Ya sea en un mundo donde escasea la comida, en una batalla entre macarras, en un tiroteo o en la Escocia de hace más de trescientos años, la humanidad siempre intenta por todos los medios salir con vida. Sobrevivir. Esta horda de personajes que no dejan de meterse en problemas intentarán en las películas que hoy reseñamos buscar la puerta de salida, aunque eso signifique ser más valientes de lo que nunca han sido. En el Festival de Sitges, los dotes para la supervivencia son imprescindibles.

Green room, la rebelión de los punks

En una guerra entre punks y skinheads, ¿quién ganaría? La respuesta se puede encontrar en lo nuevo de Jeremy Saulnier, Green room, con toda probabilidad la película más gamberra de esta edición del Festival de Sitges (con permiso de The final girls). Pero su encanto no reside únicamente en esta premisa tan llamativa, sino también en su capacidad para crear un relato intenso y entretenido, sin perder de vista las máximas del gore y la violencia.

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Ahondemos más en la historia. Un grupo de música punk da un concierto en un local infestado de skinheads. Cuando están a punto de irse, presenciarán la escena de un asesinato, por lo que serán retenidos en una de las habitaciones. Con espíritu combativo, se resistirán al grupo neonazi que intenta deshacerse de ellos para no dejar rastro del crimen cometido. Así empezará una auténtica guerra de fuego cruzado entre rockeros y skinheads, cuyo líder es ni más ni menos que el actor Patrick Stewart, llena de violencia, sangre y mucho humor. Saulnier, que ya sorprendió con Blue ruin, nos trae ahora un film fresco y emocionante, que se sirve de las tácticas de escape y los mecanismos de la mafia para crear un auténtico hit acorde con la personalidad del Festival de Sitges.

Green room es rebelde y maleducada, y aunque las intentonas de escapar del local por parte de los punks sean repetitivas e insensatas, ha conseguido tener en vilo a toda la sala en la sesión de las ocho de la mañana del Auditori del Hotel Melià. Una pequeña joya que, si bien no es una gran obra, nos hace recordar al tipo de películas por las que siempre se ha caracterizado este festival. 

Macbeth, pura pasión

Si William Shakespeare hubiese imaginado en su cabeza su obra Macbeth convertida en película, consciente del poderío técnico y artístico del que se dispone hoy día, seguramente el resultado hubiese sido algo muy cercano a la nueva película de Justin Kurzel. Respetando al máximo la historia y el carácter de la obra teatral, Macbeth se adapta al medio cinematográfico del siglo XXI en todo su esplendor, dejando imágenes para enmarcar y unas actuaciones de Oscar. Mucho ha llovido desde la adaptación de Orson Welles en 1948 y la de Kurosawa, Trono de sangre, en 1957, primeras y destacadas versiones de la obra de Shakespeare. Coronándose como una de las más esperadas del festival, la nueva visión sobre esta centenaria obra a manos del director australiano Kurzel ha cumplido las expectativas que prometía: lirismo audiovisual, poesía en palabra e intensidad emocional.

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Bien sabido es que Macbeth, tras su encuentro con unas brujas que le revelan su futuro, irá volviéndose cada vez más obsesivo por el poder, hasta acabar enloqueciendo. Macbeth habla de la avaricia, la envidia y la traición, en una de las historias más crudas de Shakespeare. El film puede presumir de una imagen impecable, llena de imágenes impactantes que merecen guardarse para el recuerdo, como la escena de la lucha final, teñida de un rojo sangre y envuelta en una misteriosa neblina. Abundan los primeros planos de larga duración, en los que los protagonistas desatan su genio a través de los monólogos teatrales de la obra original, apuntando con su fiera mirada directamente al espectador. Michael Fassbender y Marion Cotillard, en los papeles principales de Macbeth y su mujer, han llegado a otro nivel. Sus espectaculares interpretaciones en esta película no hacen más que confirmar que estamos ante dos actores incombustibles que ya se encuentran entre los más grandes del panorama internacional. Y en especial Fassbender llama cada vez con más fuerza a la puerta del Oscar.

El gusto por la estética y la elegancia se citan en Macbeth de forma poética, y por momentos tenebrosa, en una imagen perturbadora y de época que nos recuerda a Valhalla rising (Nicolas Winding Refn, 2009). Kurzel  consigue llegar verdaderamente a la intensidad de los versos, cosa que parece no sucederle a otra protagonista de este festival, la española La novia (Paula Ortiz, 2015), adaptación de las Bodas de sangre de Federico García Lorca. Esa frontera entre lo hortera y lo maravillosamente lírico es estrecha, a veces invisible, por lo que es difícil juzgarlo sin poner las emociones de por medio. Y para emociones, está Macbeth. Si bien puede resultar algo pesada en algunos tramos a causa del vocabulario y la lentitud de la historia (no en vano estamos hablando de una obra escrita en el siglo XVII), la fuerza de las palabras de Shakespeare sigue intacta y en boca de tan grandes actores asciende a niveles extenuantes. Sería de justicia premiar, ahora o en el futuro, el excelente trabajo de fotografía de Adam Arkapaw… ¿Será en Sitges?

