Desde que la fama llamase a su puerta casi de la noche a la mañana, el actor y monologuista Dani Rovira (1980, Málaga) quizá sea la persona con más presión sobre sus hombros de todo el cine español. La prensa del corazón y los paparazzi parecen, con diferencia, lo que peor lleva, a juzgar por sus declaraciones públicas. Pero, sobre todo, haber protagonizado la película más taquillera de nuestra historia, Ocho apellidos vascos (Emilio Martínez-Lázaro, 2014), le ha dado un grado de exposición demasiado repentino como para digerirlo fácilmente. La bola se va haciendo grande, hasta estallar el pasado febrero, el día después de sus segundos Goya como presentador: criticado sobre todo en redes sociales, Rovira afirmó en su cuenta de Twitter que no le había “merecido la pena”, en vista de los “desprecios, insultos, acusaciones y decepciones”. Tras ese tweet, publicó inmediatamente otro, anunciando que tras el trance se sumergiría en una “preciosa aventura”. Junto al comentario, el cartel de su siguiente proyecto: 100 metros (Marcel Barrena, 2016).

Nueve meses después, nos encontramos con Dani Rovira presentando dicha película en los Cines Paz (C/ Fuencarral, 125) de Madrid. Se muestra visiblemente orgulloso de lo conseguido, y no es moco de pavo: para sorpresa de los más agoreros (o de sus haters), Rovira demuestra en 100 metros una talla actoral notable, encarnando con gran oficio al doble cinematográfico de Ramón Arroyo, el hombre enfermo de esclerosis que completó un Ironman –la mayor prueba de triatlón, conformada por 3,86 km de natación, 180 km de ciclismo y 42,2 km de carrera a pie–. Además de insistir en su satisfacción con el resultado final, solo con ver la película es evidente hasta qué punto Rovira ha creído en ella y se ha dejado la piel, componiendo un personaje que exhibe su particular sensibilidad, sin renunciar al carisma y gracia natural que le caracteriza. Con la agenda de su único día de promoción en Madrid colapsada, como era de prever, el departamento de prensa nos concede a varios periodistas unos minutos con la estrella. Son pocos minutos, sin tiempo para muchas preguntas, pero el encuentro acabará conteniendo una inesperada semiexclusiva: su confirmación, al final de la entrevista, como presentador de los próximos Premios Goya por tercer año consecutivo. Algo así como un cierre a otra trama que, también, se abrió al principio de 100 metros.

Pienso en el Tom Hanks de Forrest Gump (Robert Zemeckis, 1994) como ejemplo no ya de un cómico que se pasa al drama, sino que además se lanza al desafío de representar la enfermedad. ¿Qué te llevó a este cambio de registro?

¡Por Dios, qué bonita similitud! Me llevó la historia. Estábamos en los últimos días de rodaje de Ocho apellidos catalanes [Emilio Martínez-Lázaro, 2015] y, en una pausa, Karra [Elejalde] me estuvo hablando acerca de un guion que le había llegado. Me contó de qué iba, y yo pensé: «¡Hostias, si es la historia de este pavo que hizo el Iron Man, el que vi en Informe Robinson!». Me estuvo diciendo que él ya tenía el papel, y que estaban barajando nombres para interpretar al protagonista. Así que, al verme interesado, me preguntó si quería que él me propusiera. Yo no lo veía claro, le pedí que me dejara el guion… y cuando lo leí, le dije: «Por favor, sí». Al parecer, los de Filmax se sorprendieron, porque daban por hecho que yo iba a estar haciendo cosas más importantes. Pero, ¿qué hay más importante que esto en el cine? ¿Más que un proyecto como este? No hay nada. ¡Tampoco es que yo esté en Hollywood, amigos! Y así es como me llegó, entre la casualidad y el amor que me tiene Karra. Fue la historia lo que me atrajo, más que el tema de cambiar de registro, que me la sopla muchísimo. Lo que me importa es contar algo bueno. Si es un thriller, hago un thriller, y si es otra comedia, pues hago otra comedia. Pero pienso que muy pocas veces un actor tiene la oportunidad de representar una historia como, en concreto, la de 100 metros. ¡Encima, me gusta mucho el deporte! Se juntaba todo. Por un lado, una historia bonita y el reto de encarnar a alguien con una enfermedad degenerativa, y por otro, ¡hacer triatlones! Con eso se cerraba el círculo. ¿Qué he hecho yo para merecer esto?

