Otro año más, llegan los Premios Goya. Y con ellos, su fastuosa ceremonia de rigor, con sus ya características cien horas de duración, sus números musicales fallidos, sus sketches de Dani Rovira simulando estar dentro de las pelis nominadas y, por supuesto, sus políticos de derechas quejándose en Twitter de que se esté gastando tanto dinero público en algo que no sea rescatar autopistas. También, además de todos esos fantásticos alicientes, los Goya siempre han servido no solo para evaluar el estado del cine que se hace en España, sino también la percepción que la industria tiene de sí misma. De ediciones anteriores, hemos podido concluir que ya no quedan vacas sagradas: si muchos sitúan el principio de los desencuentros con Almodóvar en la entronización del joven Amenábar, el vacío al director de Regresión el pasado año explicita, al menos, que se ha abandonado definitivamente esa mentalidad monoteísta que tan flaco favor nos hacía. Las nominaciones de esta XXXI edición –primera bajo la presidencia de Yvonne Blake, tras la dimisión del actor y rapero Antonio Resines– muestran, sin embargo, las tareas que la Academia tiene todavía por delante.

En un panorama incierto, donde cada vez es más difícil obtener financiación y, paradójicamente, cada vez más fácil producir una película de forma alternativa, se echa de menos más atención por parte de los Goya a todo ese universo low cost (low cost a su pesar) que parece estar creciendo a espaldas de los académicos. Películas como Esa sensación, Las amigas de Àgata, Berserker o Dead Slow Ahead representan una heterogeneidad de sensibilidades de la que, tal vez, habría que empezar a enorgullecerse. Mientras tanto, en lo que se augura como un paseo militar para Raúl Arévalo y su Tarde para la ira, los críticos de REVISTA INSERTOS hemos seleccionado nuestras favoritas para las estatuillas entre las nominadas a cada categoría. Y sí: estamos peleados.

MEJOR PELÍCULA

ANAÍS BERDIÉ: Tarde para la ira. Por presentarse con un estilo muy personal, aun tratándose de una ópera prima, por ajustar su ritmo narrativo a la naturaleza de la historia y por su particular forma de articular la trama. Pese a pecar de algunos excesos de guión (el descubrimiento casual del pasado del protagonista podía haber resultado algo menos forzado), la sólida construcción de personajes y la ambientación creíble y auténtica, redondean este thriller de venganza con carácter hasta convertirlo, en mi opinión, en la película española del año.

JAIME LORITE: Un monstruo viene a verme. Un niño ve sobre el regazo de su madre enferma la versión clásica de King Kong. Tras preguntarse por qué alguien querría matar al gorila gigante, contempla el rostro dormido de ella y, después, fija preocupado su punto de visión en la criatura cayendo del Empire State Building, herida de muerte. Una mirada que condicionará, al mismo tiempo, la de su director Juan Antonio Bayona durante toda la película: la aproximación del cineasta a la novela de Patrick Ness no es otra que la de un niño enfrentándose a lo irracional; lo que siempre ha representado, a fin de cuentas, el género fantástico. Con Un monstruo viene a verme ocurre algo similar a lo que está pasando ahora con La ciudad de las estrellas (La La Land): su sobreexposición en los medios puede generar la suficiente antipatía para que no nos percatemos de que, en realidad, estamos ante una película excepcional. Imágenes que parecen ilustraciones sacadas de algún libro infantil muy alucinante se funden con la memoria cinematográfica de un alumno empollón de Amblin, conformando una película hermosa y, sorprendentemente, todo lo delicada que no era Lo imposible. Un trabajo admirable y la más redonda de las nominadas.

MIREIA MULLOR: Que Dios nos perdone. Como cualquiera de las nominadas sería una buena ganadora (no por ser obras maestras, sino por estar todas a un nivel similar), apostaré por la que más me estimuló, la que más que me hizo pensar sobre su contenido y su elaborada puesta en escena y, sobre todo, la que más clavada me dejó en la butaca. Que Dios nos perdone es un thriller de calidad apabullante y un engranaje que funciona a la perfección.

