Una ensoñación etrusca


Contar el mundo de los adultos a través de los menores. He aquí un recurso magnífico, siempre y cuando se sepa obtener naturalidad a la hora de aproximarse a los pequeños. Contarlo, además, desde el punto de partida del núcleo familiar si el autor tiene interés en las descripciones sociales. Hay mundos –siempre hay otros mundos además del nuestro – y hay sociedades que fueron, ahora quieren ser, podrían haber sido, mañana no se sabe. Y hay familias cuya existencia está estrechamente ligada, de ahí las opciones de su supervivencia, a ese universo particular donde se imbrican.

Es así que en Le meraviglie asistimos al relato de la vida en familia de la adolescente Gelsomina, mientras se nos traza el paisaje agrario escondido entre las regiones de la Toscana, Umbria y el Lazio, ámbito geográfico de la antigua Etruria. Un paisaje para una existencia que se une a los valores de la tierra. Una familia diferente, fuera de los esquemas y que tampoco es autóctona, con un sentido de la existencia basado en la búsqueda de la pureza arcaica y de lucha, aunque el aire a derrota lo inunde todo, contra la mentalidad industrial y el consumismo. El grupo humano al que pertenece Gelsomina asume otros ritmos y otras reglas: los de la naturaleza, los de cierta espiritualidad que podríamos denominar pagana.

La chavala crece y su persona se debate entre los deseos de seguir formando parte de esa utopía en la cual ha crecido y el impulso por vivir, tal vez, como viven sus amigas, por superar una situación que llevará a los suyos a la ruina económica o, lo que es peor, al fracaso vital. Porque el padre se dedica al campo, a la apicultura principalmente, pero atención, no con las pretensiones de un pequeño empresario, sino desde el férreo posicionamiento de los impulsos libertarios. A Gelsomina,  heredera por obligación de un sueño y mano de obra sin la cual todo se vendría abajo, se le presentará la posibilidad de salvación en forma de un concurso televisivo que recorre zonas rurales y premia los mejores productos de cada comarca.

PAIS DE LAS MARAVILLAS - Foto 12

Tras vencer el Gran Premio del Jurado en Cannes, este segundo largometraje sitúa a Alice Rohrwacher (su debut fue con Corpo celeste, 2011) en primera línea de atención dentro del panorama actual, devolviéndonos un cine italiano fuera de etiquetas, capaz de recuperar la ilusión por otras miradas posibles y satisfacerla como lo hizo una vez.  Gran noticia sin duda.

A partir de algunos apuntes autobiográficos, Rohrwacher se pregunta por la existencia o no de un País de las Maravillas y va a buscarlo a su región de nacimiento. Es un lugar donde los cambios suponen un trauma y la identidad colectiva bascula esquizofrénica a merced de los otros. ¿Una sociedad fuera del tiempo, sin posibilidades ya de parar su destrucción? ¿Reducida a ser fiesta turística, parque de atracciones con reclamos como un buen bocado o un mundo etrusco de mentirijillas? En todo caso, un fondo sobre el cual hacer coincidir otro conflicto, el generacional de una hija y unos progenitores que a toda costa quieren proteger a sus pequeñas del exterior.

Complejísima, llena de riesgos, totalmente consciente de sus recursos estéticos e imperfecta, por un lado habría, si acaso, que achacarle a Le meraviglie la sensación de que Alice Rohrwacher no consigue dar espacio y aire suficientes en el metraje a una parte de la gran cantidad de sustancia que tiene entre manos. Pero por otro, debe alabarse (y disfrutarse) una película que se propone (y consigue) poner en práctica una clase de principios cinematográficos lejanos a aquellos de un paradigma para películas aceptadas y aceptables según determinan los estándares.

Muchos son los aciertos poderosos, como esa niña flor – Gelsomina viene de gelsomino, la flor del jazmín en italiano – por la que se pasean las abejas o ese camello que simboliza la brecha entre padre e hija respecto a la visión de la realidad. Tantas las sensaciones, tantos los efectos. Y es así, mediante la búsqueda y la obtención de la singularidad, que Le meraviglie emprende un viaje hacia un mundo ancestral y retorna por caminos desconocidos, un poco a la manera de aquello que Raúl Ruiz entendía por cine chamánico en su Poética del cine. Con el buen tino de no cruzar la línea del surrealismo y rozar apenas la del realismo mágico, la película sabe a ritual y nos abre las puertas a una ensoñación etrusca de la mano de una adolescente que recorre las derrotas colectivas de los mayores… y el fortalecimiento que tal vez pueda generarse a partir de ellas.


images-materiales-Poster EL PAIS DE LAS MARAVILLAS

LE MERAVIGLIE

Dirección y guion: Alice Rohrwacher

Intérpretes: Maria Alexandra Lungu, Sam Louwyck,Alba Rohrwacher, Sabine Timoteo, Agnese Graziani y Moniva Belluci

Género: drama. Italia, Suiza, Alemania, 2013

Duración: 111 minutos


(Reseña publicada anteriormente en INSERTOS con ocasión del 7º FESTIVAL DE CINE ITALIANO)

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