No por ser güero tienes que ser revolucionario


En México les dicen güeros a todos los que son un poco blancos o un poco rubios, pero no sólo. Decir que la güerez en México es indicativa de poder se aproxima y se aleja de la realidad en iguales proporciones. Sí, es común que los güeritos habiten las colonias ricas, pero también hay una extensa clase media de gente güera, y ya hace tiempo que no sólo los güeros tienen dinero o prestigio, como en los tiempos de la colonia. Existen los güeros de rancho, que subsisten en granjas aisladas, y parecen antes suecos que españoles. Y, también, los güeros de cariño: es común escuchar al norteño llamar a su novia güerita en las canciones de banda.

Güeros es la primera película de Alonso Ruizpalacios, y está filmada en blanco y negro: así se borran o  resaltan las diferencias de color. México es un país donde el mestizaje se vuelve paradigma en casos como el de los hermanos protagonistas, Sombra (Tenoch Huerta) y Tomás (Sebastián Aguirre). En el seno de esta realidad mestiza, la conciencia racial mexicana no ha desaparecido. Aquí, se condensa en la sorpresa de todos los que, al conocer a Tomás, exclaman: ¿Pero, tú no eres prieto como tu hermano? Estructuras anacrónicas coloniales que persisten después de la Revolución, después del 68.

Sin embargo, sería difícil etiquetar Güeros como una película reivindicativa, al estilo de la última de Diego Luna sobre el activista chicano César Chávez, o como lo fue Verano del 68, que dramatiza la matanza en Tlatelolco.  Al menos,  Ruizpalacios no trata frontalmente el tema de la lucha social y, si lo hace, es en forma poética. La Huelga de la Universidad Nacional Autónoma de México es la protagonista, el cronotopo: abre, desata, cierra la acción. Los tres personajes principales, Tomás, Sombra y Santos, no participan de la huelga, entrando así en una suerte de limbo: como cuando es verano y el tiempo se detiene y quedas con tus amigos del barrio para vagar por ahí.

Esta película concede un lugar a los estudiantes no activistas, los ‘ninis’: tal vez simpatizantes, para nada contrarios al movimiento, pero tampoco a favor, esquiroles a los ojos de los demás.  Santos y Sombra están preocupados por otras cosas. El amor, su tesis, la música, la vida. A ellos se une Tomás, el hermano pequeño de Sombra. Llega de Veracruz. Es Tomás quien trae consigo el casete, fetiche para los fans de Epigmenio Cruz, roquero de los 70, agonizante según una nota del periódico. En el estado de tiempo detenido en que se encuentran salir a buscarlo es lo que más sentido tiene. Así comienza el roadtrip por el Distrito Federal. Un viaje que, como la esfera de Pascal borgiana, tiene su centro en todas partes y la circunferencia en ninguna.

Este roadtrip es un canto a Ciudad de México. Llegó un momento en los 2000 que ya no se le canta a Roma o  Nueva York, pero sí al  DF. El Sur, por ejemplo. Desde la casa de Sombra y Santos se ve la UNAM. Hasta ahí llegan en su búsqueda errante. Ruizpalacios retrata la ocupación estudiantil, con cierta distancia, y más muestras de una mirada escéptica que romántica. Aun sin alcanzar la caricatura, la visión del movimiento es la de alguien que tiene veinte y no cree en nada. La película hace referencia a la huelga de 1999, pero la atmósfera es atemporal.  Hay una firme voluntad estética en Güeros, un sello de autor, que me hizo pensar en una película del 2013, Frances Ha, dirigida por Noa Baumbach, película-homenaje a la Nouvelle Vague francesa. Llaman la atención los efectos sonoros, ruidos amplificados, los planos cortos que detallan y ralentizan los objetos. También, los fondos desenfocados. Los silencios. En un gesto de saludo al pasado y al cine clásico. Está omnipresente el flaco de oro,  Agustín Lara, la voz elegida para llevar la banda sonora.  En cambio, la música de Epigmenio Cruz nunca la escucha el espectador. El efecto de esta ausencia es devastador. Cuando un personaje se pone los audífonos, se hace el silencio. Epigmenio es una leyenda del rock que escucharon unos pocos, entre los que se encontraba el padre difunto de los hermanos. Epigmenio es un poeta maldito, un Cesárea Tinajero. Es lo que expresa el único personaje femenino de la película tras uno de los silencios: “nunca he escuchado nada igual”.

Los “detectives” van a parar a Texcoco, cerca de Tlatelolco, la zona donde tuvo lugar la matanza de mayo del 68, lugar emblemático del movimiento estudiantil. Hay una construcción climática que tiende a la anagnórisis. Sombra presiente lo que su padre cuando escuchaba a Epigmenio: el sentimiento de entender lo que hay detrás de las cosas. Eso es “lo único que no te pueden quitar”. Tomás fotografía momentos significativos: son los recuerdos secuencia de un viaje que, como todos los viajes, termina y no termina.

Epigmenio Cruz es toda una leyenda, hizo llorar a Bob Dylan y no tocó el día que se hubiera hecho famoso. Hubiera salvado al rock nacional. Esta visita a la ciudad es el viaje iniciático de Tomás hacia el final de la infancia, está dejando atrás el momento de la vida en el que todavía uno entiende lo que hay detrás de las cosas.


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GÜEROS

Dirección: Alonso Ruizpalacios.

Intérpretes: Tenoch Huerta, Sebastián Aguirre, Ilse Salas, Leonardo Ortizgris.

Género: comedia, drama, road movie. México, 2014.

Duración: 108 minutos.

 


 

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