En las calles del centro de Madrid no todo son alfombras rojas, como la que la noche del miércoles recibió a Rodrigo Sorogoyen (Madrid, 1981) en el cine Capitol de la Gran Vía, en el preestreno de su nueva película. A pocos metros hay también calles descuidadas y caóticas, como las que recorren los protagonistas de Que dios nos perdone. En una de ellas posa para la foto, con una sonrisa apenas esbozada, el joven cineasta que sorprendió hace dos años en los Goya con una película independiente como Stockholm, que también transitaba ese Madrid que huye de estereotipos. Pasar de un presupuesto levantado a base de crowdfunding a una producción con una major de por medio le ha dado más responsabilidad, pero también ha sentado bien a su cine, reafirmándole como parte de esa nueva generación de directores con visión y personalidad propias, capaz de manejar la acción de forma impecable sin dejar de profundizar en sus personajes, el verdadero motor de Que dios nos perdone.

Tu película empieza con una plano cenital de la Puerta del Sol, donde un camión de la limpieza arrastra la basura a golpe de manguera. Toda una declaración de intenciones de lo que vamos a ver: un Madrid sucio, muy distinto a lo que estamos acostumbrados a ver, y que se ajusta a la perfección al tono de esta historia sobre un asesino en serie de ancianas. ¿Siempre tuviste esa idea de presentar un Madrid así de realista?

Sí, claro, desde el principio. Madrid es el cuarto personaje protagonista de la peli. Yo, que vivo aquí desde hace mil años, estoy encantado con la ciudad, pero al gustarme tanto soy más crítico y más exigente, entonces hay cosas que no me gustan. Y creo que la ciudad que reflejamos es una ciudad como has dicho caótica, a veces incómoda, desasosegante. Y sabíamos que iba muy bien con la historia.

¿Cómo de difícil ha sido un rodaje tan callejero?

Para mí ha sido más sencillo pero es cierto que para el equipo de producción ha sido más difícil. Es muy difícil rodar en Madrid centro, es muy incómodo, los permisos son jodidos. Me consta que han sufrido pero para mí fue un lujo porque estaba claro que la película tenía que ser en Madrid centro.

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Ya en Stockhollas calles de Madrid fueron vitales durante la primera parte de la película. ¿Te interesan las localizaciones reales como forma de aportar naturalismo a tus películas?

Sí, supongo que sí. Alguna vez me han propuesto un decorado y no me fío. Si se hacen bien son más cómodos, está claro, pero no me fío. Me encanta, por como me he educado cinematográficamente me gusta que si esto ocurre aquí, pues vamos a rodarlo aquí. Aparte de aportarle realismo, obviamente, me siento más cómodo.

¿Qué tipo de referencias tienes de este estilo de películas en la calle?

En Que dios nos persone hay mucho del thriller de los setenta americanos, donde bajaban a la calle a rodar. Tipo Sérpico o The French Connection, que la vimos varias veces y nos encantaba la persecución en coches. Un poco hemos bebido de ello. Gomorra también es una peli que nos encanta y salen mucho a la calle.

Creo que además, el rodaje de Que dios nos perdone coincidió con la terrible ola de calor del año 2015. El calor ya estaba en el guión y durante el rodaje os lo proporcionó la propia ciudad de Madrid. ¿Por qué era tan importante para ti incorporar esa sensación de agobio a la película?

Desde el guión, escrito en 2013, todo, salvo el final, está envuelto en un calor asfixiante. Pues vamos a rodar en verano, para que ese calor se pueda transmitir mejor. Lo vivimos, lo vivimos, empezamos a rodar en agosto y fue bastante caluroso, sí.

Pasar de los doce días de rodaje de Stockholm, parte de ellos en tu propia casa, a las ocho semanas de Que dios nos perdone, ¿te ha dejado exhausto?

Sí, la verdad es que recuerdo que llevaba cuatro semanas y decía: “¿Esto cuando acaba, macho?” Es que es mucha diferencia, de dos semanas a ocho es mucha, mucha diferencia. Pero bueno, en el fondo es un lujo y es lo que pedía la película. Pero ha sido muy curioso para mí y muy interesante experimentar eso, estar ocho semanas, seis día a la semana pensado en una única cosa, concentrado…

¿Y qué ventajas tiene -o desventajas, si las hay- contar con un presupuesto tan elevado?

Desventajas ninguna. Bueno, mayor responsabilidad, pero no es una desventaja. Yo vengo de un cine muy independiente y no soy una persona tampoco muy ambiciosa en ese sentido, peco un poco de eso. Entonces me intentaba acostumbrar a pedir cosas y las conseguía de repente. Eso fue gratificante.

