Canción sencilla de balneario


Fred Ballinger es un compositor y director de orquesta ya retirado que a sus ochenta y pico años pasa un periodo de reposo en las montañas suizas. Dentro de sus días de monotonía puede, por ejemplo, acercarse al pie del valle, sentarse en una roca y dirigir los sonidos de la naturaleza. O bien sacar un envoltorio de caramelo y marcar con la fricción de los dedos el ritmo de una pieza, esa pieza, que siempre le ronda por la cabeza. También se aloja en el mismo hotel resort para gente vip su viejo amigo Mick Boyle, igualmente director, pero en este caso de cine, que se encuentra en el proceso de preparación de algo similar a su testamento cinematográfico. En compañía de una cuadrilla de guionistas alevines prepara el libreto y durante una de las sesiones brainstorming se acerca a un catalejo del mirador y les dice: “Esto es lo que se ve de jóvenes: se ve todo cerquísima; eso es el futuro”. A continuación le da la vuelta y mirando por el objetivo óptico opuesto al visor concluye: “Y esto es aquello que se ve de viejos: todo lejísimos; eso es el pasado”.

Fred y Mick – los titanes Michael Caine y Harvey Keitel – dejan deslizar así el tramo final de la existencia. El resto de clientes, los visitantes y el personal, pueblan los ratos de unas jornadas que ambos dedican a la tranquilidad, aunque al final todo se convierta en excusa para hacer memoria: la guarden o no la guarden, aunque no la quieran o intenten evitarla, atenuarla, les acompaña sin remedio. La familia, la cuentas por saldar del pasado y las historias de los demás conforman el hilo conductor, que da vueltas y más vueltas sobre sí mismo, en torno a ese Mundo Paréntesis. La estancia se presenta como una fuga completamente estática, un descanso que se acerca más a la evasión idílica que al afrontamiento, a un sinfín de conversaciones alargadas sobre al amontonamiento de las horas.

De este modo ha preparado Paolo Sorrentino la magnífica La juventud, su genuina novela de balneario concebida para la pantalla. Una temática, con raíz a caballo entre el siglo diecinueve y el veinte, que se renueva para el veintiuno. El italiano la adapta al cine de hoy, amoldando las posibilidades a sus desvelos personales mediante un ingenio y una sagacidad que revelan su talla de creador, definitivamente uno de los nombres de referencia de la cinematografía mundial. Es una propuesta contemplativa para el espectador, dos horas de microcosmos sostenido por las columnas argumentales de los protagonistas Fred y Mick, sin mayor estructura aparente que la sucesión de curaciones, rituales e interioridades dentro de un topos cinematográfico dentro del cual hay que deambular y perderse.

Al igual que hace el personaje de Caine, Sorrentino ejerce de director (de orquesta). Da paso a una voz aquí, a una melodía que viene allá; a veces adelantando una historia más que otra, dejando el tramo de alguna sin desarrollar para siempre después retomarla. La sinfonía en un solo y larguísimo movimiento avanza y avanza, pese a la ilusión a parálisis. Asimismo, la combinación de miradas fílmicas se suceden sin pisarse una a la otra: la sustancia visual es la reconocible en Sorrentino y la incorporación de códigos pop – el fragmento que podría pasar perfectamente por un anuncio de perfume, la parodia de un videoclip, la recurrencia cinéfila a la “marca” Fellini – no falta, aunque el exceso en ningún caso sepulta el film. Sin duda el barroquismo del autor de Il divo y La gran belleza, y la relación que dicho barroquismo establece con la materia narrativa, compone la balanza por la cual oscilan la disparidad de opiniones en torno a su filmografía, pero aquí Sorrentino logra, y de justicia es destacarlo, que tanto aparato y a veces el rebosamiento no enturbien el cauce y su serenidad.

Como la pieza de Ballinger, titulada “Simple Song #3”, La juventud es, en realidad, una canción sencilla acerca, ni más ni menos, de la vida que protagonizan personas que no estuvieron casi nunca preparadas para ella, sobre las perspectivas pasadas y futuras que de la misma deben afrontar durante la vejez. Y la obra de un cineasta irónico, pero sin veneno en este caso, con una generosidad hacia sus personajes – los de mayor y menor peso, los secundarios y los ambientales – muy emotiva e inusual dentro del cine de ahora. Una generosidad que acaba constituyendo el mayor triunfo porque se dirige a la vez hacia el espectador.


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LA JUVENTUD

Dirección: Paolo Sorrentino.

Intérpretes: Michael Caine, Harvey Keitel, Rachel Weisz, Paul Dano.

Género: drama. Italia, 2015.

Duración: 118 minutos.

 

 


 

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