El proceso de Loach 


Frente al morro torcido de la crítica internacional, el pasado mes de mayo, Ken Loach y su nueva película Yo, Daniel Blake se alzaban como ganadores del Festival de Cannes, punta de lanza de, por otra parte, el palmarés más extravagante que se recuerda en bastante tiempo. El jurado, presidido por George Miller, entregaba así al cineasta su segunda Palma de Oro, diez años exactos después de haberla logrado, también con cierta polémica, por El viento que agita la cebada (2006). Aquel galardón, entonces, fue leído por muchos como un premio simbólico, al tratar el tema de la guerra de Irlanda y producirse meses después de que el IRA anunciase el fin de la violencia. Viendo Yo, Daniel Blake, lo cierto es que resulta difícil no leer este otro premio también en clave política: más allá de su denuncia, profundamente justificada y de actualidad, de la situación de exclusión que viven las clases populares en el Reino Unido de los tories, cuesta identificar en este último trabajo de Loach algún elemento que pudiese constituir estímulo mayor a ojos del jurado.

Aunque se ha señalado la falta de sutileza de Ken Loach como un problema no solo de esta película, sino de su cine en general, la sutileza no deja de parecer una reclamación un tanto frívola cuando se habla de ciertos asuntos. El pasado año, por ejemplo, la española Techo y comida (Juan Miguel del Castillo, 2015) lograba armar un alegato muy sólido contra el drama de los desahucios sin necesidad de rodeo alguno: el conflicto era explícito, la cuestión política era explícita y su objetivo de conciencia social se cumplía largamente. Al hilo de eso último, todos tenemos más o menos claro que para dirigir a un espectador a una catarsis, o una toma de conciencia, éste tiene que creerse lo que está viendo. Y no habla muy bien de Ken Loach, ni de su guionista Paul Laverty, que en Yo, Daniel Blake no sean capaces de dar a su historia una mínima ilusión de realidad, cuando todos los días en los periódicos leemos noticias parecidas.

Yo, Daniel Blake, básicamente, acumula los peores males de los relatos de toma de conciencia. El principal es que sus personajes no parecen haber existido de manera previa al conflicto que viven: se encuentran definidos y limitados por él, y continuamente transmiten la impresión de haber caído de un guindo hace muy poco,  como si hubieran vivido de espaldas a cualquier noción de injusticia de clase hasta el momento. De esta forma, sus diálogos se enuncian siempre como teatralizados descubrimientos, quintaesencia de la exposición narrativa (incluso con enseñanza verbalizada en el último minuto). La sucesión de acontecimientos, por otra parte, se encuentra organizada en torno a un fatalismo de lo más previsible; algo que, además, ilustra la ética de sus responsables respecto a los personajes que han creado, meros medios para llegar un fin, sin mayor entidad. Cada vez que Ken Loach apunta a un posible destino negativo, sin duda el personaje irá allí. Si alguien padece una enfermedad, sin duda le va a golpear. Si alguien ofrece empleo a una mujer pobre, sin duda este empleo va a ser de prostituta. Incluso para lo que concierne al humor: si a un sexagenario le enseñan a usar ordenador para rellenar un documento, sin duda va a ocurrir la broma del señor pasando el ratón literalmente por la pantalla. Y no hay mucho más. Todas las escenas de la película obedecen a una misión discursiva, pero esto no sería necesariamente un problema si no se le vieran tanto las costuras. Incluso el elemento narrativo más interesante, el retrato de la administración como un monstruo kafkiano estilo El proceso (1925) –con demandas burocráticas tipo hermanos Marx–, acaba enfangado en un terreno ideológico confuso, señalando a meros funcionarios grises prácticamente como el rostro visible del enemigo obrero (¡aunque no dejen de ser unos mandados!). Con su planificación perezosa, con generalmente no más de cuatro tiros de cámara por escena y desde un mismo sitio para no andar moviendo iluminación, y su narración mediocremente ratonera, Yo, Daniel Blake es una Palma de Oro bastante difícil de defender, sin más hallazgo en ella que la seguridad de que Ken Loach y Paul Laverty serían buenos compañeros de manifestación. 


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poster_yo_daniel_blake_jpg_2444YO, DANIEL BLAKE (I, Daniel Blake)  

Dirección: Ken Loach 

Guion: Paul Laverty 

Intérpretes: Hayley Squires, Natalie Ann Jamieson, Dave Johns, Micky McGregor, Colin Coombs, Bryn Jones

Género: drama. Reino Unido, 2016

Duración: 100 minutos 

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