Cibercyrano


Durante los primeros compases de En lugar del Sr. Stein, algo muy extraño flota en el ambiente: pese a su revestimiento de comedia agradable e inofensiva, de esas que Francia exporta cada año en cantidades industriales, los diálogos y los acontecimientos parecen imbuidos de una cierta truculencia, la risa no llega y uno casi puede sentirse a las puertas de todo un género inédito, el melodrama de enredo. El protagonista es un joven escritor que, necesitado de dinero, comienza a dar clases de informática a un hombre anciano –el señor Stein del título– instalado en el ostracismo desde la muerte de su esposa. Este hombre es el abuelo de su novia, pero el joven mantiene ese dato en secreto: el anciano no se habla con su nieta desde que ella dejó a su anterior pareja, un muchacho económicamente solvente y merecedor de todas sus simpatías. Avanzando a marchas forzadas en su aprendizaje, el señor Stein se abre un perfil en una web de citas utilizando una foto de su joven profesor, en aras de averiguar si mantiene intactas sus dotes de seducción y, quién sabe, quizá reencontrarse con el amor. El problema llegará cuando consiga concertar una cita en persona y tenga que mandar, para representarle, a quien contra su voluntad ha sido elegido como avatar. Un argumento convencional de comedia para todos los públicos, como pensaría cualquiera al leerlo, que, sin embargo, se traduce en pantalla con un tono de tragedia escandinava francamente desconcertante.

Con el paso de los minutos, se localizan unos tímidos intentos por hacer humor (el anciano leyendo en internet una oferta sobre alargamiento de pene, o un secundario cuyo papel consiste solo en gritar mientras ve fútbol) tan rematadamente torpes, erráticos y desubicados que obligan a replantarse la naturaleza de la película. Los planes del director y guionista Stéphane Robelin –que en su anterior película, ¿Y si vivimos todos juntos? (2011), ya exploró el tema de la soledad en la tercera edad– parecen, efectivamente, encaminados a replicar el modelo francés de película comercial capaz de combinar sensibilidad y humor a gusto de todos, pero algo ha fracasado de manera terrible en la preparación de la fórmula y el resultado es un desaguisado muy difícil de digerir. No es solo que cada momento de humor resulte raro y totalmente fuera de lugar (las risas enlatadas de las sitcoms ayudan al televidente a identificar cuándo tiene que reírse por si no lo pilla: aquí, tal vez, no hubieran venido mal), sino que la trama discurre por unos vericuetos tan inquietantes que puntualmente acaba aproximándose más al suspense.

La imagen de una mujer vomitando es la sórdida, incomprensible elección de Robelin para arrancar una película que ya en el prólogo presenta importantes problemas: normalmente, un narrador aprovecha la primera toma de contacto del receptor con su obra para introducirle en la lógica de la historia e incluso anticiparle cuál será el conflicto, pero aquí los primeros minutos solo abren un arco dramático que la película desecha a la mitad. Da la impresión de que el destino de todos los personajes se decide sobre la marcha, que están a medio construir y por eso no llegamos ni a conocer su brújula moral: la historia de amor más importante de la película es, de hecho, aterradora (se articula un engaño a un ser humano utilizando el suceso más doloroso de su vida) y, entre las muchas revisiones que el guion pide a gritos, destaca con neones la necesidad de invertir algún esfuerzo en hacer que sus mujeres sean mínimamente consistentes y no un mero mcguffin. En lugar del Sr. Stein se ocupa de aspectos tan actuales como el de las nuevas identidades, la moderna construcción de la imagen pública que ha traído la era cibernética –y que abría la posibilidad de que la película, como explícita relectura de Cyrano de Bergerac (Edmond Rostand, 1897), tuviera un aliciente de curiosidad– o los cambios en las relaciones tradicionales, pero su responsable tiene tan poco claro lo que quiere contar y hacia dónde quiere llevar su historia (cerrada, después de un grueso de decisiones arbitrarias y nada armónicas, de manera insatisfactoria y rocambolesca) que difícilmente nada llega a desplegarse con interés. Después de casi sesenta años de carrera, Pierre Richard se merece cosas mejores que otro gag de personaje que grita y que en la habitación de al lado creen que está teniendo orgasmos. 


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srsteinEN LUGAR DEL SR. STEIN (Un profil pour deux) 

Dirección y guion: Stéphane Robelin.

Intérpretes: Yaniss Lespert, Pierre Richard, Fanny Valette, Stéphanie Crayencour, Stéphane Bissot, Macha Méril, Gustave Kervern.

Género: comedia dramática. Francia, 2017.

Duración: 100 minutos.

 

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