En la prostituta Emma, que tiene una secuencia deliciosa con un inocente y caballeroso Baxter, se revela el rostro de Dianne Wiest, un nombre imprescindible en su filmografía.

Otra de las curiosidades es que la actriz que hace de hermana de Cecilia en el restaurante era en realidad la hermana de Mia, Stephanie Farrow.  La familia de Farrow más de una vez estaría presente en sus películas, por ejemplo, la madre de Stephanie y Mia, Maureen O’Sullivan (la inolvidable Jane, de la popular saga de Tarzán de los años treinta), tendría un papel relevante en Hannah y sus hermanas.

En muchas de sus obras cinematográficas de los setenta y los ochenta, el director rescataba a actores de su amado Hollywood dorado para interpretar ciertos personajes. Así que no es de extrañar que entre los secundarios que pueblan la película de ficción La rosa púrpura del Cairo, los amantes del cine clásico identifiquen a Van Johnson. Y, por cierto, ¡Jeff Daniels no fue la primera opción como Tom Baxter! Allen contrató a Michael Keaton, pero ambos llegaron a la conclusión de que no era el papel adecuado para el actor. Esto permitió a Daniels hacerse con uno de sus papeles más recordados.

El halo delicado que tiene toda la película —que salta entre los colores cálidos del mundo real, con un punto de melancolía y nostalgia, y el blanco y negro del largometraje de ficción del Jewel, que despierta la pasión por el cine de los años treinta— es obra de Gordon Willis, un director de fotografía que formó todo un tándem profesional con Allen en películas como Manhattan, Interiores o Recuerdos.

Por eso, La rosa púrpura del Cairo es, ahora más que nunca, una película necesaria. En un mundo en crisis, lleno de incertidumbres de toda índole, y con la esencia del hecho cinematográfico otra vez bajo amenaza, este largometraje de Woody Allen contribuye a entender en qué consiste la magia de sentarse a oscuras en una sala de cine para vivir una breve desconexión del mundo real.


Puedes ver LA ROSA PÚRPURA DEL CAIRO en Filmin



 

 

 

4 Comentarios »

  1. ¡Ay querida Irene! Esta y Días de Radio son mis absolutas favoritas entre las películas de Allen. La Rosa Púrpura tiene esa nostalgia y ese amor puro por el cine (como medio y como locación) que tan bien describís. Y qué significativo que en esos años tan duros de la Gran Depresión la gente no dejara de apartar algunos centavos para seguir yendo al cine y nada menos que para ver a veces historias durísimas como las de ellos mismos, pero muchas otras, historias sobre millonarios que vestían pieles y diamantes y bebían champaña del zapato de su amada.-
    Me había olvidado por completo que Mia Farrow es hija de O’Sullivan. Hace poco casualmente la vi en Skyscraper Souls, en donde (salvando las distancias) también interpreta a una joven que por un momento es tentada a perderse en un mundo de fantasía.-
    Me llevo de tu texto además nuevas adiciones a mi lista de pendientes. ¿Podés creer que nunca vi Hannah y sus hermanas, The Truman Show o La vida secreta de Walter Mitty? Y me llevo también muchas, muchas ganas de volver a ver mis dos favoritas de Allen. ¡Uff, hay tanto para ver y tan poco tiempo disponible! En fin… de a una a la vez…
    Un abrazo enorme, Bet.-

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  2. No me extraña que sean tus dos favoritas… y vas a añadir Hannah y sus hermanas, estoy segura. Ya verás.
    ¡¡¡A mí me chifla que crezca mi lista de películas pendientes!!! Tener la sensación de que siempre voy a llevarme buenas sorpresas. Yo tengo especial debilidad por Peter Weir, así que The Truman Show me gusta bastante. Pero Walter Mitty es otro gran personaje la verdad…
    Bet, leí en un libro de Cine e Historia que en la Gran Depresión había hambre de cine, era algo necesario para sobrellevar el día a día.
    Hambre de cine…, yo la siento muchas veces.

    Con cariño
    Irene Bullock

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  3. Hola Irene:
    Yo soy muy de Allen pero, supongo que por “coincidencia temporal”, escogería su década de los setenta. La comenzó con películas muy divertidas, originales y disparatadas; de repente Annie Hall reivindicando las “películas de guión” y, precisamente, a la entrada de un cine hablando con los espectadores -un primer capullo de lo que más tarde sería su Rosa-. Acabó la década jugando a ser Bergman en New York. Vivir ese tobogán en directo es, estrictamente, irrepetible.
    En los ochenta, la genialidad “Zelig” parecía que volvía el Woody descacharrante y sobrado de originalidad y… la super trilogía: La Rosa, Hannah y Días de Cine.
    Me ha gustado mucho como has tratado esta delicada flor, huele a cariño del bueno.
    Un saludo, Manuel.

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