Ya no mola ser un ‘bad boy’

Yago Paris


Una de las señas de identidad del díptico Dos policías rebeldes era la frivolidad con que se trataban temas que en realidad nada tenían de gracioso. Resolver cualquier confrontación con delincuentes a punta de pistola, llevar a cabo prácticas policiales abusivas o directamente saltarse la ley que juraron defender era el modus operandi de los protagonistas, Mike (Will Smith) y Marcus (Martin Lawrence) —aunque más del primero que del segundo, todo sea dicho. Esta actitud socarrona ante la vida  se reflejaba en el título original de la franquicia, Bad Boys, que se extraía de la canción homónima de Inner Circle. Los agentes de la ley eran, en realidad, chicos malos que se enorgullecían de serlo, y toda la estructura formal y discursiva que montaba Michael Bay alrededor de los personajes creaba un contexto que les daba la razón: ser un chico malo molaba. Diecisiete años han pasado desde el estreno de la segunda parte, y lo primero que se enfatiza en la tercera entrega, Bad Boys for Life, aparte de que el tiempo le pasa factura incluso a los héroes de acción, es que quizás sus métodos no sean del todo éticos. Esto, más allá de las constantes situaciones cómicas que genera, refleja cómo ha cambiado la escala de valores de la sociedad, dando lugar a la necesaria modificación de discursos antaño gozosos y hoy en día demasiado provocadores. Parece ser que en 2020 ya no está bien visto ser un bad boy.

Personajes de otra época, Mike y Marcus se enfrentan a una realidad que les supera. Mientras el primero no quiere aceptar que los tiempos han cambiado y se resiste a modificar su manera de trabajar, el segundo solo piensa en retirarse, pues, como decía un compañero del subgénero de las buddie movies, el Roger Murtaugh (Danny Glover) de Arma letal, «I’m too old for this shit» («Estoy demasiado viejo para esta mierda»). Todo cambia cuando un asesino está a punto de acabar con la vida de Mike, lo que desencadena una serie de acontecimientos que provocarán que la legendaria pareja de la policía de Miami actúe una ¿última vez? Pero el panorama ha cambiado: ahora ya no vale hacer lo que antes sí se podía. Nuevas tecnologías y nuevos tipos de masculinidades —atención a los secundarios del grupo de operaciones especiales— pondrán contra las cuerdas a un Mike que esta vez ni siquiera contará con el apoyo, al menos en un principio, de su compañero, quien le ha prometido a Dios no volver a ejercer la violencia. Esto es una comedia de acción y todo espectador mínimamente avispado sabe que al final la violencia aparecerá, pero el mero hecho de que se plantee su erradicación, y de que el grupo de guionistas haya tenido que buscar la manera de justificarlo para darle un enfoque más ético a los personajes resulta revelador con respecto al peso que la corrección política entendida como conservadurismo pacato tiene hoy en día en la opinión pública.

Otro signo de cambio en las dinámicas del cine de acción se refleja en la densidad de los subtextos del relato, con toda una trama central basada en los orígenes del personaje de Mike y una serie dilemas morales que se asocian a esta. Si los personajes ya no pueden ser abiertamente amorales, las películas ya no pueden ser abiertamente espectáculo sin trascendencia. Esto provoca una reducción en la cantidad de la  acción que aparece en la pantalla y, todavía más preocupante, da lugar a la tercera de las claves sobre el signo de los tiempos en la producción cinematográfica: se reduce el nivel de exigencia en el uso de los recursos cinematográficos para narrar, o más exactamente en este caso, para crear espectáculo, ya que la enorme presencia del guion esconde cualquier carencia en otro apartado. La necesidad de que la película sea solemne a cualquier precio provoca que toda una serie de decisiones de puesta en escena que sí se tomaban en los noventa y en la primera década del nuevo siglo ya no sean factibles, por temor a dar una mínima nota en falso o a caer en el ridículo. El resultado es necesariamente una homogeneización de la producción, donde las películas carecen de la personalidad necesaria para que no se desintegren en la mente del espectador una vez finaliza el metraje.

Y en esta encrucijada se sitúan Bilall Fallah y Adil El Arbi, los directores de la cinta, quienes tienen que continuar el marcado legado estético para que la saga sea coherente, pero al mismo tiempo deben adaptarlo a las condiciones de hoy en día. Lo cierto es que lo más valioso de la propuesta, a pesar de la enorme presencia del guion, es la puesta en escena, que brilla muy por encima de la media de los filmes actuales pertenecientes a este género. La espectacularidad en las persecuciones, el ritmo rabioso del montaje y el preciosismo visual, que es el sello de Michael Bay, se mantienen, pero evolucionan del artificio canalla hacia una cierta sensibilidad introspectiva de estética violeta neón que se ha puesto de moda a partir de la explotación simplista del estilo Nicolas Winding Refn y su Drive. Cabe destacar que los realizadores no se hayan conformado con ser meros imitadores del portentoso estilo de Bay, lo que se observa en una duración media de los planos notablemente superior y un intensivo uso del espacio como elemento narrativo —especial atención merece el clímax final. Sin embargo, lo que deja en mayor evidencia las actuales tendencias en la producción cinematográfica mayoritaria  es que este crítico tenga la convicción de que ninguna, absolutamente ninguna de las imágenes de Bad Boys for Life, a diferencia de sus dos predecesoras, va a trascender y pasar al imaginario colectivo del cine de acción.


Puedes ver BAD BOYS FOR LIFE en varias plataformas


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BAD BOYS FOR LIFE

Dirección: Bilall Fallah, Adil El Arbi

Reparto: Will Smith, Martin Lawrence, Vanessa Hudgens, Kate del Castillo, Paola Nuñez, Jacob Scipio, Joe Pantoliano, Charles Melton, Alexander Ludwig, Nicky Jam.

Género: buddie movie. Estados Unidos, 2020.

Duración: 123 minutos.


 

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