Callejón sin salida


Una joven busca a su abuela, enferma de demencia. Al bajar a la calle, la encuentra unida a una muchedumbre de clase trabajadora que porta pancartas y banderas. Feliz de haberla localizado, la chica apremia a la anciana a volver a casa, a lo que ésta replica: «¡Pero están diciendo cosas muy buenas! ¡Estas personas quieren ayudarnos!». La sutileza del drama georgiano La vida de Anna, cine social militante, se mueve básicamente en las coordenadas de la escena descrita: la directora Nino Basilia no oculta en ningún momento que lo que está formulando aquí es un relato clásico de toma de conciencia, con epílogo de brocha gordísima por si quedara alguna duda que despejar. Pese a que hablemos de una película pequeña, estrenada aquí gracias a un sólido recorrido por festivales y no a la presencia de nombres conocidos, lo planteado nos obliga a retomar una polémica que no deja de surgir cuando aparece un título de estas características, y que gozó de cierta intensidad el año pasado tras la concesión de la Palma de Oro en Cannes a Yo, Daniel Blake (Ken Loach, 2016): ¿una película política es menos buena si no esconde sus intenciones, por no molestarse en disimular su condición de artefacto propagandístico?

En noviembre de 1966, doce millones de británicos siguieron en la BBC el telefilme Cathy come home, primer trabajo relevante de Ken Loach, que narraba el descenso de una familia económicamente estable hacia la miseria absoluta. El laborista Harold Wilson saludó la película con entusiasmo, así como la recién creada fundación benéfica Shelter, que vio disparados sus ingresos ante la espectacularmente repentina entrada de donaciones. En octubre del pasado año, Jeremy Corbyn urgió a la primera ministra Theresa May a que viera Yo, Daniel Blake: a falta de saber si la ahora maltrecha líder tory siguió tal recomendación, la enorme popularidad alcanzada por la película (utilizada en la campaña de Corbyn, que, faltaría más, ha contado con la participación activa del propio Loach) descubre la mirada pequeñoburguesa tras los diagnósticos de muchos críticos –entre ellos, el abajo firmante– que no supimos ver más allá de las formas desmañadas del director octogenario, sin entender la capacidad cohesionadora y aglutinadora del drama que estaba contando. Cuando estás denunciando algo muy real, ¿acaso no sería, precisamente,  frívolo andarse con florituras?

A medio camino entre Loach y los hermanos Dardenne (más elaborada respecto al primero, pero también menos atrevida respecto a los segundos), La vida de Anna sigue los complicados esfuerzos por prosperar de una madre soltera con un hijo autista y una abuela enferma sin percibir ningún tipo de ayuda estatal. La película –que también habla de las relaciones de dependencia que se establecen cuando no hay un árbitro neutro: la amenaza patriarcal recorre toda la cinta– no necesita cargar de efectismo la tragedia que está narrando, confiándolo todo a su actriz, un hallazgo llamado Ekaterine Demetradze. La Anna que compone es una de esas heroínas obreras con el superpoder de compadecerse del otro incluso en las peores circunstancias, y su problemática evolución en el tercer acto, lejos de alterar el rumbo moral de la historia, reforzará el llamamiento a la acción directa y a la movilización que la película, contundentemente, acaba lanzando sin miramientos.


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cartel

 

LA VIDA DE ANNA (Anas Tshovreba)

Dirección y guion: Nino Basilia.

Intérpretes: Ekaterine Demetradze, Lasha Murjikneli, Lili Okroshidze, Lamzira Chkheidze, Keso Maisuradze, Konstantine Djandjagaba.

Género: drama. Georgia, 2016.

Duración: 108 minutos.

 


 

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