YAGO PARIS: Julieta. A pesar de que, con demasiada frecuencia, los Goya suelen dejar fuera las películas más interesantes del año, han tenido a bien nominar en bastantes categorías la última obra de Pedro Almodóvar. Por otro lado, que sea este el responsable de dicha obra probablemente sea el único motivo por el que una cinta como esta no se ha quedado fuera de la cita. Sea como sea, disfrutemos de su inclusión. En su rareza, en su imperfección, en su manejo del tiempo, en su plasmación de la base del relato corto –esconder más de lo que se cuenta–, y en tantos otros argumentos de peso se encuentran los motivos por los que considero que Julieta es la mejor de las cinco que compiten a Mejor Película.

MEJOR DIRECCIÓN

A.B.: Alberto Rodríguez, por El hombre de las mil caras. Por arriesgar estilísticamente y dotar al género del thriller político de un aire más ficcionado de lo que el cine español nos tiene acostumbrados. Por utilizar todos los medios a su alcance (fotografía, música, montaje) para amplificar el carácter lúdico de su película y adornar de misticismo a sus personajes semi-mafiosos, sin dejarles perder su alma cutre de corruptos made in Spain.

J.L.: Pedro Almodóvar, por Julieta. Aunque no esté entre sus tres mejores películas, el premio a la Mejor Dirección debe ser para el manchego. Creyente férreo de la imagen cinematográfica como vehículo expresivo, en Julieta hay sitio para un buen puñado de lecciones de cine: la deslumbrante secuencia del tren, el memorable cambio de actriz principal en el mismo plano (toalla mediante) o el modo en que reimagina la tragedia griega mediante los símbolos son ejemplos de cómo Almodóvar, resulte aquí más o menos interesante que en otras ocasiones, juega en una liga distinta a la de sus competidores.

M.M.: Rodrigo Sorogoyen, por Que Dios nos perdone. Este prometedor talento del cine español ha conseguido con su segunda película tres cosas: cambiar radicalmente el registro de su ópera prima (Stockholm), estar a la altura de cualquier thriller policial al que se pueda asemejar y, a la vez, dejar su propia marca personal. Puede que no se lleve este premio (la competencia es dura), pero se lo merece sobradamente.

Y.P.: Pedro Almodóvar, por Julieta. El cine de autor no se denomina de esta manera por capricho; esta manera de concebir el Séptimo Arte deposita buena parte de las virtudes o los defectos de la cinta en la mano de su creador. Por tanto, si considero que la mejor película es Julieta, lo normal es pensar que todo se deba a su creador y que, por tanto, este sea el mejor director de los nominados. Por todos los motivos esgrimidos en la anterior categoría, escojo a Pedro Almodóvar como el mejor realizador.

julieta

MEJOR ACTRIZ PRINCIPAL

A.B.: Carmen Machi, por La puerta abierta. Por crear un personaje visceral, auténtico y despojado de todo lirismo cinematográfico. Por construir, sin complejos, a una mujer poco empática, sin instinto maternal, irascible, casi antipática y dotarla de la humanidad suficiente para hacerse comprender y querer. Un papel que normalmente viene asociado a figuras masculinas y que, por ello, resulta una agradable sorpresa en manos de Machi.

J.L.: Emma Suárez, por Julieta. Para el Elíseo de las grandes chicas Almodóvar esta portentosa Emma Suárez, cuyos ojos ya casi inhabilitados para la emoción pueden narrar por sí solos un pasado repleto de sufrimiento. Esta alma rota es una de las cimas interpretativas de una actriz con una carrera, ya de por sí, bastante impresionante.

M.M.: Bárbara Lennie, por María (y los demás). Está descomunal. Su monólogo en el tramo final del film es de lo mejorcito que ha dado el cine español este año.

