Hola, debo ir marchándome


Tras el éxito inesperadísimo de Los cuatro cocos (Robert Florey y Joseph Santley, 1929) –inesperadísimo, básicamente, hasta el punto de haber pretendido impedir su estreno–, los hermanos Marx son un gran activo en Paramount. El estudio no tarda ni un minuto en buscarles otro proyecto, y, si su anterior película se había basado en uno de los espectáculos que representaba el grupo en Broadway, para esta nueva producción partirán de otra de sus obras, El conflicto de los hermanos Marx (1928). El libreto, igualmente, lleva las firmas de George S. Kaufman y Morrie Ryskind, y el segundo repetirá como encargado de la adaptación al cine.

Habiéndose ganado fama de indomables por la tormentosa relación mantenida, en el set de Los cuatro cocos, con sus dos directores, Paramount decidió que la mejor manera de contrarrestar esta vez la rebeldía de los Marx era poner al mando a otro hombre de temperamento notable: Victor Heerman, un profesional de la disciplina. Complicando un campo de batalla ya de por sí hostil, el estudio envió también a la estrella Lillian Roth para hacer un papel secundario, como castigo por su comportamiento errático en los rodajes: confiaban en que una temporada en el infierno le quitara para siempre las ganas de hacer el tonto. Y acertaron, a juzgar porque ella más tarde declarara sentirse “a un paso del circo”. Incluso llegaría a rumorearse que el estudio, preventivamente, habría habilitado una jaula para encerrar a los humoristas entre tomas y que no la molestasen. Todos estos elementos potencialmente explosivos, a los que hay que sumar el grado de popularidad alcanzado por los cómicos, ahora aún más intratables, convivieron en El conflicto de los hermanos Marx… pero, contra todo pronóstico, ésta acabó siendo una película magnífica.

Muy superior a su predecesora, El conflicto de los hermanos Marx fue rodeándose de un inesperado halo mítico con el tiempo, debido al carácter de rareza que se ganaría por su inaccesibilidad: un problema de derechos con la imagen y las canciones la dejó fuera de pases televisivos y de nuevas proyecciones hasta los años setenta, y solo gracias a las presiones de sus admiradores, que llegarían a recoger firmas para poder ver la película. Por aquel entonces, algunos de los que habían conseguido hacerlo hablaban de ella como el mejor trabajo de los hermanos, casi una obra maestra guardada en secreto. Resueltos también algunos líos con  los herederos, la película después sí acabó estando disponible, aunque con los cortes del código moral Hays. Circunstancia que, casualmente, ha cambiado este mismo mes de octubre de 2016: Universal Pictures, actual propietaria de los derechos, ha restaurado una copia original junto al British Film Institute y acaba de lanzar, en Estados Unidos, una colección en Blu-Ray que incluye la película íntegra, con metraje que llevaba cerca de 85 años sin mostrarse.

Quizás por unos hermanos Marx que ya tenían calado al medio, tras haber quedado insatisfechos con su anterior aventura; quizás por el metódico Heerman, comprometido hasta el final con entregar el mejor producto al estudio (al parecer, no le tembló el pulso a la hora de meter la tijera); quizás por un guion con las prioridades más claras; o quizás por la suma de todo lo enumerado, El conflicto de los hermanos Marx se alza como uno de los trabajos más inspirados, frescos y tronados de toda su filmografía. Conservando la estructura de Los cuatro cocos, sorprende la solvencia con que la película localiza y corrige los principales errores del pasado: los humoristas se convierten aquí en los protagonistas claros de la función, sin desdibujarse en una trama irrelevante, y la apuesta por la comedia es absoluta, con números musicales mucho más limitados (y abiertamente graciosos) y subtrama romántica bordeando lo imperceptible.

