Regreso a los orígenes, destino a ninguna parte


Con La visita (2015), M. Night Shyamalan ha recuperado el reconocimiento que audiencia y crítica le habían retirado. Su incursión más profunda en el terror ha cosechado elogios a nivel creativo y buena respuesta de taquilla, probablemente porque se trata de la obra más cercana a lo que sus distribuidoras siempre han tratado de vender. Y es que buena parte del fracaso que ha sufrido el cine del director indio se debe a la falsa idea que de éste se da, con unas avasalladoras campañas de promoción que alejan al público objetivo y decepcionan al engañado. Por tanto, este nuevo proyecto podría verse como un pacto con el diablo para salvar su alma de director, ésa que andaba en las horas más bajas, al borde del precipicio de un Hollywood que ya lo daba por muerto. Un posible paso por el aro del comercialismo que asegura la pervivencia, pero que no impide que se imponga la esencia de un creador al que se había dado por muerto antes de tiempo. En su faceta de guionista, el realizador recupera las cartas que lo lanzaron al estrellato a base de giros finales de guion que desmontan la mandíbula. La construcción de sus relatos aleja el foco de un detalle de base que es ocultado y condiciona todo lo posteriormente contado. Un dato que nunca se intuye a pesar de su simpleza lógica; una cuestión de percepción que, como tal, pervierte todo lo que se ha venido narrando y cuya lógica aplastante impacta con especial fuerza sobre la audiencia.

Un proyecto similar en la temática pero opuesto en la forma es Regresión (2015), título que describe la actitud de Alejandro Amenábar frente a la esencia de sus inicios, aunque en este caso se muestra más interesado por las atmósferas que por los sobresaltos. La historia consiste en una trama policiaca de bordes satánicos, carne del suspense que caracteriza al director de El sexto sentido (1999) o Señales (2002). El principal interés reside en desgranar las claves de la investigación hasta dar con el esperado giro inesperado final que lo cambie todo, aunque sin aspirar al ingenio de Shyamalan. Pero lo que sorprende en la sexta película del director hispano-chileno no es el secreto, sino que éste se desvele antes de lo previsto, sacrificando su efecto en pos de una construcción más profunda del personaje principal, el detective Bruce Kenner –interpretado con solvencia por Ethan Hawke–.

Una decisión que podría entenderse como un acto de valentía, que castiga a su audiencia sin ese postre que siempre ha comprado de buen grado. Un acto que se convierte en temerario si el material no se sustenta. Y es que, a falta de innovación, el resultado tampoco sorprende: un atormentado detective de manual de páginas acartonadas, que, perseguido por un círculo de sugestión diabólica, encuentra a su mayor enemigo en la reiteración narrativa. Y a pesar de todo incluso hay material que se podría rescatar. La crítica a la religión huele a rancio, pero despiertan interés las posibilidades de su enfoque, que, a modo de espejo, aplica sobre ateos ciertas conductas inherentes de la comunidad creyente. Pero, tras haber levantado la valla, no se atreve a pisar el césped. Una parcela que intenta decorar con uno de los subtextos más perturbadores de Perdida (2014) -que será mejor no concretar-, pero donde Fincher mostraba una lúcida disección, Amenábar se contenta con pasar lista. Unas carencias de fondo que maquilla con una buena mano innegable, pero de artesano. Su pulso pergeña una obra decente -quizás el apelativo más doloroso-, dominada por una puesta en escena inofensiva y a ratos anodina, que transita los lugares comunes del género e involuntariamente destripa las situaciones que están por darse. Un film más cercano a la superproducción efectiva que al ejercicio de autor, que nuevamente pone en duda el renombre de quien es considerado uno de los genios creadores del cine español.


Emma Watson y Ethan Hawke en 'Regresión'.


Cartel de 'Regresión'.

REGRESIÓN

Dirección: Alejandro Amenábar

Intérpretes: Ethan Hawke, Emma Watson, David Thewlis, Devon Bostick, Aaron Ashmore

Género: Suspense. España-Canadá, 2015

Duración: 106 minutos

 

 


 

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