Y.P.: Bárbara Lennie, por María (y los demás). Parece imposible que este galardón no lo gane otra mujer que no sea Emma Suárez, pero me resisto a concederle tal honor a su trabajo, a pesar de que me encante. Aunque formidable, en la lista de nominadas se encuentra otra actuación todavía más certera, pero, al igual que la película, el haber optado por el minimalismo expresivo la condena a pasar desapercibida. El trabajo de Bárbara Lennie en María (y los demás) es espectacular, pero está basado en silencios, miradas, arqueos de cejas y medias sonrisas, por lo que resulta complicado que pueda competir en número de votos con Suárez.

MEJOR ACTOR PRINCIPAL

A.B.: Roberto Álamo, por Que Dios nos perdone. Por la transmutación en un personaje tan contundente y rotundo. Por convertirlo en un tipo de persona de los que todos creemos conocer a un exponente. Y por otorgarle capas suficientes para conseguir transmitir emociones variables a medida que lo conocemos: del rechazo a la lástima, pasando por la media sonrisa.

J.L.: Eduard Fernández, por El hombre de las mil caras. Imposible saber cuánto hay en esta interpretación de cara de póker y cuánto de recién levantado: como lo que se premia finalmente es el suceso artístico y no las cuestiones terrenales, la encarnación de Francisco Paesa que hace Eduard Fernández en El hombre de las mil caras solo puede calificarse de genial, e incluso lo mejor de la película. Aparte, aunque fuera cierta la teoría de que el catalán simplemente está muy perdido en un guion demasiado ajetreado, solo un verdadero actor de raza podría tirar adelante con ello sin aspavientos.

M.M.: Antonio de la Torre, por Tarde para la ira. Su “mirada de thriller” ya es todo un clásico en el cine español, ¡y lo que nos encanta! Su papel en la ópera prima de Raúl Arévalo es complejo, oscuro, introspectivo y violento. La ira va creciendo en él junto con el desarrollo de la película, y De la Torre lo representa de forma impecable.

Y.P.: Luis Callejo, por Tarde para la ira. Se ha dado un caso curioso en esta categoría. Por un lado está Roberto Álamo, que interpreta a un machirulo sudoroso y violento. Por otro lado está Luis Callejo, que es ese machirulo sudoroso y violento –delante de la cámara, se entiende. Esta diferencia, vital en lo que a interpretación se refiere, explica por qué me decanto por el segundo en esta categoría.

Que Dios nos perdone PELICULA

MEJOR GUION ORIGINAL

A.B.: David Pulido y Rául Arévalo, por Tarde para la ira. Por presentar de una forma interesante y diferente una historia de venganza, centrándola en los personajes y acercándose al naturalismo en los diálogos, sin renunciar al tono cinematográfico.

J.L.: Paul Laverty, por El olivo. Una película muy defendible y que, libre del trazo grueso y el desdén de Ken Loach, hace lucir de verdad las virtudes de Laverty como guionista. El olivo es una modélica película de cine reivindicativo, con una historia pequeña sobre gente pequeña y sus conquistas pequeñas, aunque sean, a la vez, más importantes que cualquier otra cosa. En la línea de las anteriores colaboraciones entre el guionista escocés e Icíar Bollaín, se trata de un trabajo sensible y cariñoso con sus personajes.

M.M.: Isabel Peña y Rodrigo Sorogoyen, por Que Dios nos perdone. No en vano ganó el premio al Mejor Guión en el Festival de San Sebastián: sus diálogos valen oro. La naturalidad con la que se desenvuelven (responsabilidad compartida por dos fantásticos actores) y su combinación con la construcción de la trama lo hacen, sin duda, el mejor texto de esta categoría.

Y.P.: David Pulido y Raúl Arévalo, por Tarde para la ira. Temo lo peor en esta categoría. Si mucho y muy bien se ha hablado de Que Dios nos perdone, para sorpresa de quien esto escribe, todavía más llamativo resulta que se haya alabado y premiado uno de sus puntos más débiles: el guion. Por ello, y con mayor ahínco, defiendo la contundente sencillez del libreto de Tarde para la ira. Cine de género, retrato social y construcción de personajes que apelan a lo cinematográfico y al camino difícil para narrar una historia universal.

