Borderío singular


Siéntense y pónganse cómodos. Van a conocer a Dom. Se apellida Hemingway, pero no hay parentesco con el famoso escritor. Dom es inglés y abría cajas fuertes antes de entrar en el trullo. Dom es un maleante londinense, muy chuleta y violento. Los patillones le cubren media cara, lleva un peinado hacia atrás todo remojado y una pinta a lo Michael “Carter” Caine. Pendenciero de camino a la autodestrucción, es el menos recomendable de los tipos, un macarra con tendencias sociopáticas que pertenece a los bajos fondos. Eso sí, no esperen ustedes ver a un genio del crimen, porque Dom es un mindundi en el escalafón, también un necio fuera de honda, un anacronismo andante, que recita odas a su pene mientras un compañero de celda le hace una felación y que pega palizas al rato de verse libre después de dieciséis años tras las rejas. Poca simpatía suscitará Dom durante el relato de su nueva vida como ex convicto. Sin duda, bastante poca.

Entre la comedia negra y la parodia del género gansteril a la inglesa, esta producción cinematográfica de la BBC está dirigida y escrita por Richard Shepard (The Matador, La sombra del cazador), un estadounidense que abraza el genuino espíritu humorístico de la escuela bristish, en la vertiente más farsesca, y también en la más soez. Shepard se ha planteado Dom Hemingway casi exclusivamente como estudio de un personaje, y las construcciones dramáticas que conforman la obra, sus cinco actos separados bajo sendos epígrafes sobre pantalla en negro, se juegan a la única carta de esa figura central y sus circunstancias a trompicones. La materia de la narración se pliega, pues, al examen de una conducta. Y lógicamente se requería para todo ello un intérprete omnipresente y omnipotente, al cien por cien de sus habilidades. La clave del éxito o del fracaso recae sobre un desagradable Jude Law, apenas el guaperas que siempre comparecía aun cuando hiciera de malo. Sorprendente adalid del borderío británico, hace aquí de un tipo más basto que la lencería de esparto, convirtiendo en todo un reto el cambio de registro. Y lo supera: Law es Dom, y sin él no habría film.

El autor no esconde su gusto por cierto carácter teatral al escribir las secuencias, así como la tendencia a hacerle declamar al protagonista con énfasis dramático, dos particulares que imprimen una curiosa singularidad al resultado. A un par de bloques principales – el saldo de las cuentas con un jefe por el que sacrificó la libertad, el intento de reingreso en el hampa – se les van añadiendo los jirones que cuelgan alrededor de esta vida: por ejemplo, la amistad con el compinche (un Richard E. Grant impecable), una hija horrorizada (Emilia Clarke) ante la perspectiva de tratar otra vez a padre del que lógicamente abomina, o presencias que nadie jamás habría sospechado (fenomenal Kerry Condon haciendo de peculiar hada buena). Junto a un recordatorio acerca de lo falaces que son las lealtades criminales, la historia plantea si Dom debería tener una oportunidad. ¿Algo positivo esconderá el villano? ¿Cómo acabará el pobre diablo? Se disfruta Dom Hemingway y deja además la sensación de que dura lo que tiene que durar y que se acaba cuando se tiene que acabar.


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DOM HEMINGWAY

Dirección: Richard Shepard.

Intérpretes: Jude Law, Richard E. Grant, Demian Bichir, Kerry Condon, Emilia Clarke.

Género: comedia. R U, 2013.

Duración: 93 minutos

 

 


(Fotografías: Fox Spain / Nick Wall)


 rep.

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