Ida y vuelta


Marnie está sola, sentada en un banco de un parque abarrotado de niños. Gritan, saltan, juegan en la arena, y un grupo de compañeras de clase ríen en el banco de al lado. Marnie es una adolescente, de aquellas tímidas y erróneamente infravaloradas. Por sí misma, en primer lugar. Pero a Marnie le gusta dibujar y garabatea en su cuaderno. Sólo que no traza líneas sin sentido: dibuja el parque, como el que tiene justo ante sus ojos, pero desprovisto de personas. Está completamente vacío. Oímos una voz en off, sus pensamientos volando sobre su cabeza, como esa vocecilla que no puedes evitar escuchar y que te hunde en una nube de negatividad. Marnie respira demasiado rápido y demasiado fuerte. Está fuera de esos círculos de amistad y compañía de la gente que la rodea, de esas personas que no es capaz de dibujar. Sus manos tiemblan. Todos la miran. De repente todo se desdibuja ante sus ojos y la imagen se vuelve negra. 

Con esta primera escena, el director japonés Hiromasa Yonebayashi podría justificar toda una película. La combinación de recursos audiovisuales con el inconfundible estilo animado del Studio Ghibli, la sensibilidad de un momento de profunda intimidad seguido de un desgraciado incidente y la vergüenza y soledad de una joven que aún no sabe quién es, encaja en armonía en una escena de gran carga emocional. El recuerdo de Marnie no podría empezar mejor, es cierto, pero todo su desarrollo aguanta con altibajos el nivel de su comienzo y eleva a Yonebayashi a una de las más prometedoras firmas del estudio de animación nipón. Tras aquella destacable, aunque no redonda, ópera prima que supuso Arrietty y el mundo de los diminutos (2010), y habiendo participado en la animación de películas como El viaje de Chihiro o Ponyo en el acantilado a las órdenes del maestro Miyazaki, el director japonés construye en esta nueva aventura animada una historia de autodescubrimiento personal y familiar. Un proceso que recuerda vagamente al que pasaba la protagonista de El viaje de Chihiro (2001) y con unos elementos fantasmales y legendarios que ya aparecían en Mi vecino Totoro (1984). La influencia del maestro nunca muere, aunque el film tiene su propio sello y lo defiende. 

Pero deberíamos aprender que no todo es lo que parece en el universo Ghibli. Lo que inicialmente parecía un relato adolescente sobre la soledad y el aislamiento acaba convirtiéndose (sin abandonar lo anterior) en un viaje a través del tiempo, los recuerdos y diferentes dimensiones. Una explosión de emociones que el director contiene, con mano firme, situándose en esa difusa frontera entre el exceso de sentimentalismo y la sobriedad narrativa. Yonebayashi ha sabido llevar una historia, basada en el libro homónimo de Joan G. Robinson, mucho más completa que su anterior film y que da un golpe sobre la mesa en el estudio de animación más importante de Japón. 


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EL RECUERDO DE MARNIE

Dirección: Hiromasa Yonebayashi.

Guion: Niwa Keiko, Ando Masahi (basado en el libro de Joan G. Robinson).

Género: animación. Japón, 2014.

Duración: 103 minutos.

 

 


 

 

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