MEJOR GUION ADAPTADO

A.B.: Fernando Pérez y Paco León, por Kiki. El amor se hace. Por crear una comedia valiente, original y alejada de las convenciones algo simplistas que se han adueñado del género en España. Por su capacidad para dotar de un tono festivo y luminoso a un tema que, de haber errado un poco el tiro, podría haber generado incomodidad más que sonrisas. Toda una celebración de las diferencias.

J.L.: Fernando Pérez y Paco León, por Kiki. El amor se hace. Aunque mínimo, un reconocimiento necesario a una de las mejores comedias del año pasado. Kiki es muy graciosa y, si bien siempre será más responsabilidad de una buena dirección (algunos seguimos procesando lo condenadamente bueno que es Paco León, con tres aciertos de tres) que un guion eficaz, la frescura y el ingenio de muchas de sus escenas, unido a su enorme esfuerzo por reflejar a seres humanos más normales y reconocibles que cualquier vecino tuyo bajo todas esas perversiones, hacen del libreto de Pérez y León un digno merecedor del Goya. Qué demonios, solo la tiernísima historia del personaje de Candela Peña merece ella sola el Goya.

M.M.: Alberto Rodríguez y Rafael Cobos, por El hombre de las mil caras. No es fácil llevar a la pantalla una historia de intrigas como esta, con tantos implicados y tantas situaciones, basándose para más complejidad en una serie de hechos reales. El relato se sostiene con claridad y el resultado es notable.

Y.P.: Pedro Almodóvar, por Julieta. Los relatos cortos se basan, en la mayoría de casos, en esa capacidad para atrapar más con lo que se esconde que con lo que se cuenta. Julieta se basa en tres relatos de Alice Munro, de los que se vale para condensar toda una vida y radiografiar la asfixiante presencia de la ausencia. Por su capacidad para ser fiel a su referente y a la vez absolutamente personal, escojo el trabajo de Almodóvar como el mejor de los nominados.

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MEJOR ACTRIZ DE REPARTO

A.B.: Terele Pávez, por La puerta abierta. Por representar una oda a la decadencia completamente visual, desde la imagen a la expresión, de la palabra a los silencios. Por ser el contrapunto a la Machi y ser ejemplo de un tándem actoral que se hace crecer mutuamente.

J.L.: Emma Suárez, por La próxima piel. 2016 ha sido el año de Emma Suárez, y clamaría al cielo que no ganara alguno de los dos galardones a los que opta. Por parte del aquí escribiente, ningún problema si se lleva los dos a casa: su trabajo en La próxima piel como –igual que en Julieta– una madre a la que han extirpado una parte de sí misma, y su capacidad para hacer que esa comunicación silente entre personas con un fuerte vínculo afectivo pueda traspasar la pantalla, justifican de sobra el doblete. Ninguneada y estupenda película, por cierto.

M.M.: Emma Suárez, por La próxima piel. Porque Suárez está fantástica, pero también para que se lleve algún tipo de reconocimiento La propera pell, película ignorada por la Academia en las grandes categorías de esta edición y, sin embargo, uno de los filmes más interesantes del año.

MEJOR ACTOR DE REPARTO

A.B.: Manolo Solo, por Tarde para la ira. Por ejercer tal fuerza sobre una sola secuencia que llega a convertirla en paradigmática de la película. Por arriesgar en la forma y en los modos, con un exceso tal que acaba marcando y enmarcando el ritmo de la acción.

J.L.: Manolo Solo, por Tarde para la ira. Solo sale unos minutos, pero vaya minutos. Un gigante.

M.M.: Javier Pereira, por Que Dios nos perdone. Aunque este premio parece tener impreso ya el nombre de Manolo Solo (Tarde para la ira), Pereira interpreta de forma inquietante y extraordinaria a un asesino en serie al estilo Seven. Ya sólo por la cantidad de kilos que se dejó por el camino antes del rodaje, se merece un reconocimiento.

Y.P.: Manolo Solo, por Tarde para la ira. Este actor compone uno de los personajes más desconcertantes del pasado 2016. Los diálogos del personaje los escribe el guionista, pero darle vida corre a cargo del actor, y lo que hace Manolo Solo en Tarde para la ira es de quitarse el sombrero. Partiendo de una voz ridícula que evoluciona de la risa a la incomodidad, sus pocos minutos de metraje se fijan en el subconsciente del espectador a base de buen hacer. Difícil no quedarse con él.

