¿Qué sucederá si dejamos que se mueran los caseríos? Esa pregunta le viene planteada al espectador desde el principio de Amama, el largometraje que estrena esta semana el realizador guipuzcoano Asier Altuna. El film constituye una crónica en tonos líricos, y a veces oníricos, de un cambio que surge de la colisión entre generaciones vascas del campo, entre la sabiduría acumulada durante tantos siglos y el impulso por la ruptura que sienten los jóvenes. Y una de las ideas sobre la que se sostiene esa crónica se encuentra en el libro “Quosque Tandem…” del escultor Jorge Oteiza: “Hace ochenta amamas vivíamos en cuevas”. Hace ochenta abuelas. Y para representar el arco de tiempo, una misma línea continua, desde el pasado hasta el futuro, Altuna recurre a dos figuras femeninas. Una abuela y una nieta. ¿Un final y un principio?

Amparo Badiola, como el personaje que encarna la conexión con los antepasados y probablemente no pertenezca ya al ahora, e Iraia Elías, como símbolo de la juventud, se encargan de llevar a la pantalla ambos extremos de dicha línea. Dos rostros y dos intensas miradas, dos presencias que, según palabras del director, se ajustan a la perfección a los personajes ideados en el guion. Dos actrices arrebatadoras de distinto signo. Una natural, Amparo, a quien Altuna encontró de casualidad en un bar tomando un café. Y otra, Iraia, con diez años de experiencia sobre las tablas y que debuta en el cine. Hacer una entrevista a las dos juntas se convierte para el periodista en privilegio de invitación en una charla a tres, un momento muy enriquecedor donde ellas revelan lo profundas y sentidas que han sido sus aportaciones a la película.

 

Por razones diferentes, creo que ésta es vuestra primera experiencia con el cine.

Amparo: Para mi es la segunda vez. Porque la primera tenía cinco años, en Gijón. Estalló la guerra en 1936 y la película en la que participaba se acabó antes de determinarla y todo. Esto no se lo comentaba a nadie, pero se presentó Asier para una película y dije que qué cosas, a la edad mía. Dije: “Pues mira, ¡parece una revancha y tengo que hacerlo!”

Iraia: Yo vengo del teatro, llevo ya trabajando varios años. Asier me conoció en una obra, le cuadraron alguna de las características, la energía  que me vio y tal, y me propuso la película.

¿Cómo ha sido, pues, haberla hecho?

Amparo: Una experiencia fenomenal. Me ha gustado mucho. Es un regalo grande que me ha hecho Asier Altuna. Yo no podía suponer todo lo que había detrás de una película, el ambiente, tanta gente, qué se yo. ¿Cuántos eran?

Iraia: Cuarenta, cincuenta, o así.

Amparo: Y todos muy cariñosos, todos me han acogido. La amama lo he sido para todos. He tenido una familia grande ahí. Me ha gustado muchísimo.

Iraia: Para mí también ha sido un lujo trabajar con Asier, ver lo que disfruta cuando entra en el rodaje. Cuando encuentra algo que le gusta, se emociona y dice que va todo va bien. Tiene mucho que ver él y su carácter. Y después es verdad que el equipo técnico ha sido una maravilla. Luego para mí personalmente, ha sido cambiar de código. Del teatro y de llegar energéticamente hasta la última fila, a estar a esto de la cámara. Bajar de intensidad y buscar otros caminos para llegar al público.

Amparo: Es un poeta, Asier. Lo leí el guion, porque según qué película la hubiera hecho o no. Esa amama, ¿a ver quién es? Me gustó mucho. Encontré mucha poesía y sentimientos que tengo yo también así. Sentimientos muy cerrados. Expansiva puedo serlo para otras cosas, como me veis, pero no en los sentimientos. Así como aparecen en la película, los tengo yo. No tienes que decir “te quiero”, sino demostrar que quieres.

Iraia: Desde la acción.

Amparo: Sí, sí.

Supongo que además existe una implicación particular con la historia porque pertenece a vuestra tierra, a la tierra vasca. A la hora de preparar los personajes, la relación de estos ante los cambios que afrontan, ¿cuánto de vosotras o de vuestra experiencia habéis puesto en ellos?

