La época del amor 


En 1998, el director danés Thomas Vinterberg adquirió relevancia mundial con Celebración, la primera película rodada según las condiciones del manifiesto Dogma, que él mismo redactó junto a Lars von Trier. Aunque poco después algunos de sus compañeros –como el propio Von Trier ese año con Los idiotas, o Lone Scherfig con Italiano para principiantes (2000)– ampliarían sus logros y entregarían trabajos más estimulantes, Celebración sorprendió a la crítica internacional por no tratarse de un mero experimento extraño, sino de una película muy sólida, que cuestionaba exitosamente las herramientas para hacer cine y su verdadera importancia a la hora de dialogar con el espectador. Sobre el argumento resonaban ecos de las aspiraciones de ese manifiesto, con la historia de un hijo revelándose contra su padre y poniendo en jaque toda la estructura familiar. Vinterberg y Von Trier eran bárbaros que venían a reventar los banquetes de la barriguda burguesía de Cannes.

No se puede decir que Thomas Vinterberg, después, haya tenido una progresión tan interesante como la de su amigo, aunque tampoco sería justo desdeñarla. Hace cuatro años, por ejemplo, el director oriundo de Copenhague volvería a dar un toque de atención a quienes le habían olvidado con la atrevida y afortunada La caza. Pero tal vez asediado por fantasmas de épocas pasadas, en su nuevo trabajo, La comuna, Vinterberg se desvincula de la línea de sus últimas películas para regresar a unas formas cercanas al Dogma, como él mismo reconoció en su presentación en la última Berlinale y como evidencia la composición de su reparto (es un reencuentro con los actores de Celebración). A partir de su propia experiencia infantil viviendo con sus padres en una comuna, el cineasta articula un sencillo relato de utopías y triángulos amorosos cuyo sustrato nostálgico, no obstante, no hubiera sido fácil de predecir para quienes descubrieron a Vinterberg a finales del siglo pasado con aquel título sobre la necesidad de matar al padre.

Sin duda, lo mejor de La comuna es ese aire despreocupado a lo Dogma que parece recorrerla: la película es irregular, pero también muy natural, y en bastantes situaciones puede intuirse mucha manga ancha con los actores y la improvisación. Es un acierto de cara al ambiente pseudo-hippy, como de descuido sano, que pretende recrear. Pero esa libertad se echa mucho de menos en el resto de aspectos de una película que, en realidad, está determinada desde el minuto uno por la mirada conservadora y las filias melodramáticas de su autor. La trama tiene a un matrimonio como protagonista claro (eludiendo la posibilidad de transferir su tema sobre la colectividad a una construcción narrativa coral), y basa en su resquebrajamiento una reflexión sobre el fin de los idealismos y la autenticidad del amor libre que, en el año 2016, resulta un tanto acartonada. El raro híbrido entre esa buscada espontaneidad, una narración paradójicamente fuerte y ciertas pinceladas de estilo (los interludios musicales) no termina de formar un conjunto compacto, lo que, unido a un discurso sin apenas interés, da pie a una obra finalmente muy olvidable. 


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LA COMUNA

Dirección: Thomas Vinterberg. 

Guion: Thomas Vinterberg y Tobias Lindholm. 

Intérpretes: Ulrich Thomsen, Trine Dyrholm, Martha Sofie Wallstrøm Hansen, Helene Reingaard Neumann, Lars Ranthe, Fares Fares, Julie Agnete Vang. 

Género: drama. Dinamarca, 2016. 

Duración: 111 minutos.

 


 

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