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MEJOR DIRECCIÓN NOVEL

A.B.: Raúl Arévalo, por Tarde para la ira. Por parir una primera película digna de una filmografía consolidada. Por manejarla con visión propia y otorgarle un ritmo concreto y personal: lento en la presentación de personajes y tramas, acelerado cuando la acción toma el protagonismo. Por utilizar todos los elementos a su alcance (elipsis, fueras de campo) para crear tensión. Por convertir una pequeña historia en una gran película.

J.L.: Nely Reguera, por María (y los demás). Uno de esos pequeños milagros que se producen cuando una directora y una actriz se comprenden y compenetran a la perfección. Aunque Bárbara Lennie bien podría considerarse coautora de lo que vemos en María (y los demás) –para el recuerdo, la inmensa escena de la presentación imaginaria–, el debut en el largometraje de Nely Reguera ilusiona por dos motivos: por su atrevimiento a lanzarse de lleno al mundo interior de un personaje con sus grandezas y sus bajezas que, en otras manos, hubiera podido resultar campy, y por la posibilidad de que la categoría de Mejor Dirección, en futuras ediciones de los Goya, deje de ser un campo de nabos.

M.M.: Nely Reguera, por María (y los demás). Aunque ésta es una apuesta personal, no realista (está más que claro que Raúl Arévalo dominará esta categoría), no puedo dejar de destacar el maravilloso trabajo de Nely Reguera en esta ácida comedia sobre la crisis de los treinta.

Y.P.: Nely Reguera, por María (y los demás). Es cierto que Raúl Arévalo ha hecho un trabajo excelente en Tarde para la ira, pero más cierto todavía es que Nely Reguera está espléndida en su manejo de un proyecto tan minimalista y aparentemente inferior como María (y los demás). La de Arévalo es una cinta con numerosas virtudes, pero también es un proyecto más jugoso, más gratificante para quien lo ve. En el otro lado de la moneda se encuentra la de Reguera, una cinta que parece darse poca importancia a sí misma, que no hace ruido, que no viene a demostrar nada. Por esa coherencia en su discurso, por encontrar la lucidez en el minimalismo, escojo a Nely Reguera como mejor directora novel.

MEJOR ACTRIZ REVELACIÓN

J.L.: Anna Castillo, por El olivo. Una excelente interpretación. Anna Castillo se enfrenta aquí al reto de hacer creíble uno de esos personajes que son puro idealismo, y lo logra con honores.

M.M.: Ruth Díaz, por Tarde para la ira. Tras llevarse un premio en Venecia por su actuación, ¿cómo no le van a dar el Goya? Es una categoría fuerte este año (las otras tres nominadas son maravillosas), pero Díaz ha hecho méritos suficientes para llevarse el premio a casa.

Y.P.: Belén Cuesta, por Kiki. El amor se hace. Todos, y especialmente todas, están genial en Kiki. El amor se hace. De entre ellas, la que más destaca es Belén Cuesta. Su presencia es pura frescura, vibrante naturalidad. Por construir un personaje arrebatador, uno no puede hacer otra cosa que quedarse con ella.

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MEJOR ACTOR REVELACIÓN

A.B.: Carlos Santos, por El hombre de las mil caras. Por enfrentarse a un personaje público de calado, como Luis Roldán, desde el comedimiento y la contención. Por habitarlo con un cierto patetismo, que profundiza en el drama humano y eleva la película en los momentos, aunque breves, en los que rastrea las implicaciones morales de sus actos.

J.L.: Carlos Santos, por El hombre de las mil caras. Todo un descubrimiento. Su Roldán es tan ridículo y tan culebra como un personaje de Berlanga salido de su trilogía de La escopeta nacional. Difícil captar la chulería y niveles de miseria humana de nuestra Españaza corrupta mejor de lo que lo hace aquí Santos.

