El sufrimiento de las jóvenes etíopes


Como en cualquier otro lugar donde las transformaciones hagan entrar en colisión la sociedad antigua contra la moderna, Etiopía presenta un contraste muy radical entre las realidades rurales y el mundo urbano. El patriarcado continúa distinguiéndose en el campo por un grado de agresividad tal, que tiene su mayor manifestación con la llamada telefa, o la práctica ancestral de los jóvenes casaderos de raptar chicas, muchas veces hijas de los vecinos, para obligarlas a contraer matrimonio, y casi siempre tras una violación previa. Las estadísticas señalan que la barbaridad afecta al 40 por ciento de las adolescentes.

Hace veinte años uno de esos casos tuvo repercusión a escala nacional, pues una víctima de la telefa llamada Aberash Bekele asesinó a su captor y violador. La chavala se expuso por ello a la pena de muerte, una condena que reflejaba las deficiencias de las leyes etíopes a la hora de conjugar los impulsos de modernización que vivían las ciudades con las mentalidades asentadas fuera de ellas.

La historia de Bekele, junto la de su abogada Meaza Ashenafi, ejemplifica los conflictos entre generaciones cuando lo nuevo abre abismos que dejan al descubierto lo feroz que puede llegar a ser el pasado. Sin duda, tratar conflictos de estas características, que explican la idiosincrasia de un país en estado de cambio, sirven para insuflar vida y dotar de sentido a cualquier cinematografía. Se nota dicha voluntad en Zeresenay Berhane Mehari, el director de Difret, un relato del caso para la gran pantalla que pretende, tanto en lo que respecta a la temática como a la elaboración, constituirse una nueva referencia para el cine nacional.

A falta de tener en Europa un conocimiento en profundidad, o una visión panorámica, de la industria de la nación africana, por informaciones y nombres puntuales que nos llegan sabemos que la producción no es escasa, que generalmente las películas no hablan de los problemas de la Etiopía real y que algo similar a una nueva ola podría estar gestándose (véase un encuentro con jóvenes cineastas durante el último festival de Cannes). Al igual que el veterano Haile Gerima (Teza), el realizador más importante a nivel internacional, Zeresenay Berhane Mehari se ha formado en los Estados Unidos como profesional. Y decide en su primer largo abordar el suceso adoptando un modelo occidental, el cine judicial, o al menos intentar reformularlo según unas sensibilidades africanas.

Adopta pero no adapta. El principal problema de Difret lo entraña la absorción sin peculiaridades de los modos rutinarios del citado modelo. La narrativa se instala en los tics y punto, limitándose a cambiar el idioma, los rostros y el escenario dentro de una historia a intercambiar con cualquier otra de juicios: injusticia con la que se topa un defensor voluntarioso, la relación paso a paso que entabla con el defendido, lucha por la verdad. Es por ello que la cinta únicamente cobra interés cuando se aleja del esquema dos o tres veces, e introduce escenas que ponen ante al espectador escenas que no ha visto antes. Ahí, por ejemplo, el juicio paralelo según las leyes de antes, hechas por los aldeanos al pie de un árbol, o la llegada de Hirut (nombre de la protagonista en la ficción) a un centro de acogida con chavalas de su edad. La denuncia pública del sufrimiento de las mujeres etíopes queda al menos.


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DIFRET-cartel-A4 (888x1280) (347x500)DIFRET

Dirección: Zeresenay Berhane Mehari

Intérpretes: Meron Getnet, Tizita Hagere, Haregewine Assefa

Género: drama. Etiopía, Estados Unidos. 2014

Duración: 99 minutos

 

 

 

 


 

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