Ensayo sobre la ceguera


En Perfect Sense (2011), el irregular David Mackenzie pergeñaba una fábula apocalíptica en torno a una pandemia que iba privando a la población paulatinamente, y de manera sincronizada, de sus cinco sentidos uno a uno. La elemental idea básica de la película era señalar al tacto como el más importante de los sentidos, articulándola en la forma de un melifluo y (atención, chiste) sensacionalista romance épico. Lejos del pesimismo misántropo de José Saramago, la película estaba, pues, más próxima al discurso feelgood barato de la reinante filosofía de Paulo Coelho, haciendo suyos todos los tópicos e inercias del cine de enfermedades para incorporarlo a su espectacular contexto de gran aventura de catástrofes: su problema no era la conclusión, sino los modos, con esa condescendencia en la perspectiva intrínseca por norma general a las películas de discapacitados, determinados a ser felices para reconfortar a toda la familia, asumida y sublimada aquí hasta el nivel 11.

La premisa de Blind, que, sí, cuenta también algo muy parecido sobre el tacto, es una falsa pista que nos orienta también en esta dirección: una enfermedad degenerativa priva de visión a una mujer de mediana edad que tendrá ahora por delante la tarea de recomponerse, adaptarse a su nueva vida y volver a salir a la calle con la valentía de antaño. Sin embargo, la primera película del noruego Eskil Vogt se aplica a fondo para escapar de todas las clasificaciones: podría definirse como un cóctel con ciertas reminiscencias a la mítica Sola en la oscuridad (1967, Terence Young), algunos ingredientes del De Palma más tronado y el mismo pretexto de la kaufmaniana Más extraño que la ficción (2006, Marc Forster), esto es, un thriller nada convencional ambientado en los recovecos de una sensibilidad razonablemente traumatizada, que supone una atrevida y ocurrente entrada en el canon del subgénero al crear suspense no sobre el temor de la protagonista hacia lo que no está viendo, sino a lo que, en consecuencia, se imagina.

La idea, hay que reconocerlo, acaba siendo mejor en la teoría que en la práctica: Vogt demuestra personalidad, pero se arma de demasiados recursos para contar su historia y el conjunto resulta recargado, apabullante y más confuso de lo que ya indudablemente se pretendía. Con todo, su manera de enfrentar clichés y superarlos es muy sorprendente; no solo al inmiscuirse de lleno, al fin y al cabo, en la enfermedad desde el cine de género, también volteando motivos dramáticos, a priori, de lo más burdos: el uso de la pornografía como tradicional (reaccionaria) imagen de soledad acaba desembocando aquí en todo lo contrario, una celebración de la vida (la masturbación como autoafirmación). Eskil Vogt tiene todavía mucho camino que andar y un estilo por definir, ese cuyas carencias trata de enmascarar con un agotador montaje, pero, de momento, su debut Blind es una estimulante entrada en el panorama del cine de autor nórdico, tan preocupado por ir al fondo del problema más complicado que no le importa que eso suponga meterse en otros cien.


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Dirección y guion: Eskil Vogt.

Intérpretes: Ellen Dorrit Petersen, Henrik Rafaelsen, Vera Vitali, Marius Kolbenstvedt, Stella Kvam Young, Isak Nikolai Møller.

Género: drama, thriller. 2014, Noruega.

Duración: 96 minutos.


 

 

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