M.M.: Carlos Santos, por El hombre de las mil caras. Aunque no es el más vistoso de los nominados, Santos hace un trabajo más que destacable en el film, ejerciendo de contrapeso de un enorme Fernández.

Y.P.: Raúl Jiménez, por Tarde para la ira. Una de las mayores virtudes de Tarde para la ira es que los actores se comportan como si no lo fueran, como si la cámara no estuviera ahí, como si no hubiera un artificio que ha gestado lo que se observa. Todo el reparto está fantástico, incluso los más secundarios, y uno de ellos es Raúl Jiménez, especialmente porque define la personalidad de su personaje con los elementos más mundanos y sencillos, sin necesidad de aspavientos.

MEJOR PELÍCULA EUROPEA

A.B.: El hijo de Saúl (Hungría). Por asumir el inmenso reto de retratar la vida en los campos de concentración nazis de una manera aún no contada por el cine y obtener un resultado asfixiante, complejo, realista y de inmersión. Todo ello huyendo de lo concreto, manteniendo el horror siempre fuera de foco. Un trabajo inmenso que demuestra que el cine, más allá de la historia que elige contar, es la mirada con la cual la aborda.

J.L.: Elle (Francia). Paul Verhoeven ha vuelto en plena forma, con una película que funciona como un auténtico proyectil contra la comodidad y el decoro burgueses. En realidad, como pasaba con sus películas de siempre. Cubrámosle de premios para que no se vuelva a ir. Así como al acontecimiento europeo de 2016: Isabelle Huppert.

M.M.: Elle (Francia). Es ella, es Huppert, es Verhoeven y su innegable capacidad para hacer comedia de un asunto tan turbio como una violación. Es magnífica, y se lo merece todo (a falta de la presencia de Toni Erdmann).

Y.P.: Elle (Francia). Sería fantástico que El hijo de Saúl se llevara este premio, pero ya sería colosal que lo hiciera la última película de Paul Verhoeven. Si George Miller tuvo que venir a mostrarnos cómo se rueda el cine de acción, el holandés ha venido a explicarnos cómo hay que incomodar al público y saltarse todos los lugares comunes de la representación. Película que tiende a lo inagotable, Elle es una cinta arrolladora a la que hay que hacerle justicia, especialmente tras el vacío de los Oscar.

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MEJOR MONTAJE

A.B.: Ángel Hernández Zoido, por Tarde para la ira. Pese a tener dos fuertes competidoras en Que dios nos perdone y El hombre de las mil caras, ambas con interesantes aciertos de montaje, la narrativa generada en la película de Raúl Arévalo a través del ritmo con el que fluyen las historias, forma parte de su propia naturaleza y es uno de sus grandes logros como película.

J.L.: Alberto del Campo y Fernando Franco, por Que Dios nos perdone. Un buen thriller con su buen ritmo de montaje, en la mejor tradición de David Fincher. El director Rodrigo Sorogoyen tendrá más ocasiones en el futuro, pero, de momento, parece justo recompensar la exhibición de fuerza y nervio de sus secuencias de persecución, o de todo lo inmediatamente previo a su no-clímax.

M.M.: José M.G. Moyano, por El hombre de las mil caras. Quizás es el montaje más arriesgado de todos los nominados, ya que juega con elementos más llamativos y dinámicos poco vistos en nuestro cine.

Y.P.: Ángel Hernández Zoido, por Tarde para la ira. Esta película está lejos de ser perfecta, pero en ella se respira una organicidad que es muy de agradecer. Todo en ella es coherente consigo misma, nada desentona, y una de sus mayores virtudes es el montaje. Consecuente, sosegado e inteligente, le saca el máximo jugo a la historia y la engrandece.

MEJOR FOTOGRAFÍA

J.L.: Óscar Faura, por Un monstruo viene a verme. Una barbaridad a la altura del desafío. Las apariciones del monstruo –anunciadas a veces mediante la luz de un relámpago, las sombras…–, o los deliciosos momentos de éste con el niño (aunque habría que aclarar dónde limitan las competencias de Fotografía con categorías como Diseño de Producción o Efectos Especiales), demuestran un músculo visual de primer nivel, en una película que sabe impresionar también en los momentos intimistas. ¿Cómo pasar de largo ante la arrolladora escena del coche, con ese abrazo que deja solo a la vista los ojos de la abuela Sigourney Weaver bajo una otoñal, tristísima luz anaranjada?