February, se busca exorcista

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Desde el futuro hasta el pasado, y de ahí al presente, February compone un rompecabezas en el que tres mujeres conectan sus historias a través del tiempo para llegar al fondo de un suceso: la posesión demoníaca de una niña. El director Osgood Perkins compone una narrativa entrelazada que busca descubrir un misterio escondido en el fondo de todo ese entramado de escenas y que se revelará al espectador entre un aura de violencia extrema.

February recoge la estela del cine de posesiones infernales, que es extensa, para contar con sutileza el proceso y consecuencia de ser esclavo del diablo, a través de varias perspectivas y un selecto grupo de sucesos terroríficos. Dividida en tres actos, tres mujeres, el film transmite la historia de una forma sorprendentemente clara y transparente, a pesar de la multiplicidad de puntos de vista y relatos paralelos. Además, cuenta con la presencia de dos actrices de futuro prometedor como son Emma Roberts (Aquamarine, Somos los Miller) y Kiernan Shipka (la pequeña Sally Draper en Mad men).

Si bien es cierto que no aporta nada nuevo al género de las posesiones infernales, February consigue ser un film inquietante, aterrador e interesante, que mantiene el ritmo pese a contar unos acontecimientos concretos y reducidos. Con todo, lo más curioso (sobre todo para los más cinéfilos) es pensar que el director, hijo de Anthony Perkins (el psicópata Norman Bates en Psicosis de Alfred Hitchcock), ha compuesto una película de suspense en la que aparece una escena con una chica de pelo rubio y corto duchándose, con plano cenital al desagüe incluido.

Cop car, colega, ¿dónde está mi coche?

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De nuevo una cara conocida: Kevin Bacon, que en Cop car interpreta a un policía con dudosos valores morales y aficionado a la cocaína. Pero no es él el protagonista de esta historia, sino dos niños de diez años que por casualidad encuentran un coche de policía vacío del que deciden apoderarse. Al salir a carretera abierta, se meterán en mitad de un conflicto que no tiene nada que ver con ellos pero del que serán partícipes. Contraponiendo la inocencia de los dos amigos con la descarnada violencia de algunas escenas, Jon Watts consigue construir un film entretenido y curioso, que juega a combinar constantemente lo dramático con lo cómico.

Cop car es heredera directa de esa obsesión de Steven Spielberg, entre otros, por las historias protagonizadas por niños, del tipo de El imperio del sol (1987) o Los goonies (1985), en las que viven aventuras donde los adultos tienen un malévolo papel secundario. Ahora bien, el film de Watts es una versión mucho más cruda y siniestra de esos hits de los 80. Es un relato que se mueve entre la inocencia y la amoralidad, y que se ensalza a sí mismo gracias a un guion lleno de guiños simpáticos a la condición de infantes de la pareja protagonista. 

The survivalist, sopa de cebolla

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Probablemente una de las películas más silenciosas del festival, The survivalist nos sitúa en un mundo postapocalíptico en el que la burbuja del consumismo ha explotado y los recursos se agotan rápido, sobre todo la comida, que se ha vuelto un bien escaso y muy valioso. Aunque en ningún momento vemos los estragos de esta situación, cosa que estimula más nuestra imaginación para visualizar un mundo reducido a miseria, el director irlandés Stephen Fingleton ha sabido retratar, sin hacerlo realmente, un futurista estado de hambruna donde parece que todo vale. En una de las escenas del film, cuando las intrusas y el residente debaten sobre la idea de compartir la comida, una de ellas dice: “Aquí hay comida de sobra”. “Eso pensaban todos”, responde él. Esta es la única referencia explícita a lo que ocurre fuera de la espesor del bosque en el que se enmarca la historia de la película.

En este contexto, el protagonista, silencioso alter ego del presentador de El último superviviente, ha vivido solo durante 7 años en su pequeña parcela, con su casita de madera y su huerto de cebollas. Cuando una madre y su hija llamen a su puerta para compartir recursos, su estructurada vida dará un inesperado giro que por momentos parece conducirle a su perdición. The survivalist es, en definitiva, como esas cebollas que crecen en el huerto del protagonista. Con muchas capas que no se ven a primera vista y tan amarga que puede hacerte llorar.

 

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