Iraia: Todo lo que haces siempre pasa por ti. Tanto en teatro como en cine, creo. Ante todo creo que es una historia de generaciones y de amor. Y eso se repite en todos lados. Todos tenemos una relación con nuestro padre, con nuestra madre, ¿no?  Y con eso, al fin y al cabo, en muchos sentidos, te ves identificada. Igual no de esa manera tan particular, pero al final siempre hay cosas que… Yo ahora, después de hacer y ver la película, por ejemplo, a veces veo a mi padre y digo que es como Tomás [su padre en la ficción] y le digo: “¡Abre un poco, aita!” Creo que siempre encuentras cosas en común y que las utilizas a la hora de actuar.

Amparo: Es universal. No solo en el País Vasco, en los caseríos, pasa eso, esos cambios. Yo que vivo en Francia, pasa lo mismo allí. Ha pasado. Es otro modo de vivir, otra manera de pensar. Algo que ya se ha transformado.

Iraia: Sí, es algo que se está transformando. Porque ahora, igual, los jóvenes quieren volver al caserío de otra forma. Ya no se puede vivir como antes, que era todo trabajar, trabajar, trabajar. Ahora tenemos ocio, tenemos tiempo libre. Entonces, hay algunos jóvenes que quieren volver y trabajar la tierra, pero de otra manera. Y ahí la transformación. Y esa transformación hay que digerirla también. En la película se plantea cómo asimilar el cambio. No te puedes agarrar como un clavo a lo que sabes y a que solo sabes eso. Y no, tienes que asimilar que la cosa va a cambiar, se va a transformar.

Ese cambio lo refleja muy bien tu personaje.  Y respecto a la amama, la representación de tal y como se ha concebido su figura hasta ahora, su personaje parece más perdido sin embargo.

Amparo: [haciendo referencia a una escena muy significativa de su personaje cuando contempla un cuadro de arte abstracto] Oye, cuando me llevan a la galería de arte y que me dice el director que qué bonito. Le miro. No digo nada pero… ¿Eso bonito? El personaje de la abuela no entiende nada. Esa pintura refleja para mí, porque vivía todo lo que hemos rodado, el mundo actual donde tú, abuela, ya no tienes nada que ver. Les quiero pero ya no les puedo transmitir ya nada. Me ha parecido así.

Iraia: Le queda muy lejos.

Amparo: Su vida ya se acabó, ya no quiere saber más.

 

La conversación sigue su curso un poco más, revelando claves de la película que no convendría revelar ahora al lector que no haya visto todavía la película, algunas en relación al papel determinante de las mujeres dentro de estos enfrentamientos entre formas diversas de ver el mundo, hasta que Amparo hace un comentario.

Amparo: Te digo, terminada la película, no pensé verla.

Iraia: ¿No?

Amparo: Dije que a los cinco años empecé, con los ochenta y cinco ya se ha acabado, adiós. Y dejo un buen recuerdo para mis nietos. Por si tienen, como yo tengo, aquella cosa de no haber preguntado a la abuela de cómo ha sido su vida, Todos pasamos por ahí, yo también, todas las generaciones. Y mis nietos, como tú, pasaran por ahí. “No le he preguntado a la abuela, no le he preguntado a mi padre…”.

¿No os vamos a ver entonces otra vez en la gran pantalla?

Amparo: ¡A mí no! Ni soy actriz, ni soy nada. Lo hice contentísima. Ha sido un regalo para mí. Me llevo un recuerdo que me ha dado vida. ¡Huy!, todas las abuelas me envidian, ¿eh? Mira, ya con eso me han devuelto las raíces. Sé de dónde vengo, sé quién soy porque nunca me había visto así. Que me he espantado cuando me he visto. No te creas, ver a esa mujer y decir: ¿quién es?

Iria: ¡Nos pasa a todas!

Pues nos gustaría mucho.

Amparo: ¡A ver con Asier! ¿Por qué no? Oye si ahora empiezo la carrera, ¡qué bonito sería para todas! (Ríen las dos)

¿E Iraia repetirá de nuevo en el cine?

Iraia: El tiempo lo dirá ¡No se sabe lo que va a pasar en el futuro!


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ent.sa

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