Hay secuencias de una gran planificación y de ejecución minuciosa: la persecución al asesino hasta el metro, entre la multitud de peregrinos; el plano secuencia de la huida, con salto desde un balcón incluido. ¿Salieron tal y como las tenías planeadas?

Bueno, la persecución fue muy caótica. Fue grabar los máximos planos posibles de un tipo corriendo y con muchos figurantes y caos de Madrid centro. Y creo que está muy bien montada y que funciona muy bien. La otra sí que está muy muy pensada y salió justo como queríamos. Pero bueno, estuvimos repitiéndola muchas veces, fue un plano muy difícil.

¿Recuerdas cuántas tomas hubo que hacer?

¡Sí! Más de treinta. Un día solo para eso.

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El ritmo acelerado de estas partes de la cinta se complementa con una presentación de personajes pausada. Dos policías antisociales, un psicópata cargado de traumas. Creo que la investigación no es más que una excusa para hacer una película de personajes…

Sí, la verdad es que sí. Es cierto que en el fondo la trama policial nos da igual, lo que nos importa son estos seres humanos, tanto el asesino como ellos dos (los policías) y el viaje que hacen. Y estamos muy satisfechos de esta decisión, de esta idea de película en la que estos dos tipos hacen un viaje, muy distinto cada uno, que es también paralelo a la trama policial: según van descubriendo cosas de la trama policial ellos dos van evolucionando también.

A Roberto Álamo le has llevado al límite de la violencia, aspecto que ha recreado con gran verosimilitud. ¿No has tenido miedo de que parte del público no consiga empatizar con él?

No lo tenía, yo confiaba mucho en la ternura del personaje. Y luego sí que es cierto que me he encontrado con espectadores que no empatizan con él. Bueno, son cosas que vas aprendiendo y por eso el cine es muy bonito porque vas descubriendo cosas que no están pensadas. Pero sí te soy sincero que en el guión no tenía ningún miedo. Para mí era un tipo muy violento, muy brutal, que no quiero tener de amigo, pero que en el fondo es un desgraciado. Entonces cuando veo un desgraciado en pantalla me da pena y cuando me da pena, estoy con él.

Antonio de la Torre ha trabajado con un especialista la tartamudez de su personaje, creo que hasta en las pausas de rodaje se mantenía en su papel. ¿Cómo has vivido tú su transformación?

Con mucha admiración. Aprendí que Antonio coge el personaje y lo adopta. Él necesita eso, creerse que es eso. Y tuvo un asesor de la fundación de la tartamudez y otro asesor policial. Con eso lo adopta para él mismo y crea un personaje. Y es él todo el rato.

La presentación del asesino es uno de los grandes momentos cinematográficos de la cinta. Y, además, da un giro respecto de la película que veíamos hasta entonces. ¿Hay algo de Norman Bates en este psicópata al que conocemos a mitad de la historia?

(Risas). Un poco sí. Incluso físicamente se parece. Yo con el actor hablé de Psicosis, obviamente, y de otras muchas pelis y hablamos con psiquiatras y psicólogos. Entiendo que haya un cierto parecido pero bueno, no intentamos hacer un 2.0 de Norman Bates, para nada.

Y estábamos en un punto de la narración en la que quería que todo fuera muy estético. Me gustaba mucho el contraste de presentar al asesino, al responsable de tanta violencia, y hacerlo todo muy estético, muy clásico. Entonces hay planos muy clásicos de él mirando a cámara, acercamientos muy lentos. Todo como muy armónico.

Lo vimos también en Stockholm, que tenía dos partes bien diferenciadas. ¿Por qué te interesa que en tus historias haya esos cambios de rumbo o que no sigan una estructura más clásica?

Supongo que por ser original. Las pelis que sorprenden me gustan. Cuando sorprenden con giros absurdos lo odio, pero cuando sorprenden con cosas de tono o de estructura creo que puede ser más justibicables. Entonces me gusta utilizarlos y a Isabel (Peña, su coguionista) también. Somos muy fanáticos, porque yo creo que como espectadores nos mola.

Para terminar, ¿hay una parte de crítica social o de tu visión sobre la sociedad actual en Que Dios nos perdone?

Sí, aunque no muy consciente. Es un contexto que no es para nada lo más importante, pero sí, hay algo de: “Esta gente vive en esta sociedad en la que vivimos.” Y el Papa viene a esta sociedad y el 15-M es en esta sociedad y hay un ambiente violento en estas sociedades. Vivimos en una sociedad violenta.


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Fotografías: Anaís Berdié y Warner Bros Prensa

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