Una pesadilla a reivindicar


Pese a recibir acusaciones, casi siempre irrebatibles, de agotamiento y consiguiente falta de eficacia repetición tras repetición, lo cierto es que la fórmula de “las grabaciones encontradas” sigue operante en el cine de terror: buena prueba la encontramos en los principales festivales especializados, donde no se hace extraño que sus secciones alberguen en cada edición hasta dos o tres trabajos bajo los parámetros de imágenes tomadas in situ por los protagonistas-víctimas de las historias. Tiene detractores, pero también cuenta con seguidores a quienes continúa apasionando ese recurso, quizás una especie de placer culpable del cual extraen una pírrica satisfacción (solo dos o tres emociones durante hora y pico de expectativas), o bien les sirve para alimentar los anhelos de sorpresa que a veces terminan por llegar.

Porque hay que recordar que, no obstante tanta variante poco variante, aparecen todavía formulaciones con carácter, que ofrecen singularidades por cauces diferentes y buscan el nivel de las dos cotas más altas de este enunciado fílmico, la fundacional Cannibal Holocaust (1980) y El proyecto de la bruja de Blair (1999). Así lo consiguieron, por ejemplo, obras bien distintas como la japonesa Noroi (2005) y las dos primeras entregas de la saga española REC (2007, 2009). A la lista hay que unir sin duda La cueva (2014), otra producción hecha en nuestro país. El largometraje de Alfredo Montero es un terrorífico relato de supervivencia hecho para satisfacer de aquellos aficionados hartos de tanta paja y tan poco grano, e igualmente atraer a un público ajeno a la temática.

Producida en dos tandas – hubo una primera La cueva que se presentó en Sitges dos años antes, se rehízo posteriormente y de la cual se mantiene la mitad del metraje en la versión que se considera definitiva – la película cuenta la acampada de cinco amigos por los parajes menos frecuentados de Formentera y la exploración que hacen en una gruta que mejor hubiera sido mejor no haber descubierto. El plato está servido con dos chicas y tres chicos muy inconscientes, la claustrofobia, el pasaje al escalofrío y el temblor que llega a provocar la condición humana. O mejor dicho, la masculina.

Frente a las variaciones de la fórmula y las complejidades, tanto formales como de argumento, vistas durante los últimos años, el film opta por la sencillez, casi por una vuelta a la esencia que se convierte en su mayor atractivo. La historia es mínima y sólo una cámara graba, con lo que el punto de vista se reduce a uno, algo que otorga mérito a la propuesta frente a la multiplicidad de aparatos registradores que facilitan la sintaxis fílmica en otras películas según la fórmula.

Es sobre la mencionada esencialidad donde se construye, con eficacia y sin un plano o secuencia de más, la pesadilla y sus significados, esa supervivencia que termina siendo lucha de género. A la buena secuenciación, gracias en gran parte a un guion sin escenas de relleno,  se suma además la aportación de los cinco actores a la hora de componer el verismo, muy bien todos, sobre todo ellas, Marta Castellote y Eva García Vacas. Y fundamental resultará el aprovechamiento impecable por parte de Montero de las posibilidades cinematográficamente puras que ofrece la convención empleada. Unas “grabaciones encontradas” absolutamente a reivindicar.


Foto3


123476LA CUEVA

Dirección: Alfredo Montero.

Intérpretes: Marta Castellote, Xoel Fernández, Marcos Ortiz, Eva García-Vacas, Jorge Páez.

Género: terror. España, 2014.

Duración: 80 minutos.

 

 


 (Fotografías: Morena Films)


 rep.

 

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