Civilizados no, pero sí educados


Y llega Checcho Zalone a España por vez primera, impulsado por la checchomania. Poca broma con el vendaval desatado en su tierra natal: Un italiano en Noruega convocó a 10 millones de espectadores y recaudó la descomunal cifra de 65 millones de euros, que junto a la taquilla obtenida por los tres títulos anteriores que ha protagonizado Zalone suman la friolera de 173 millones desde que estrenó el primero (Cado dalle nubi, 2009). Al vendaval le siguió la tempestad. Hacía tiempo que Italia no vivía un debate cultural e ideológico tan intenso con el cine nacional por tema como el que entablaron defensores y detractores de la cinta, periodistas de política y críticos, sociólogos y ciudadanos.

Es prueba de ello la riada de textos, comentarios, discusiones e, incluso, libros escritos por profesores universitarios, de títulos tan explicativos acerca del estado de la cuestión como “Quo chi? Di cosa ridiamo quando ridiamo di Checco Zalone” (¿De qué nos reímos cuando nos reímos de Checco Zalone?). Que si Un italiano en Noruega es un filme de derechas. Que si tira por la via renziana. Que si es un canto al pasotismo. Que si trasmite la imposibilidad de despegarse del berlusconismo sociológico o que sí, que la posibilidad existe y se demuestra. Que si ha dado en primera línea de flotación del establishment sociocultural. Que si es muy certero en su sátira contra los vicios nacionales. Que si no lo es tanto y, en el fondo, resulta ingenua, tontorrona. Que si ha engendrado una crisis entre los intelectuales de la izquierda porque muchos de ellos se han reído con ella. Que si ha dado un merecido bofetón a una cinematografía aquejada de enfermedades ya crónicas. Y varias opiniones contrapuestas más que se han ido vertiendo desde entonces.

Para que aquí nos hagamos una idea, ¿quién es Checcho Zalone? El pullés Luca Medeci, cabaretero y músico especializado en hacer imitaciones hilarantes, le dio ese nombre a su particular personaje cómico, y con él se sitúo en primeria línea del programa Zelig, el buque insignia en la televisión para los comediantes italianos. Parodia de los cantantes neomelódicos napolitanos, las anécdotas de este individuo a menudo lo pintaban como víctima de la sociedad, aunque al final acababan revelando que él ni mucho menos era trigo limpio. Más tarde, Medici trasladó al cine a Zalone y sus variaciones haciendo equipo con el director Gennaro Nunziante y el productor Pietro Valsecchi. El éxito de la operación, ya se ha comprobado. ¿Y qué cuenta Un italiano en Noruega? Pues la serie de aventuras y desventuras que corre el personaje Zalone en versión funcionario parasitario de la administración provincial, cuando las reformas gubernamentales hacen peligrar una plácida existencia basada en tocarse las narices y recibir toda clase de “detallitos” que le entregan los ciudadanos a la espera de los certificados que él sella. Con tal de no perder il posto fisso, recorrerá el país de punta a punta, hasta que el ministerio lo traslada al extranjero.

¿Qué tiene entonces el largometraje para haber desatado tantas pasiones y rechazos? Veamos. Medici es buen actor cómico, mantiene bien el pulso de la sátira y maneja con soltura el humor popular y la incorrección. Percibimos que, junto a su director y coguionista, ha trabajado a fondo la comicidad en todas y cada una de las escenas, una comicidad que funciona dentro de su registro. E incluso, la monotonía general por la que se caracteriza la actuación de Medici/Zalone aporta en lugar de perjudicar. Respecto a la escritura global de la historia y a la realización de Nunziante solo se puede mencionar lo poco ambiciosas que resultan: hay tanto esquematismo y tan poco fuste que, después de media hora, son los chistes el único vector que sostiene la función. Y respecto a su contenido, el conjunto gira en torno a la exposición sin descanso de los vicios y mezquindades del italiano medio, dejando el espejo dirigido hacia nuestros vecinos. Los juicios negativos que se dan a la mayoría de esos comportamientos parecen bastante claros.

El hecho es que los italianos se han reído, muchísimo y conscientemente, de sí mismos. Un italiano en Noruega resulta un escurridizo artefacto que termina descolocando, incluso a los firmes detractores. No es tan fácil despachar una opinión, ni positiva ni negativa, así de primeras. Enunciados como “en Italia no seremos civilizados, pero sí educados”, oído en la escena del supermercado donde Zalone discute con una súbdita noruega que lleva un carro hasta los topes porque ella no le ha cedido el paso en la cola, denotan una profundidad de análisis en la italianidad que permite interpretaciones nada complacientes.



 

UN ITALIANO EN NORUEGA

Dirección: Gennaro Nunziante.

Intérpretes: Checco Zalone, Eleonora Giovanardi, Sonia Bergamasco, Maurizio Micheli, Lino Banfi.

Género: comedia. Italia, 2015.

Duración: 85 minutos.

 


 

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