¿Cómo fue conocer a Ramón Arroyo?

Es complicado definir a Ramón Arroyo en pocas palabras, pero es una de las personas más positivas que he conocido jamás. De esa gente que, al conocerla, es capaz de hacer de ti mejor persona. Te termina ayudando más él a ti que tú a él, por su propia idiosincrasia.

Preparar el personaje debió de ser duro.

Es duro en el momento en el que empiezas a empatizar. Si tienes un mínimo de sensibilidad y vives en este mundo, claro que es duro, porque eres consciente de que, al igual que la esclerosis múltiple, existen muchas enfermedades raras y muchas enfermedades degenerativas que más gente de la que creemos sufre. Enfermedades que quizá sufre tu vecino del cuarto, y tú no lo sabes. Es duro, sobre todo, porque tomas conciencia de una realidad. Pero el proceso de preparación del personaje, dentro de lo que cabe, ha sido muy bonito y muy gratificante. Por eso conocer a Ramón fue una suerte, porque de repente te resitúa. Te zarandea de manera que tu escala de prioridades cambia. Y eso me parece muy bonito. Rodar en el Instituto Guttmann, donde la figuración realmente estaba formada por enfermos, lesionados medulares o gente afectada por ictus y esclerosis que se ofrecieron voluntariamente para salir en la peli, y que te cuenten entre toma y toma su caso, cómo han salido adelante, ha sido algo que me va a marcar toda la vida. 

¿Cuál fue, a nivel físico, la mayor exigencia?

¿Sabes qué fue lo más difícil? La parte de la llegada a meta. En el montaje, esa secuencia está intercalada con muchos cortes e imágenes de archivo del auténtico Ramón, pero realmente fueron muchísimas horas llegando a meta. Desde un plano, desde otro… Es el momento álgido de la película, y, además de que hacía muchísimo frío en esa playa en Calella porque era febrero, yo tenía que mantenerme en un estado emocional muy elevado. Es lo que tiene el cine. Repitiendo una y otra vez, llega un punto en el que el grifo se agota, y ya no podía más. Estábamos muy cansados. ¡Llegué a meta como cincuenta veces! Pero, en general, ha fluido todo muy bien. Me he sentido muy a gusto haciéndolo, de verdad. Ha habido momentos en películas de humor donde me ha costado más entrar. Esta historia era tan real y la tenía tan interiorizada, que ha fluido sola. De hecho, ha habido muchas escenas donde yo he tenido que hacer trabajo de contención para no llorar más de lo que el director me pedía.

¿Estabas muy familiarizado con la enfermedad antes de hacer la película?

Creo que sabía lo mismo que sabemos todos los que no tenemos casos cercanos. Sabía que era una enfermedad degenerativa, que tenía que ver con el sistema neurológico, que se manifestaba a través de brotes que podían dejar secuelas…, pero poquito más. Es verdad que había visto el Informe Robinson de Ramón Arroyo mucho antes de que me llegara el proyecto, y, a través de él, pude conocer más sobre sus efectos. Aunque, una vez que el proyecto estuvo encima de la mesa, naturalmente, el torrente de información que me llegó acerca de la esclerosis fue mucho mayor. Incluso empiezas a fijarte por la calle en casos de gente enferma de esclerosis múltiple, gente en la que antes no reparabas. 

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Aunque la película es un drama, hay muchos momentos de comedia, especialmente entre Karra Elejalde y tú. Dan sensación de ser muy espontáneos. ¿Aportasteis cosas de vuestra cosecha?

