Yago Paris


Una de las características más positivas que podemos encontrar en las maneras de encarar las relaciones amorosas por parte de la generación milenial, al menos la del sector progresista, es el avance en materia de aceptación de todas aquellas que se salgan del paradigma heteronormativo. Todavía queda mucho terreno por el que pelear, pero parece evidente la manera en que se ha allanado el terreno para los integrantes de esta generación, y más si cabe para la generación posterior, la centenial. Esto es así hasta el punto de que, en los ambientes más progresistas, no ser heterosexual ha dejado de ser, afortunadamente, algo digno de mención. 

Esta normalización de la situación puede observarse en una película como La estación de la felicidad. La actriz Clea DuVall dirige su segundo largometraje, y también coescribe el guion junto con Mary Holland, que narra la relación entre Abby (Kristen Stewart) y Harper (Mackenzie Davis), dos mujeres modernas que comparten vida de manera abierta en la seguridad que ofrece la gran ciudad, habitualmente más receptiva a las variaciones del patrón hegemónico. Su microcosmos, hípster hasta lo autoparódico, es tan progre que incluso observa con suspicacia cualquier gesto tradicional, malinterpretándolo como reaccionario, como se manifiesta en la actitud del mejor amigo de Abby cuando esta le cuenta que quiere casarse con su novia al estilo tradicional, pedida de mano inclusive. El problema es que los padres de Harper no saben que ella es lesbiana, por lo que durante la visita navideña de la pareja a casa de sus progenitores, las dos tienen que ocultar su sexualidad y comportarse como si fueran amigas. 

En este sentido, la película parece apuntar que uno de los mayores problemas del colectivo LGBTIQ+ tiene que ver precisamente con las fricciones que se producen entre la generación milenial y la de sus padres, unas personas que en general son mucho menos abiertas a la hora de ver con normalidad otras maneras de experimentar el amor debido al contexto sociocultural en que se criaron. Sin embargo, como en toda comedia romántica que se precie, esta situación tiene solución: la empatía como instrumento con el que entender y aceptar las diferencias de los demás. Es evidente que la manera en que se gestionan los conflictos de la historia es poco verosímil —el cambio de actitud de los padres de Harper es propio del deus ex machina—, pero en este sentido la obra ofrece una reflexión muy madura, que sabe leer uno de los discursos más en boga en el activismo progresista milenial, como es el uso de la empatía y la compasión para comprender al Otro.

Uno de los aspectos más relevantes consiste en el retrato del personaje de Harper, que toma una serie de decisiones que la dejan en muy mal lugar frente a su novia. Uno de los patrones más habituales de la estructura narrativa de la comedia romántica consiste en que uno de los integrantes de la pareja se comporta de manera éticamente cuestionable, hasta el punto de que la ruptura de la relación parece insalvable. Normalmente, este personaje peca de egoísmo o inmadurez. En el caso de La estación de la felicidad, Harper teme ser rechazada por su padres si sale del armario, hasta el punto de comportarse fatal con Abby. Es decir, aunque sus decisiones sean problemáticas, Harper es en realidad la verdadera víctima de esta encrucijada, algo que Abby es capaz de ver gracias al uso de la empatía, que le permite aparcar su orgullo y salvar las diferencias que las separaban. Por todos estos motivos, la película puede entenderse como la representación de una serie de tendencias que, ya sea en el terreno de la teoría discursiva o en el de la aplicación práctica, son una parte fundamental de la progresía milenial en su aproximación a la gestión de las relaciones románticas. 



LA ESTACIÓN DE LA FELICIDAD

Dirección: Clea DuVall.

Reparto: Kristen Stewart, Mackenzie Davis, Alison Brie, Dan Levy, Mary Steenburgen, Aubrey Plaza, Jake McDorman, Sarayu Blue, Victor Garber, Ana Gasteyer,

Género: comedia romántica. Estados Unidos, 2020.

Duración: 102 minutos.


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