La capacidad de comunicarnos a distancia con facilidad, de poder vernos aunque nos separen cientos o miles de kilómetros gracias a la pantalla; así como de desconectar con rapidez, son características muy valoradas en una sociedad tan móvil como la actual.

Daniel Barbarrusa, Alienación digital. La lucha entre la comunidad y las redes sociales (p. 33)

Yago Paris


En el ensayo Alienación digital. La lucha entre la comunidad y las redes sociales, el filósofo Daniel Barbarrusa reflexiona en torno a la manera en que Internet ha modificado la comunicación con el Otro. El autor señala que un problema habitual en las relaciones virtuales es que se convierten en una promesa sin cumplir, pues, aunque permiten la conexión entre personas que viven a gran distancia las unas de las otras, habría que poner en duda que la práctica de este nuevo modo de comunicación equivalga a la interacción física. Es decir, que se trata más de un simulacro de relación que de una verdadera interacción humana, con todas sus consecuencias. Esta mirada sobre el funcionamiento del contacto virtual, basado en la hiperfragmentación de la comunicación, nos lleva a la socióloga Catherine Jarvie, quien propone el término «relaciones de bolsillo», aquellas que utilizamos o guardamos en función del contexto. Si bien esta dinámica se refiere al ámbito de la interacción física, dicha manera de proceder se intensifica en el terreno de lo virtual otorgando una flexibilidad difícilmente imaginable en el ámbito de lo presencial. 

Uno de los mayores problemas de entender la interacción virtual como un sustituto total de la presencial es que no se es consciente de la gran cantidad de situaciones, tanto gozosas como, especialmente, incómodas, que esta nos ahorra. Se puede caer fácilmente en el error de creer que por establecer una buena dinámica con una persona a través de conversaciones online, el hecho tendrá una réplica igual o semejante al dar el paso a lo presencial, como si lo único que cambiase fuera que se pasa de mirar una pantalla a mirar a una persona «en vivo». Esta situación genera el inesperado conflicto que determina la evolución de Nos vies privées. La película de 2007 del cineasta canadiense Denis Côté narra el encuentro entre Milena (Anastassia Liutova) y Philip (Penko Gospodinov). Tras haberse conocido en un chat y haber iniciado una relación amorosa a través de Internet, el joven decide ir a visitar a su novia a su lugar de residencia, con la idea de quedarse y vivir juntos. Tras unos primeros días de incansable fogosidad sexual, poco a poco empieza a manifestarse una tensión entre los dos, que comienza a separarlos cada vez más, hasta el punto de que empiezan a sentirse incómodos y tratan de evitarse. Cuando una relación amorosa que se ha gestado a través de Internet se lleva al terreno de lo real, cabe la posibilidad de que las cosas no funcionen igual de bien.

La interacción a través de Internet es una de las señas de identidad de la generación milenial, quien convive entre la vida online y offline hasta el punto de ser incapaz de diferenciar la una de la otra. Para los protagonistas de la cinta, por tanto, comenzar una relación en el ámbito virtual es de lo más normal. Teniendo en cuenta, como señala Barbarrusa, que tanto la conectividad como la facilidad para la desconexión son aspectos muy valorados en la sociedad líquida, los protagonistas del relato han caído en la trampa de la relación virtual, que, a base de ofrecer comodidades y flexibilidad, les ha ahorrado tener que lidiar con la parte menos agradable del todo que compone el Otro, una parte que ha quedado oculta. Por tanto, la situación ha provocado un conocimiento solo parcial de la otra persona. Como consecuencia, ninguno de los dos se espera lo que ocurre: a duras penas se soportan o, en el mejor de los casos, simplemente no existe suficiente complicidad como para sostener la convivencia, que en muchos casos requiere de altas dosis de empatía y voluntad de cambio. En el ámbito presencial uno no puede simplemente desconectarse, o solo interactuar durante un espacio muy acotado en el tiempo, o de manera ultrafragmentada a lo largo del día. La presencia del Otro es inevitable, por lo que a cambio debe de existir un compromiso, una complicidad y una conexión humana que justifiquen el grado de intimidad alcanzado.

Rodada con una estética amateur, con una cámara de vídeo digital de baja definición y escasos medios, Denis Côté desarrolla uno de sus habituales juegos entre el documental y la ficción. En películas como Les états nordiques (2005) o Carcasses (2009) sucede que la narración documental es invadida de pronto, en la segunda mitad del metraje, por elementos propios del cine de género como personajes amenazantes, situaciones tenebrosas o asesinatos. Esto mismo sucede en Nos vies privées. Ambos personajes sufren, por separado, sendos sucesos violentos y desconcertantes, lo que los lleva a un encuentro con lo real lacaniano: en un momento de tal fragilidad, cuanto más se necesita a alguien cercano para superar la situación, se manifiesta con más fuerza que nunca que la relación amorosa que mantienen es un simulacro que no se sostiene. Como resultado, ninguno le cuenta al otro lo que ha sucedido, ni busca en él un apoyo para superar las dificultades. Recurriendo al thriller psicológico, Côté pone patas arriba la interacción virtual, que es uno de los aspectos fundamentales del amor milenial.



NOS VIES PRIVÉES

Dirección: Denis Côté.

Reparto: Penko Gospodinov, Anastassia Liutova, Jean-Charles Fonti.

Género: drama, thriller psicológico. Canadá, 2007.

Duración: 82 minutos.


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