Lo de la marihuana y que los personajes se fumen unos porros ayuda mucho a ese salvoconducto de comedia, desde luego. Habría que ir viendo poco a poco la peli: el guion estaba muy bien escrito, pero, como en toda película, tras tirarte dos o tres semanas leyendo y ensayando, es inevitable que aportes cosas. Tiene más que ver con el momento en que se pone en escena: el trabajo de Karra, Alexandra [Jiménez] y mío obliga a añadir matices, porque conoces a tu propio personaje incluso más que el director. Te metes en su cabeza, piensas en cómo diría las cosas, o cómo las haría. Como digo, igual que en cualquier película. Todo actor que no sea un títere puro y duro aporta cosas. Ha sido, sobre todo, un trabajo de equipo, con un gran director de orquesta como es Marcel. Es un director con una sensibilidad extraordinaria, y creo que los que amamos el cine estamos de enhorabuena porque él se abra camino: ya nos dio muchas alegrías con Mon Petit [2012], que me parece un documento maravilloso, ahora nos la da con esta, y espero que haya muchas más.

Acabada la película, te lanzaste a hacer tu propio medio Ironman, ¿no?

¡Sí! Yo primero conozco a Ramón, y hacia las tres o cuatro semanas de haberlo conocido, voy a Barcelona a encontrarme con los productores de Filmax. Entonces Adrià [Monés], uno de los jefes y un amor de tipo, me dijo que nos habían guardado a Ramón y a mí los dorsales para el medio Ironman que se hacía en Calella, dos meses después del rodaje. Lo primero que pensé fue: «¿Cómo coño voy a hacer esto, si no tengo tiempo para preparármelo?». Pero se lo comenté a Ramón, empecé a picarle, me piqué yo mismo, y finalmente nos lanzamos. Pensamos que podía ser muy bonito acabar el proyecto así, haciendo los dos un medio Ironman. Y así fue. Por desgracia y por esos azares de la enfermedad, al empezar el rodaje Ramón no se encontraba bien: le pusieron un tratamiento que no funcionó, tuvo un brote sensorial y, en un momento dado, ya me llamó y me dijo que no iba a poder. También él es un tío realista. Así que quedamos en que yo correría por él, a modo de homenaje. Me hice un trimono, luciendo un mensaje que fue propuesta suya: “Yo también tengo esclerosis múltiple”. Con el Ironman tomé mayor conciencia de la gesta y la machada que hizo este hombre. Porque yo hice solo la mitad, y llegué a la meta en condiciones como para recogerme con una espátula [Risas]. ¡Ese tío hizo el doble! ¡Con esclerosis múltiple! No te puedes hacer una idea de la bravuconada que es eso. Ramón es un héroe.

[En ese momento, entra una chica del departamento de prensa para informar a Rovira de que la Academia le ha confirmado como presentador de los Goya 2017.]

¡Eso es mentira! [Entre risas.] A ver, déjame verlo.

[Lee en el móvil la noticia en voz alta, poniendo acento inglés.] ¡Así es como habla la presidenta de la Academia [Yvonne Blake], y así hay que leerlo! [Risas generales de los allí congregados.]

Pues oye, se ha hecho oficial, habemus presentador de los Goya. Qué alegría, ¿verdad? ¡Me llevo una sorpresa! ¡No me lo podía ni imaginar! [Bromea.]

¿Primeras reacciones? ¿Algo que adelantarnos?

Bueno, repito yo como presentador, repiten mis dos guionistas (J.J. Vaquero e Iñaki Urrutia), repite [Juan Luis] Iborra como director… Supongo que a la Academia, como ha habido tantos cambios, le gusta que haya algo fijo, un mismo equipo. Hemos llegado a la conclusión de que, a la gente, lo que le más le atrae de los Goya es esa mezcla entre comedia y emotividad. Queremos hacer una gala muy sencillita, porque ya la propia ceremonia suele dar por sí misma momentos maravillosos. ¡Es una entrega de premios, eso siempre es emocionante! Y tenemos un Goya de honor muy bonito este año, a Ana Belén. Pero si me han pillado a mí es porque querrán comedia, claro. Así que un año más. ¡A ver si a la tercera lo hago bien! 


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Fotografías: María Sofía Mur 

Agradecimientos al departamento de prensa de Vasaver y Filmax 

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