Amanecer escarlata

Santiago Alonso 


Cuando en 1986 se estrenó Terciopelo azul, José Luis Guarner, todo un maestro de la crítica cinematográfica en español, se permitió dudar del valor genuino que estaba alcanzando una figura como la de David Lynch, demostrando así una actitud digna de encomio —¿acaso los críticos no pueden dudar?— y, por cierto, no muy frecuente en la profesión de quienes escriben sobre cine. Guarner se preguntaba si Lynch llegaría a ser un oscuro poeta de lo inquietante o si, por el contrario, se quedaría en un «Buñuel de supermercado» y simple feriante de monstruitos. Décadas después, una vez que el estadounidense ha alcanzado para muchos un estatus equiparable al que se le otorgaba al español, se ruedan muchas películas, quizás demasiadas, donde se plasma lo extraño siguiendo unos reconocibles aires lynchianos. Y cada vez que vemos una nos preguntamos si estamos de nuevo ante un «Lynch de baratillo» o si de verdad asistimos al nacimiento de un artista con predilección por los viajes abisales de la mente que no es un simple imitador y, sobre todo, tiene algo propio que contar.

La cuestión vuelve a surgir casi irremediablemente viendo unas cuantas escenas de Make Up, la puesta de largo de la cortometrajista inglesa Claire Oakley. Esta es la historia de una chica de dieciocho años que se va a vivir con su novio a un perdidísimo parque de caravanas en los confines de Cornwall, donde consigue trabajo para hacer tareas de mantenimiento. Nada más llegar empieza a sufrir una obsesión «roja»: ese es el color que tienen los cabellos que encuentra en la cama de su pareja, el bañador que lleva o las uñas de gel que le pone una compañera de trabajo. Con esta sencilla premisa y estableciendo un relato mínimo en el que casi todo es atmósfera  —el viento que sopla con fuerza al pie del acantilado, el ruido del mar de fondo, las luces que por la noche tiñen de naranja las caravanas inmersas en las sombras, los espacios fumigados y cubiertos de plástico hasta la llegada de la siguiente temporada… — se va desarrollando lo que en apariencia es una historia de terror psicosexual. La grata sorpresa es que, aparte de llevar el toque Lynch a una narración contemporánea de adolescentes ingleses, parece que se renuevan las tensiones propias de la obra de Daphne du Maurier, por no decir las de Nicholas Roeg, que con Amenaza en la sombra fue uno de sus mejores adaptadores. De hecho, la tendencia de Oakley a lo inconexo y el particular gusto por desorientar al espectador entroncan con el estilo de este injustamente olvidado director.

Ahora bien, el principal problema de Make Up proviene de otra cuestión, que no es tanto la forma y sus inspiraciones, sino dónde se quiere llegar con dicha forma. Posiblemente quien teclea estas líneas no ha sabido ver alguna clave de la cinta, o se ha despistado fijándose en lo que no debía fijarse, porque, más que dudar, no tiene la más mínima idea de lo que, al final, aporta tanta aparatosidad estilística a una resolución argumental casi diametralmente alejada de lo que parecía querer contarse. Primero, porque el anuncio de asuntos tremendos no guarda relación con la resolución de un nada estrámbótico relato de crecimiento personal en el que la protagonista se da cuenta de que ya no [el crítico borra el verbo para no desvelar el final] a su novio y, a continuación, [el crítico borra este otro también] con su compañera de trabajo. Y segundo, ¿qué demonios tiene que ver la metáfora del océano sanador con todo lo expuesto? Eso sí que es un misterio.



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