Por una circunstancia azarosa me dediqué una temporada, hace ya bastantes años, a la crítica literaria en una afamada revista del mundillo. Mi paso por aquel género más bien secundario que es la crítica de libros tuvo un carácter más episódico que vocacional, y no duró mucho. Ahora que el responsable de este sitio dedicado al cine me ha invitado generosamente a escribir en él he vuelto a pensar sobre la labor del crítico y el sentido de la crítica, algo válido tanto para la literatura como para la crítica cinematográfica, si bien con algunas diferencias menores y que no afectan a lo fundamental.

En el caso de los libros -mi labor se centraba en la narrativa, en una publicación principalmente dedicada a la poesía- la actividad del reseñista o del teórico de la literatura (uno y otro separados por algunas diferencias pero idénticos en lo esencial) ha devenido en algo poco menos que inútil: escriben acerca de lo que otros han escrito, censurando esto o elogiando aquello, con la intención de llegar a un público al que mediatizar o condicionar a la hora de enfrentarse al libro del que se habla (comprarlo o no comprarlo; leerlo con curiosidad e interés o con prevención, o incluso rechazo); y eso sin entrar en otras intenciones que puedan mover al crítico, como la adulación o el castigo al autor, en la casi segura circunstancia de que este último lea el artículo. Tratándose de literatura el gran público apenas lee crítica: los lectores viven de espaldas a ella por razones muy diversas que tampoco tiene sentido explicar aquí. Como resultado de todo esto la crítica literaria fracasa estrepitosamente en aquello que más ansía y en que basa su razón de ser: la posibilidad de incidir real y efectivamente en la vida cultural y de alterar con su influencia el curso de las cosas. Pero todas estas particularidades son accesorias o superficiales a la propia labor crítica, sin embargo, y en eso la literaria difiere bastante de la crítica cinematográfica.

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Las reseñas sobre películas recién estrenadas sí intervienen de forma activa en la vida social, por así decirlo, y participan en ella: tampoco es que los espectadores se guíen mayoritariamente por el juicio de los expertos a la hora de decidir si ir a ver una película o no, pero sí le prestan una cierta credibilidad (incluso bastante, según el caso) que convierte a tales críticos en figuras con variable cota de poder: unas críticas negativas o decididamente elogiosas pueden influir en la predisposición de los futuros espectadores hacia películas recién estrenadas y afectar así su éxito de taquilla.

La crítica cinematográfica cuenta con unas plazas privilegiadas desde las que accede al gran público: programas de televisión, de radio, importantes espacios en casi todos los periódicos y desde luego internet, son consultados con algo cercano a la atención por parte de quien no sabe aún si ir a ver esta película o esta otra, o si merece la pena gastarse un dinero nada despreciable en algo que va a durar sólo una hora y media a riesgo de que ese tiempo sea perdido, y los ocho o nueve euros de la entrada poco menos que tirados a la basura. Pero todo esto tampoco es esencial a la labor crítica sino circunstancias digamos “periféricas” y que en el caso de la crítica de cine soplan muy a su favor. Lo fundamental en la actividad de los críticos reside en otra parte, y es lo que hace que dentro de la crítica cinematográfica los haya muy interesantes -y a veces muy seguidos- y otros que no lo sean tanto.

Todo juicio valorativo que se precie sobre un objeto -una novela, una película, el atractivo de una persona- debería prescindir de la cursilería de apelar a la “objetividad” o la “imparcialidad”; todo dictamen sobre un libro o un largometraje que base sus argumentos en unas supuestas “razones científicas” vale muy poco: es imposible prescindir de las propias ideología, cultura y limitaciones, de los propios gustos y prejuicios a la hora de valorar lo que sea; y la pretensión de adoptar una postura que se sitúe por encima de todo ello, que no se vea afectada, y con ello emitir el “juicio definitivo” puramente técnico sobre algo es bastante ridícula. La única crítica válida es la puramente subjetiva; toda crítica es en el fondo un imperativo de la personalidad de quien la emite, y una más de sus incontables manifestaciones. Por ello, un crítico cuyos juicios hundan sus raíces en el imperio de su personalidad -su gusto, su estilo- será el único que merezca la pena escuchar, aunque se exprese en términos tan poco elegantes como “es que a tal actriz yo no me la creo” o “ese director a mí no me llena nada” o “no soporto tal película porque ahí actúa fulano que es un tío que me cae fatal“. Las razones que esgrima el crítico dependerán de su propia personalidad, y el que ésta sea interesante o digna de ser tenida en cuenta será el único fundamento de su autoridad. Los espectadores en general no prestan atención a una película porque de ella la crítica haya dicho tal o cual cosa, sino porque X ha dicho esto o lo otro, y a mí lo que me interesa es saber qué piensa X sobre ello.

De este modo los críticos juegan en el fondo unas bazas muy parecidas a las de los creadores: la captación del interés ajeno por medio de la estima depositada en ellos será lo único que los salvará de lo peor en que puede incurrir quien lanza un discurso (artículo, novela, película) al mundo: la banalidad del propio discurso. No en vano se dice en varios pasajes del I Ching: “Cultiva tu personalidad; no intentes influir en el comportamiento de los hombres y éstos te seguirán naturalmente“.

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