La película arranca en un escenario típico de los Marx, una mansión perteneciente a la alta sociedad. La alta sociedad, también como casi siempre en su cine, tiene de máximo representante a una señora, principal víctima de los dardos –muy rayanos en lo misógino, por cierto– de Groucho. En la casa se prepara una fiesta para recibir al Capitán Spaulding (Groucho), un renombrado explorador muy poco amigo de estos eventos, y que pretende huir en el momento mismo de su llegada. Todo esto es representado en un técnicamente parco, pero memorable, número musical, en el que se contrasta el canto inocente y amable de los inquilinos (familia, invitados, mayordomos) con la respuesta escéptica de un Spaulding desganado, a través de su hilarante canción ‘Hello, I must be going’ (‘Hola, debo ir marchándome’). El número se sostiene hasta que, finalmente, algo convence al homenajeado para quedarse: la posibilidad de obtener financiación para su próximo viaje. Una tribu africana le ha desplazado hasta allí, y espontáneamente también se han dado cita un presunto músico, Emmanuel Ravieli (Chico), y su socio El Profesor (Harpo).

El nudo es muy similar al visto en Los cuatro cocos, otra vez con un robo de fondo (cambiando un collar por una pintura), con la salvedad de que, ahora, la película es plenamente consciente de que la trama es lo de menos. Una multitud de giros, a veces demasiado disparatados para forzar el chiste, componen un armazón narrativo que, en realidad, sirve de cancha a las rutinas de cada uno de los hermanos. Un Harpo en pleno control de sus capacidades físicas vuelve a dar toda una lección de comedia gestual, a veces al borde de la gimnasia olímpica; Chico continúa profundizando en su personaje de chanchullero italiano (origen, por única vez en todas sus películas, puesto aquí en tela de juicio) y sus problemas dadaístas con el lenguaje; y Groucho exhibe su verborrea al mejor rendimiento. Estos dos últimos protagonizan el insólito clímax final de la película, basado simplemente en una conversación entre ellos dos mientras tratan de arrojar luz sobre el enigma del robo, perdiéndose continuamente. Su enorme capacidad de improvisación, y habilidad para sostener una conversación en planos expresivos completamente absurdos, son de facto la cuota de espectacularidad de la película: el elemento de maravilla que se espera de las películas de evasión en su último tramo, viene aquí contenido, en cantidades generosas, dentro de un mero intercambio dialógico.

La labor de Victor Heerman tras la cámara también aventaja significativamente a la de Florey y Santley, encontrando respuestas visuales muy inteligentes a los chistes de los Marx, siempre potenciados. Ahí están Harpo sembrando el caos en plano general, para que se aprecie mejor el balance de daños, o la broma recurrente del monólogo de Groucho, con él hablando a cámara mientras el resto permanecen estáticos. Broma que llega a ser parodiada, con Groucho empujando a otro personaje (el Sr. Chandler) a cámara para que cuente sus problemas. También halla comedia en los planos detalle (el cuadro falso mal pegado), y demuestra una solvencia inusitada a la hora de cubrir los momentos más movidos (persecución, robo a oscuras…).

La película lograría otro gran éxito en taquilla, convirtiéndose en la cuarta más vista de su año y reforzando la posición de los Marx en Paramount. Sus enormes problemas para exhibirse la hicieron prácticamente un documento ignoto durante años –hasta hoy, que sigue siendo bastante poco ponderada–, y esa es la única explicación de que no tenga una presencia más fuerte en estudios y antologías sobre el grupo. El conflicto de los hermanos Marx no es, desde luego, la mejor película de sus intérpretes, como afirmaba algún fanático, pero es un extraordinario ejemplo de cuán buena puede ser una película de los Marx cuando todo funciona. A los hermanos les quedaba todavía mucho camino por recorrer y mucho por crecer, pero el momento en que se encuentran queda inmejorablemente capturado por una producción redonda, que hace a la perfección todo lo que tiene que hacer. Sin duda, una sorpresa para descubrir y reivindicar. 


conflicto-marx-2


conflicto-marx-3EL CONFLICTO DE LOS HERMANOS MARX (Animal Crackers) 

Dirección: Victor Heerman 

Guion: Morrie Ryskind 

Intérpretes: Groucho Marx, Chico Marx, Harpo Marx, Margaret Dumond, Lillian Roth, Louis Sorin, Zeppo Marx, Hal Thompson, Margaret Irving 

Género: comedia. Estados Unidos, 1930 

Duración: 98 minutos 

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