El estreno de películas como Amama entraña motivo de satisfacción para aquellos espectadores en busca de sensaciones que no suelen experimentarse habitualmente en la sala y con ganas de aprender sobre realidades diferentes a las cotidianas. Se convierte, por tanto, en una oportunidad de acceder a un cine libre y, al mismo tiempo, en la ocasión para quienes viven en la ciudad de acercarse al campo, de entrar en un mundo con otro conjunto de reglas. En este caso concreto se suma, además, el interés por obtener un mayor conocimiento sobre la tierra vasca, un entorno fascinante que da pie, por la naturaleza que atesora y a la organización de la tradición que se ha ido trasmitiendo durante siglos, a un tratamiento cinematográfico con tendencia a representar lo simbólico y a cierto gusto por la representación fuera de convenciones.

Para su realizador, el guipuzcoano Asier Altuna, siempre ha sido una necesidad contar el entorno rural:Porque yo vengo de él. Yo soy parte de esa cultura y desde que empecé con los cortos siempre he tenido la tendencia a reflejar ese mundo. Lo conozco y hay un montón de cosas muy interesantes y muy cinematográficas. En este es su primer largometraje de ficción en solitario ha detenido la mirada sobre el caserío, un espacio que representa una forma de estar en el mundo y concebir la existencia que está desapareciendo. O en todo caso, transformándose. A veces de manera abrupta, como cuenta la historia de Amaia, la joven protagonista de la película, cuando siente que sobre su camino vital pesan demasiado unas tradiciones heredadas que no quiere seguir. Surge el choque, representado por el enfrentamiento entre hija y padre. Así lo concibe el director y guionista: Siempre, en todo el mundo, las historias familiares te dan mucho juego, y más una familia tradicional como la que yo reflejo en un caserío. Hay caseríos de todo tipo, pero yo cuento la historia de una familia tradicional, donde hay mucho lío, muchas tradiciones que romper porque los tiempos están cambiando. Y ahonda en el momento actual: Cada vez quedan menos resquicios de ese tipo de caserío. Todo eso de que se puede quedar con la propiedad un solo hijo ha cambiado mucho ya, pero hasta hace una generación era así, de cajón. Todo eso que ha sido tan estricto al final las generaciones siguientes lo van heredando de alguna manera, igual no directamente, pero sí los pesos familiares y un montón de cosas.

Según Altuna es un momento adecuado para contarlo, aunque también apunta que quizás esta película podría haberse rodado hace treinta años y habría sido igual. De hecho el germen de la película le rondaba ya hacía mucho tiempo, e incluso tenía preparado el guion para otra película, en clave cómica, que contaba el caserío tal y como se ha entendido durante tantos siglos y se entiende en nuestros días. Ahora está contento de no haber hecho aquella comedia:En esta peli soy más yo, es algo más personal y he metido un montón de cosas que llevaba rumiando muchos años.

¿Cuál ha sido entonces el camino que le ha conducido hasta  Amama? El resultado del proceso es una cristalización, en gran medida, de las etapas de la propia carrera de Altuna, una labor de casi 20 años entre cortos – un total de siete -, el tándem con Telmo Esnal – el largometraje Aupa Etxbeste! (2005) y la serie Brinkola (2008-09)- y el documental Bertsolari. Dice el director: Los dos primeros cortos que hice, y rodé con Telmo Esnal, ya eran historias situadas en el entorno rural, muy de humor negro. Más que nada para romper la idea que había entonces. Me acuerdo que siempre se tenía al mundo rural como algo muy bucólico, algo muy sabiniano. De alguna manera era como: “¡Guau, el mundo vasco!” Y nosotros rompimos con eso. Bueno, pues sí, es bonito pero también le puedes dar un viaje de humor negro, como en ‘Txotx!’, con una sidrería donde se comía a la gente. Luego, de ahí paso a Topeka, Sarean y Artalde, en los que incorporé el mundo surrealista que me pone mucho, con imágenes poéticas sin diálogos, muy visual. Esta peli es un poco consecuencia de todo eso.

Se declara feliz, como espectador de cine, cuando ve una imagen poderosa que le atrapa. Y en consecuencia, toparse con una imagen, recogerla, tratarla y contarla él mismo después es una de sus necesidades. Un ejemplo en Amama es esa visualización metafórica de las abuelas tirando de cuerda para impedir que el nieto abandone el círculo familiar: Creo que en cine también se es poco experimental, está anclado en ataduras. Dan mucho miedo esas cosas, sobre todo desde la parte de producción. Y explicando esto da una clave para entender su trabajo: Siempre tengo esa guerra interna. Desbarro y hago una cosa muy experimental y salvaje, muy a lo que me sale, o estructuro bien el guion. Dentro de mí tengo esa lucha, porque soy también muy guionista. No me gustan mucho las películas que me aburren. Quiero encontrar una historia muy potente, muy bien estructurada, pero a la vez me gusta desbarrar. Respecto al modo de canalizar dicha lucha, se ha ayudado de la sensación de libertad que le ha supuesto rodar una pequeña parte en super 8, obteniendo el tono onírico que buscaba. E igualmente el haber producido desde Txintxua Films, productora propia creada junto a Marian Fernández Pascal: Con poco dinero, pero muy bien gastado. Trabajamos mucho el guion, trabajamos mucho las localizaciones, planificando y preparando muy bien el rodaje. Con lo justo pero cuidando y mimando todo. Montaje, etalonaje, posproducción, ha sido todo un trabajo casero. Como una tarta casera: con buenos ingredientes y muy bien usados.

La película se presentó en el Festival de San Sebastián, donde el público apreció lo singular de la propuesta y su sinceridad. Y  la pregunta empieza a ser recurrente desde que el año pasado Loreak triunfara en las carteleras. ¿Es el momento del cine vasco? ¿Se puede hablar de Nuevo cine vasco? La respuesta de Antuna apunta que seguramente esas preguntas están mal planteadas: Hay una evidencia y es que llevamos diez años haciendo cine en euskera. Y aparte, ETB está haciendo una apuesta importante metiéndose en películas. ¿Eso qué hace? Antes, todos los directores que salían como Medem, Alex de la Iglesia o Urbizu, todos venían a Madrid. Y ahora de alguna manera, pues nos hemos quedado y estamos haciendo cine. ¿Y qué pasa? Que al estar allí, cuentas también historias de allí. Y usamos el euskera para rodar nuestras pelis. Entonces hay cosas que unen, pero yo todavía no hablaría que hay un cine vasco, sino que llevábamos diez años haciendo largos, tres o cuatro al año, más los documentales. Y que somos gente que nos hemos curtido muchísimo en cortos. Explica también lo positivo de facilidades como el programa Kimuak, una distribuidora pública que cada año elige ocho cortometrajes y mandan por todo el mundo:Esto hace que vayas experimentando mucho con el cine, teniendo mirada, sobre todo confianza en ti mismo y no tener miedo a la hora de rodar. Entonces llegas al largo siendo ya tú haciendo pelis Y concluye: Que estemos haciendo cine ya es importante.


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ent.sa

 

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