M.M.: Arnau Valls Colomer, por Tarde para la ira. Sus aires de western, de venganza en un ambiente desolado procedente de la España profunda, no serían lo mismo sin ese aura que Valls le ha dado a la fotografía.

Y.P.: Arnau Valls Colomer, por Tarde para la ira. Porque ese nivel de coherencia interna antes mencionado también se mantiene en este apartado. El formato de película usado, ese grano sucio que parece supurar, parecía la mejor manera de narrar esta historia. Por tal acierto merece el premio.

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MEJOR MÚSICA ORIGINAL

A.B.: Julio de la Rosa, por El hombre de las mil caras. Por una contribución que va más allá de la banda sonora, ayudando a conformar ciertas escenas de la película e incluso dando pie a un determinado estilo de montaje. Por tratarse de una de esas ocasiones en las que la música es un elemento más de la acción.

J.L.: Alberto Iglesias, por Julieta. Enésimo triunfo de uno de los grandes. Su bella composición para Julieta, irregular, ecléctica, acompaña perfectamente al espíritu mutante de la película y del personaje que la habita. Jazz conducido por la fatalidad.

M.M.: Fernando Velázquez, por Un monstruo viene a verme. Funciona muy bien con el dramatismo de la película, y Velázquez siempre es un valor seguro cuando ninguna otra banda sonora destaca especialmente.

MEJOR CANCIÓN ORIGINAL

A.B.: ‘Kiki’, de Mr. K! feat. Nika, por Kiki. El amor se hace. Por el atrevimiento, de nuevo (como en su guión), a la hora de elegir un estilo musical, defenderlo sin complejos y convertirlo en algo eminentemente festivo. Lejos de mi gusto musical, la canción me sigue recordando a esa feria de barrio con la que acaba Kiki, una pura celebración de la vida.

J.L.: ‘Ai, ai, ai’, de Silvia Pérez Cruz, por Cerca de tu casa. No puede ser que nuestro musical del año se vaya de vacío. ‘Ai, ai, ai’ es una de tantas canciones de Cerca de tu casa que merecen este premio, aunque solo sea por el bellísimo desempeño de Silvia Pérez Cruz… ¡porque esta canción en concreto no cuenta con número musical en la peli! ¿Cómo se explica que la fantástica ‘Todo hombre’ no haya sido nominada? ¿O que esta notable película, por mucho que espante su excéntrica premisa, haya pasado tan desapercibida?

M.M.: ‘Kiki’, de Mr. K! feat. Nika, por Kiki. El amor se hace. Porque ojalá la pongan en la gala y alguien se arranque a bailar cual cani discotequero.  

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MEJOR PELÍCULA DE ANIMACIÓN

M.M.: Psiconautas. Alberto Vázquez es alguien a quien seguir la pista muy de cerca. Este film, nacido a partir de su cortometraje Bird Boy, es una auténtica maravilla visual con mensaje ecologista y una singularidad apabullante.

MEJOR PELÍCULA IBEROAMERICANA

J.L.: El ciudadano ilustre. No habiendo visto ninguna otra de las nominadas, rompo una lanza por esta película universal que entronca con una tradición puramente española: la del pueblo interior como quintaesencia del Mal, del 666 absoluto. En realidad, de lo que están hablando aquí Gastón Duprat y Mariano Cohn es del conservadurismo, de la negativa a progresar, y de su imposible convivencia con una clase intelectual igual de despreciable en su estirado ensimismamiento. Factores todos ellos que, seguro, resultarán familiares a nuestro jurado. ¡Y es una comedia muy divertida!

M.M.: Las elegidas. Sólo por la manera en que David Pablos decidió rodar las escenas sexuales de esta película ya se merece el Goya.

 

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