La amistad es extraña


Si el éxito de crítica de Keep the lights out (2012) en Sundance situó a su director Ira Sachs en el mapa, El amor es extraño (2014) confirmó todas las sospechas sobre su talento. Arquitecto de dramas en miniatura junto a su coguionista Mauricio Zacharias, nunca sostenidos en torno a grandes conflictos sino a un flujo de cotidianidad sorprendentemente natural, Sachs demostró en aquella película hasta qué punto podía sacar partido de la observación. Meras composiciones de plano con más aire del debido, o tiros de cámara inusualmente abiertos en escenas que se suponían íntimas, servían al director de Memphis como herramientas para expresar la sensación de incomprensión y la soledad de los personajes, piezas sueltas de un puzle al que solo podía completar el ser querido. Sentenciar que no había artificio sería colgarle un demérito: el cine es artificio, y, para conseguir hacerlo tan imperceptible como en esta película, es necesaria paciencia de orfebre.

A diferencia de en sus dos películas anteriores, Sachs aparca en Verano en Brooklyn el tema de la homosexualidad para centrarse en un mundo que ya esbozó en El amor es extraño, el de la preadolescencia. Tras la muerte de su abuelo, la familia del protagonista se traslada a la pequeña casa que éste ocupaba en el barrio de Brooklyn, debajo de la cual se ubica una tienda que él arrendaba a una señora y su hijo. Debido a la estima que sentía por ellos y a sus dificultades económicas, el abuelo accedía a cobrarles un precio tres veces inferior, pero los nuevos propietarios pretenden cambiar las condiciones, pues su situación tampoco es muy boyante. En el epicentro de todo esto, una intensa amistad que amenaza con resquebrajarse: la de los muchachos de ambas familias, que parecen vivir al margen de los conflictos de los adultos.

Al cineasta, evidentemente, no se le escapan las implicaciones de retratar a un personaje de un modo u otro. El motivo del arte funciona aquí en dos direcciones: mientras los dibujos del joven al que interpreta el debutante Theo Taplitz ilustran un universo inocente y de sensibilidad pulcra, su padre actor (Greg Kinnear) parece su encarnación oscura. Muy brevemente, al comienzo de la película, Sachs remarca el desdén –o, si se prefiere para hablar de un actor, la falsedad– con que el personaje despacha a cada asistente al funeral del abuelo, no por casualidad: se entiende así que no tiene amigos. Este paralelismo va en sintonía a la que acaba siendo una línea discursiva clave en la película, las resonancias de los pecados paternos en los hijos. Sin embargo, director y coguionista no caen en contraposiciones maniqueas y se sientan a escuchar, y comprender, las razones y los asedios internos de todos los implicados. Lentamente, Sachs deja correr el drama hasta llevarlo a su encrucijada climática, en una conmovedora escena que concentra el corazón de la película. Una violenta elipsis, ya toda una marca de estilo de sus autores, nos deja con un epílogo mudo (con diálogos-ruido de ambiente) difícil de olvidar, que corrobora a Verano en Brooklyn como una de las películas más tristes y amargas de la temporada reciente. Igual que se utiliza la máxima “Es gracioso porque es verdad” para argumentar la eficacia de algunos cómicos, con el cine de Ira Sachs podría valer “Emociona porque se parece a la vida”. 


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VERANO EN BROOKLYN (Little men) 

Dirección: Ira Sachs 

Guion: Ira Sachs y Mauricio Zacharias 

Intérpretes: Theo Taplitz, Greg Kinnear, Michael Barbieri, Jennifer Ehle, Paulina García, Alfred Molina 

Género: drama. Estados Unidos, 2016 

Duración: 85 minutos 

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