“Y, ¿por qué Carver?” Es  la pregunta que le hace Edward Norton al personaje de Keaton, Riggan Thomson,  en el bar cercano al teatro donde se estrenará su opera prima como director: la adaptación de un cuento de Carver. Lo mismo me pregunto yo y, aún sin respuesta, me parece un buen motivo para hablar de Raymond Carver,  de la literatura y, por qué no, del arte en general.

Del mismo modo que Birdman es un homenaje a Alfred Hitchcock y su cinta La soga, algunos dirían que es un homenaje a Raymond Carver. Riggan Thomson prepara su canto de cisne: la puesta en escena de De qué hablamos cuando hablamos de amor, relato del autor norteamericano.  El crítico de la revista ForbesJonathan Leaf, no lo considera un homenaje; equipara la osadía de Iñarritu a la del que hoy se atreviera a reescribir a Shakespeare. Revela la preferencia del cineasta mexicano por la versión de Lish, editor de Carver, que manipuló  la versión original: más larga, menos sensacionalista y preferida por el escritor en vida. El debate de la fidelidad o no al autor no me parece tan interesante, ni tan necesario, ante el fenómeno cinematográfico. Opinión que expreso desde un profundo amor y respeto por la obra de Carver. Ya en otras ocasiones, han existido adaptaciones muy traicioneras que han resultado excelentes películas: véase La Naranja Mecánica o la Lolita de Kubrick. Si Iñarritu y los otros tres guionistas merecen el ganado Óscar a mejor guión original, y han podido permitirse el lujo de desvirtuar, hacer corta y pega con el relato, es porque lo que importa para la historia es, por un lado, el tema universal del Amor, tratado en el cuento del estadounidense. Y, por otro lado, tras  la voluntad de teatralizar este relato e insertar el teatro dentro del cine: el tema de la búsqueda de la Verdad en el Arte.

El Amor, en mayúsculas, ha sido y es un campo de cultivo literario siempre fértil. Cuando Carver intenta parecerse a su admirado Chejov, es en lo más esencial del autor ruso: el retrato de las gentes de todos los días con sus pasiones humanas y cotidianas. Algo que también hizo Shakespeare. Carver es un artista cuando habla de temas humanos universales mientras sus personajes están sentados en una mesa dejando conversar a la borrachera; Riggan Thomson desea ser un artista; y  Alejandro Iñarritu avista la tierra prometida del Arte con este guión y esta película.

No queda claro, entonces, en el cuento, ni en la película, qué es eso del Amor. A mí, en la vida, tampoco termina de quedarme claro. Las opciones que se barajan son: Amor espiritual, Amor locura, Amor efímero, o Amor como tropo literario cuando Mel – el personaje del cuento que interpreta Edward Norton en la obra de teatro -, expresa el deseo de ser un caballero andante; y cuando el mismo Edward Norton, en la piel de Mike, rechaza a Emma Stone – tan solo en primera instancia -, por miedo a que las cosas tomen una dimensión de realidad.

El epitafio en la tumba de Raymond Carver es un fragmento de uno de sus poemas, perteneciente al libro A New Path to the Waterfall, que dice así:

And did you get what
you wanted from this life, even so?
I did.
And what did you want?
To call myself beloved, to feel myself
beloved on the earth.

En Birdman es la cita de apertura para la película. En el caso de Riggan Thomson el deseo de sentirse amado se identifica con el deseo de reconocimiento artístico. Lo que lleva al tema de la Verdad y a la relación entre la Verdad y el Arte. El disparo real esfuma las fronteras entre teatro y vida. La ginebra y la erección de Norton, también. El recurso de la metaficción aparece cuando la obra de arte habla acerca de ella misma o habla de la naturaleza de la ficción en general. Cuando un autor utiliza el recurso de la metaficción está jugando en torno a la frontera que separa la realidad de la creación artística. Esto es así cuando Sherezade, en Las mil y una noches, le cuenta al Sultán una historia en la que ellos son los protagonistas; cuando Eneas encuentra su propia historia grabada en una inscripción del templo de la isla de Dido; y cuando Borges en El jardín de los senderos que se bifurcan plantea dos vidas, la ficcional y la real, como la misma. Alejandro Iñarritu se encarga de que Michael Keaton, quien representó a Batman en “la vida real”, encarne a un personaje que también fue un súper héroe, y que finalmente no sabemos si lo es o no (véase el final de la película). Como un Don Quijote de Broadway, Riggan Thomson lucha por el Arte o lucha por el reconocimiento. Iñarritu debate acerca del arte y la vida, y el amor, que son las cosas que siempre  importan. Se me revela, ahora, la diferencia esencial entre Alonso Quijano y Riggan Thomson: el último se cree la literatura hasta el final.


Emmanuel Lubezki, Alejandro González Iñárritu y Michael Keaton en el rodaje de BIRDMAN.
Emmanuel Lubezki, Alejandro González Iñárritu y Michael Keaton en el rodaje de BIRDMAN.

(Fotografías:  © 20th Century Fox)

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