Varados en el lago

Jesús Cuéllar


El lago de Maracaibo es un símbolo, pasado y presente, de Venezuela. Se dice que, después de llegar a él en 1499 y de ver cómo vivían los indígenas añú, en casas construidas sobre pilotes, Américo Vespucio bautizó la zona con el nombre de Venezuela (pequeña Venecia). En el estado de Zulia, donde se encuentra el lago, están las principales reservas de petróleo del país, y esa enorme bahía semicerrada en la que confluyen aguas dulces y salobres fue el escenario de Muchachas bañándose en el lago de Maracaibo (1897), primera película realizada en Venezuela.

Quizá todo esto haya inducido a la directora Anabel Rodríguez Ríos a utilizar ese entorno como escenario de su primer largo, Érase una vez en Venezuela. Rodado a lo largo de cinco años, el filme se centra en la evolución y el progresivo despoblamiento de Congo Mirador, una aldea asentada en los tradicionales palafitos de la zona. A medida que avanza la película, y gracias a la enorme colaboración que prestaron a la directora los habitantes del lugar, vamos conociendo no sólo los signos de degradación medioambiental (lodos, especies vegetales invasivas, contaminación…) prácticamente irreversible de ese lago antaño privilegiado, sino el enconado enfrentamiento político que se vive en Venezuela y que en nada parece ayudar a los lugareños, tan polarizados en dos bandos (ambos armados), como el resto de la población del país.

En ese conflicto, Rodríguez Ríos muestra desde el principio sus cartas cuando, al describir el contexto en el que viven los protagonistas de su historia, afirma mediante un rótulo: «Con Maduro en el poder, la curva de devastación de Venezuela se aceleró», para después señalar: «La oposición venezolana se convierte en la opción más viable para el cambio». Y no duda en mostrar los abusos de poder y las corruptelas de los chavistas que dominan la toma de decisiones en el lago, de una forma que a veces resulta sorprendente por la colaboración que parece tener la cineasta de personas a las que se muestra en descaradas prácticas de soborno e intimidación durante las elecciones de 2015, que ganó la oposición. Tamara, mujer fuerte del régimen en el lago, y con posesiones fuera de él, parece hacer y deshacer casi a su antojo, y sus esfuerzos se dirigen, entre otras cosas, a expulsar de la escuela en la que trabaja a Natalie, humilde profesora de primaria y tímida pero tenaz representante de la oposición.

De este modo, Érase una vez en Venezuela no esconde la pretensión de convertirse en metáfora del conflicto venezolano (al final de la cinta se ve el buque Venezuela, herrumbroso y varado en los fangos del lago), sin por ello desatender la cariñosa descripción, de cariz abiertamente antropológico, de un entorno prácticamente condenado a desaparecer. En sus sucesivas visitas a Congo Mirador, y utilizando con enorme agilidad cámaras pequeñas, Rodríguez Ríos filma un humilde concurso de belleza adolescente realizado en uno de los palafitos y recoge en primer plano las impresiones de niñas abocadas al matrimonio o el embarazo tempranos, observa las actividades de los pescadores del lago, la ruidosa y concurrida fiesta popular de San Benito o las clases que imparte Daniela en una escuela cada día más deteriorada, mostrando una y otra vez cómo los habitantes de la aldea van abandonándola, llevándose sus casas a lomos de barcas endebles, quizá para emigrar a otro país, como tantos miles y miles de venezolanos en los últimos años.

         Érase una vez en Venezuela constituye un retrato triste y cercano de la progresiva desaparición de una pequeña comunidad asolada tanto por problemas medioambientales como por un conflicto político-social que, como también se evidencia en el documental El país roto (2018), de Melissa Silva Franco, no tiene visos de solucionarse.



 

ÉRASE UNA VEZ EN VENEZUELA

Dirección: Anabel Rodríguez Ríos.

Género: documental. Venezuela, Reino Unido, Brasil, Austria, 2020.

Duración: 99 minutos.

 


 

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